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Tragedia del niño de la calle africano: una reseña de “Fanta Blackcurrant” de Makena Onjerika
05/07/2019 -

El fenómeno de los niños de la calle ha sido un problema que afecta a la mayoría de los países del Tercer Mundo porque es un reflejo de los valores que se proyectan en este grupo de personas vulnerables por parte de la sociedad, especialmente las maquinarias de gobernanza. A día de hoy, ya no es noticia que millones de niños del entorno del Tercer Mundo encuentran su existencia en las calles de las principales ciudades de África, Asia y América del Sur. Se producen estadísticas que nos indican la cantidad de niños que no asisten a la escuela. Escuchamos las diferentes atrocidades que se les obliga a hacer a causa de su vulnerabilidad. Por lo tanto, desarrollamos nuevos registros, como niños soldados, niños suicidas con bombas, trabajadores sexuales infantiles y muchos otros términos para explicar este fenómeno. Difícilmente se hacen esfuerzos para descubrir las causas remotas e inmediatas de este fenómeno creciente entre los niños callejeros, aparte de mencionar la pobreza como su causa.

La historia de Makena Onjerika “Fanta Blackcurrant”, que le ha conseguido a Onjerika el Premio Caine en 2018, presta atención al conflicto como una causa mayor del fenómeno de los niños de la calle. El tono melancólico de la narradora refleja el estado impotente en el que los propios personajes se encuentran. Usando a una híbrida, Meri, como una que se destaca sobre los demás, la narradora revela la naturaleza jerárquica de su situación. Meri es probablemente mulata, producto de padres africanos y no-africanos, lo que la separa de los caprichos asociados con los otros niños, que la envidian porque saben que ella no debería ser uno de ellos. La ven ocupar la estructura jerárquica que la coloca sobre ellos, por lo que su presencia entre la narradora y sus colegas se considera más trágica que la de los demás. A medida que se desarrolla la historia, vemos una relación ambivalente entre Meri y los otros niños que se alegran de su impotencia, incluso cuando obtienen satisfacción al ayudarla. Se descubre que Meri tuvo alguna educación antes de acabar en las calles; luego es sabido que su padre fue asesinado con un cuchillo que simboliza la violencia, ya sea desde un estado de conflicto personal o colectivo. Meri representa todo lo que los niños callejeros atraviesan a medida que negocian su existencia en medio de una sociedad hostil.

Makena Onjerika parte de dar una idea de su praxis temática a través del título hasta llevar la atención al personaje principal, Meri y su aparente educación temprana y cómoda, que ha cambiado, por lo que su solicitud de fanta de grosella negra (el refresco en el que se basa el título) representa una vuelta a su infancia amortiguada por la seguridad y el bienestar parentales. Este deseo utópico se representa como insostenible porque no hay estructuras establecidas para reemplazar el antiguo papel de los padres. El gobierno sólo tiene como solución en esta materia el poder judicial y la policía. El fracaso del sistema comunitario de apoyo familiar en África se satiriza, ya que uno esperaría que Meri fuese tomada bajo la custodia de un familiar, aunque su identidad híbrida pudiese traer otro problema en lo que se refiere a su aceptación. La narradora expresa la elusividad de su salida imaginada de esa forma de vida a medida que crecen hasta la edad adulta, saliendo de la mendicidad de las calles para convertirse en prostitutas y herramientas para otros individuos de mentalidad criminal en la sociedad.

El embarazo y aborto de Meri capturan el estado de madurez forzada al que los niños de la calle deben someterse. Su recuerdo del hombre responsable de su embarazo es usado para exponer hasta qué punto los niños callejeros, especialmente las niñas, son explotados por hombres sin escrúpulos. La vaga identidad del supuesto padre del hijo de Meri se repite a través de los matones no identificados que la atacaron, lo que le hizo perder el bebé. La narradora y sus amigos asumen la responsabilidad de atender a uno de los suyos, asumiendo así las responsabilidades de los adultos lo que afecta aún más a su psique. Aunque se produce un aborto, simbólicamente no se produce un cierre al fenómeno de los niños de la calle ya que el recurso de casarse entre ellos y la adicción a las drogas conducirá en algún momento a más condiciones de indefensión.

La presentación conmovedora de las vidas de Meri y de los otros niños de la calle crea un estado de ánimo sombrío que aumenta a medida que estos niños sufren abusos a manos de diferentes estratos de la sociedad. Lamentablemente, estas son las personas e instituciones que deberían proteger sus derechos como grupos vulnerables en la sociedad. Esta situación de impotencia y desesperanza es captada por la narradora cuando agreden a Meri:

“Todos queríamos ayudar a Meri. Todos estábamos escuchando los gritos dentro de su boca cubierta. Todos queríamos correr y llamar a la gente en las calles, a la policía y al Ayuntamiento. Pero todos estábamos pensando, si estos grandes criminales no han sentido piedad por Meri, con su gran estómago hinchado, ¿cuánta piedad sentirían por nosotros?”

La indicación de la narradora de estos tres grupos como posibles fuentes de ayuda ahonda en el fracaso del sistema familiar africano en las garras del capitalismo neocolonial que se nutre del individualismo y un agudo sentido del yo. Esta situación se refleja en el gobierno de las naciones del Tercer Mundo. El fracaso de la sociedad y el gobierno se manifiesta claramente cuando su idea de solución es que los niños sean arrestados y llevados a los tribunales, lo que conlleva el encarcelamiento de algunos que salen como individuos endurecidos, enfadados con una sociedad que se aprovecha de su vulnerabilidad. La alternativa a una vida fuera de la calle no es envidiable, como refleja las opciones del continuum de este grupo disfuncional de individuos:

“Los días seguían a los días y después los años seguían a los años. A algunas de nosotros nos pillaron la policía y el Ayuntamiento. Nos llevaban a la comisaría y de ahí, al Jaji que nos miraba a través de los espejos frente a sus ojos para saber si éramos buenas o malas. Daba golpes en su mesa con un martillo de madera y mandaba a algunas de nosotras a Langata para quedarnos con las grandes mujeres criminales y a otras a las escuelas a cortar los pastos. Algunas de nosotras murieron a manos de la policía con una pistola llamada AK47. Algunas de nosotras decidimos ser las esposas de chicos chokoraa. Algunas de nosotras, después de muchos años, teníamos suficiente dinero para vivir en una ccasa en los barrios pobres de Mathare y comenzamos a encontrar clientes para nosotras mismas. Y algunas de nosotras, debido a que aspiramos demasiado pegamento, acabamos con la cabeza mal y comenzamos a quitarnos la ropa y perseguir a la gente por Nairobi”.

Makena Onjerika captura astutamente los matices del lenguaje de sus personajes, especialmente a través de la voz narrativa que fluctúa entre una versión estándar y otra creolizada del inglés. Esto aumenta el humor sombrío que recorre la historia y llama la atención sobre la necesidad de promoción y activismo orientados hacia la recuperación de la sociedad a través del enfoque en el fenómeno de los niños de la calle.

La violenta existencia de niños callejeros en Nairobi, una ciudad africana, presentada por Makena Onjerika en “Fanta Blackcurrant” es paralela a la preocupación de Amma Darko por las experiencias anómalas de la infancia de la niña africana de su novela “Faceless”. Las ciudades africanas se presentan con un punto bajo que está lleno de injusticia y opresión, particularmente de los vulnerables, en este caso, niños. Esto claramente contrasta con la sensación de modernidad engendrada por la maquinaria de relaciones públicas usada como marcador del bienestar social especialmente por aquellos que viven fuera del Tercer Mundo. Las niñas callejeras son vistas como susceptibles a condiciones más traumáticas en comparación a los niños. Se necesita dar un rostro a los niños callejeros a través de su localización en el ambiente familiar al que pertenecen legítimamente, con sus derechos debidamente consagrados por los gobiernos. La violencia contra los niños de la calle la llevan a cabo adultos porque las sanciones contra las violaciones de los derechos de los niños son inadecuadas.

Lucky Ukperi

Fuente: African Writer

[Traducción y edición, Ángela Martínez Pradas]

[Fundación Sur]


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