Efectos del calor extremo en los sistemas alimentarios (parte II/III)

8/09/2026 | Crónicas y reportajes

Estrés térmico en animales terrestres: ganado y fauna asociada

Uno de los aspectos más preocupantes que destaca el informe es el impacto del calor extremo sobre los animales de granja. Para muchas de las especies ganaderas más habituales, el estrés por calor empieza a manifestarse a partir de los 25 °C. A partir de ese umbral, el cuerpo de los animales tiene que realizar un esfuerzo extra para evacuar el calor, lo que repercute en su salud y en su productividad.

En el caso de las vacas lecheras, el estrés térmico reduce tanto la cantidad como la calidad de la leche, dado que los animales comen menos, beben más y dedican buena parte de su energía a tratar de regular su temperatura corporal. Con temperaturas interiores de las explotaciones que pueden superar los 40 °C durante una ola de calor, las vacas entran en una situación de riesgo serio de deshidratación y fallo orgánico si no se toman medidas de refrigeración y suministro de agua suficientes.

Los cerdos, los pollos y otros animales con menos capacidad de sudoración o mecanismos limitados de termorregulación son todavía más vulnerables. En porcino y avicultura, el umbral de estrés por calor se sitúa ligeramente por debajo de los 25 °C, y los episodios prolongados se traducen en problemas digestivos, bajada de peso, menor crecimiento, pérdidas reproductivas e incluso mortalidad masiva en naves mal ventiladas.

Para el conjunto del sector ganadero, esto significa pérdidas económicas importantes y una inestabilidad creciente en la producción de proteínas animales. Al mismo tiempo, la presión del calor extremo obliga a aumentar el consumo de agua para mantener a los animales con vida y en condiciones mínimamente aceptables, justo cuando el estrés hídrico también está disparado.

El informe insiste en que el calor extremo no solo enferma al ganado, sino que incrementa la vulnerabilidad a enfermedades infecciosas. Los animales debilitados responden peor a infecciones bacterianas y víricas, y muchos patógenos encuentran condiciones más favorables para proliferar, favorecidos por temperaturas más altas y cambios en la humedad ambiental.

Olas de calor marinas y consecuencias en peces y sistemas pesqueros

El océano tampoco se libra de este fenómeno. Las llamadas olas de calor marinas han aumentado hasta niveles sin precedentes. Según la OMM, en 2025 más del 90 % de la superficie oceánica mundial sufrió al menos un episodio de calor extremo en el mar, lo que se traduce en cambios radicales en la distribución y la supervivencia de numerosas especies de peces.

Cuando el agua se calienta en exceso, la concentración de oxígeno disuelto se desploma. Los peces, para intentar sobrevivir, incrementan su frecuencia respiratoria y su ritmo cardiaco, lo que les coloca al borde de la insuficiencia cardíaca. En los casos más extremos, se producen mortalidades masivas en zonas costeras y hábitats pesqueros clave, con impacto directo sobre las comunidades que dependen de esos recursos.

Muchas especies comerciales importantes responden desplazándose hacia aguas más profundas o migrando a otras latitudes en busca de condiciones más soportables. Este desplazamiento altera por completo el mapa de la pesca: lugares donde tradicionalmente se capturaban determinadas especies ven cómo las capturas se hunden, mientras que otras áreas comienzan a recibir nuevos recursos sin disponer de estructuras de gestión adecuadas.

El informe de FAO y OMM señala que estas olas de calor marinas no solo reducen la disponibilidad inmediata de pescado, sino que desorganizan las cadenas alimentarias marinas: plancton, invertebrados y depredadores superiores ven modificadas sus relaciones y ciclos, con efectos a veces irreversibles sobre la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas marinos.

Para los pescadores artesanales y las flotas de pequeña escala, que dependen de conocer bien los ciclos del mar, ven cómo esta nueva realidad climática supone un golpe directo a sus medios de subsistencia. La disminución de capturas, la mayor incertidumbre y la necesidad de navegar más lejos o durante más tiempo incrementan los costes, los riesgos y la vulnerabilidad socioeconómica de miles de comunidades costeras.

Trabajadores rurales y salud humana frente al calor extremo

El calor extremo afecta también con crudeza a quienes sostienen los sistemas alimentarios con su trabajo físico. El informe advierte de que el número de días al año en los que es peligroso trabajar al aire libre por el calor podría dispararse hasta los 250 en amplias zonas del sur de Asia, el África subsahariana tropical y regiones de América Central y del Sur.

En la práctica, esto significa que agricultores, ganaderos y pescadores verán seriamente limitada su capacidad de trabajar al aire libre sin poner en riesgo su vida. Golpes de calor, deshidratación severa, problemas cardiovasculares y renales o descompensaciones en personas con enfermedades previas se volverán mucho más frecuentes si no se establecen medidas estrictas de protección laboral.

Organizaciones campesinas internacionales, como La Vía Campesina, reclaman que se reconozca el creciente riesgo al que se enfrentan los trabajadores rurales y que se actúe en consecuencia mediante compensaciones económicas, condonación de deudas e inversiones públicas enfocadas a la adaptación climática. También se piden normativas claras que limiten los horarios de trabajo bajo calor extremo y garanticen el acceso a sombra, agua y pausas de descanso obligatorias.

Los expertos subrayan que esta situación no se limita a los países empobrecidos o a las zonas tropicales. Regiones templadas y países desarrollados, como los del sur de Europa, están experimentando un aumento notable de los golpes de calor entre trabajadores del campo durante los veranos, lo que obliga a replantear calendarios de trabajo, turnos y sistemas de protección sanitaria.

Además de los efectos físicos directos, el calor extremo y la inseguridad productiva asociada afectan a la salud mental de las comunidades rurales. La incertidumbre sobre la próxima cosecha, el miedo a perder el ganado o el mar de fondo de una posible ruina económica generan estrés crónico, ansiedad y otros problemas psicológicos que muchas veces quedan invisibilizados.

Un callejón sin salida: más producción con suelos y recursos al límite

Las proyecciones demográficas indican que, hacia finales de siglo, el mundo podría albergar unos 10.000 millones de habitantes que necesitarán ser alimentados. Para cubrir esa demanda, la producción agrícola global debería pasar de los aproximadamente 8.500 millones de toneladas actuales a más de 15.000 millones, casi duplicando los rendimientos.

Sin embargo, la realidad va justo en la dirección opuesta. En muchas regiones, las cosechas ya se están reduciendo a la mitad por la combinación de calor extremo, sequías persistentes, degradación del suelo y eventos meteorológicos cada vez más extremos, como lluvias torrenciales e inundaciones que arrasan explotaciones enteras.

La FAO alerta de que un tercio de las tierras de cultivo se encuentra inmerso en procesos de degradación. El agotamiento de nutrientes por intensificación, la compactación de suelos derivada de maquinaria pesada, la desertificación asociada al aumento de las temperaturas y la reducción de precipitaciones, la salinización de acuíferos costeros por la subida del nivel del mar y la contaminación por uso excesivo de fertilizantes y pesticidas están minando la base productiva sobre la que descansa la agricultura mundial.

A corto plazo, una respuesta obvia podría ser ampliar la superficie de cultivos y pastos para el ganado. Pero los expertos advierten de que el coste ecológico, social y económico de seguir esta vía sería altísimo. Destruir ecosistemas naturales, reducir aún más la biodiversidad y avanzar sobre bosques, humedales o pastizales silvestres solo profundizaría la crisis climática, incrementando las emisiones y debilitando aún más los servicios ecosistémicos que sostienen la agricultura.

Por ello, cada vez hay más consenso en que la estrategia debe centrarse en conservar y restaurar ecosistemas naturales, integrando la producción de alimentos en paisajes más diversos y resilientes. La Unión Europea y numerosos países están impulsando iniciativas para restaurar áreas degradadas, reforzar la protección de la biodiversidad y promover prácticas agrícolas compatibles con la salud de los suelos, el agua y la fauna.

anavarro

Fuente: Meteorología en Red

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