El 24 de febrero se cumplieron cuatro años de la invasión rusa de Ucrania. Ese mismo día, The Moscow Times (MT), periódico independiente online, en ruso e inglés, basado en Amsterdam, publicaba que “Ramaphosa agradece a Putin la liberación de sudafricanos captados para luchar en Ucrania”. Y el periódico sudafricano SowetanLive confirmaba que estaban volviendo a casa 15 de un grupo de 17 hombres reclutados para esa guerra. Uno seguía hospitalizado en Ucrania, y el otro estaba preparando su viaje de vuelta. El SowetanLive añadía que varios de sus reclutadores estaban siendo investigados por violar la ley sudafricana Foreign Military Assistance Act, que prohíbe luchar en el ejército de un país extranjero sin autorización gubernamental, y que cinco reclutadores habían sido detenidos. Con anterioridad, el ‘Umkhonto weSizwe Party’ (MK) había informado el 28 de noviembre que Duduzile Zuma-Sambudla, hija del expresidente sudafricano Jacon Zuma, y miembro del MK, había renunciado, “voluntariamente y con efecto inmediato” a su escaño en el Parlamento por ese partido, tras ser acusada de haber engañado a 17 personas para que lucharan con los rusos en la guerra de Ucrania.
Según el Ministerio de Exteriores ucraniano, la inteligencia de su país ha identificado, entre los combatientes del lado ruso, a unos 1.400 ciudadanos de 36 países africanos. Sudáfrica ha reconocido la presencia de los suyos en esa guerra. También lo ha hecho el gobierno de Kenia: 200 keniatas en una primera estimación, unos 1000 según el informe para el Parlamento del Kenya’s National Intelligence Service (NIS) del 17 de febrero, en el que se dan detalles sobre una red de funcionarios corruptos que actúan con bandas de trata de personas para trasladar a los “reclutas” hasta Rusia. “Abandonan el país como turistas para unirse al ejército ruso a través de Estambul y Abu Dabi”, explicó el líder de la mayoría parlamentaria, Kimani Ichung’wah. Según éste, había constancia de que al menos 39 keniatas estaban en ese momento hospitalizados en Ucrania, 28 se daban por desaparecidos en combate y 89 seguían en primera línea. 27 habían sido repatriados. Y el ministro de Asuntos Exteriores de Kenia, Musalia Mudavadi, que calificó la práctica de «inaceptable y clandestina«, afirmó que Nairobi había desmantelado una red de reclutadores ilegales.
Según los diccionarios, un “mercenario” (del latín merces, paga) es un soldado o persona que, en una guerra, presta sus servicios exclusivamente a cambio de dinero. Actúa por interés propio o afán de lucro, sin motivaciones ideológicas, nacionales o religiosas. ¿Se podría entonces calificar como “mercenarios” a los africanos presentes en la guerra de Ucrania? ¿O tal vez haya otra manera de entender su situación, si se la compara con la de las numerosas jóvenes africanas que trabajan en los Emiratos, por no hablar de las que, en Europa, han caído en las redes de prostitución?
Los métodos para reclutar jóvenes africanas para trabajar en los Emiratos Árabes Unidos (EAU), combinan canales legítimos de emigración con prácticas abusivas de explotación laboral, especialmente en los sectores del trabajo doméstico y la hostelería. Las agencias, –algunas legales, otras informales e ilegales–, les ofrecen empleos como trabajadoras domésticas o en hoteles, puestos como cuidadoras de niños, alojamiento y comida gratuitos, y salarios muy superiores a los de sus países de origen. Pero al llegar a su destina se encuentran con que sus contratos han sido modificados, los salarios son menores de lo prometido, y las condiciones de trabajo son duras y restrictivas. Y en el sistema “kafala” (garantía, patrocinio en árabe), que rige en los Emiratos, el empleador controla el estatus legal del trabajador, cambiar de trabajo es difícil sin el consentimiento de aquel, y dejar un empleador puede suponer la deportación.
Como las chicas que emigran, también los africanos que se apuntan a la guerra en Ucrania, lo hacen para salvarse de las dificultades económicas y falta de oportunidades en su propio país. Algunos, una pequeña minoría, buscan desde el principio un contrato militar. Están también los estudiantes residentes en Rusia, país que lleva mucho tiempo reclutando estudiantes de África como parte de su diplomacia de poder blando a través de instituciones como la Universidad RUDN (Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos). Aunque la mayoría de los estudiantes africanos no participan en combates, se han documentado casos de coacción o incentivos económicos (Amenazas de expulsión o cancelación de visado, promesas de residencia rápida o de dinero).
Pero mayoritariamente, según informan los reclutas contactados, estos fueron atraídos por los anuncios de los reclutadores que prometían trabajos como guardias de seguridad, empleos en la construcción o en fábricas, trabajos de traducción o logística, y, sobre todo, salarios altos (a veces por encisma mismo de los estándares locales rusos. Sólo que una vez en Rusia se les confiscaron los pasaportes, se modificaron los contratos o se sustituyeron por acuerdos de servicio militar. ¿Mercenarios? En absoluto. Más bien emigrantes económicos como los que se encuentran en Europa Occidental. Sólo que a aquellos les engañaron, no una sino dos veces: cuando los reclutaron en su país y a su llegada a Rusia.
Ramón Echeverría
CIDAF-UCM
