Efectos del calor extremo en los sistemas alimentarios (parte I/III)

7/09/2026 | Crónicas y reportajes

 

  • El calor extremo reduce el rendimiento de cultivos, daña bosques, desplaza recursos pesqueros y provoca estrés térmico en el ganado.
  • Las olas de calor actúan como multiplicador de riesgos, agravando sequías, incendios, plagas y enfermedades que afectan a todo el sistema alimentario.
  • Los trabajadores rurales se enfrentan a más días al año en que es peligroso trabajar al aire libre, con graves riesgos para su salud y sustento.
  • La adaptación requiere innovación agrícola, sistemas de alerta temprana, apoyo financiero y una transformación hacia modelos agroalimentarios más sostenibles.

El calor extremo se ha convertido en uno de los grandes enemigos silenciosos de los sistemas alimentarios de todo el planeta. No solo hablamos de días muy calurosos en verano, sino de episodios cada vez más frecuentes, intensos y duraderos que afectan directamente a los cultivos, al ganado, a la pesca, a los bosques y, por supuesto, a la salud de las personas que trabajan al aire libre. Las evidencias científicas recopiladas por la FAO y la OMM dibujan un escenario en el que la seguridad alimentaria global se juega buena parte de su futuro.

Lejos de ser un fenómeno aislado, el calor extremo actúa como un auténtico multiplicador de riesgos: agrava las sequías, incrementa el estrés hídrico, dispara el riesgo de incendios forestales y favorece la expansión de plagas y enfermedades que afectan tanto a las plantas como a los animales y a los seres humanos. En un contexto en el que la población mundial se acerca a los 10.000 millones de personas y la producción de alimentos debería crecer casi al doble, esta combinación de factores nos coloca, como advierten los expertos, en un auténtico callejón sin salida si no se cambian las reglas del juego.

Calor extremo: un riesgo creciente para los sistemas agroalimentarios

En las últimas décadas, la frecuencia, intensidad y duración de las olas de calor han aumentado de forma muy marcada. Los registros climáticos de medio siglo muestran que estos episodios ya no son una rareza: se han convertido en parte del nuevo clima normal, con impactos directos sobre los sistemas agroalimentarios y los ecosistemas de los que dependen.

Según el informe conjunto de la FAO y la OMM, el calor extremo determina cada vez más las condiciones en las que opera la agricultura mundial. No se trata simplemente de un tipo de fenómeno meteorológico aislado, sino de un factor de riesgo acumulativo que pone a prueba las debilidades estructurales de los sistemas agrícolas, ganaderos, pesqueros y forestales, especialmente en las regiones más vulnerables.

Los científicos subrayan que el calor excesivo ya está mermando la productividad, la salud y los medios de vida de millones de personas. La combinación de temperaturas sofocantes, falta de agua y suelos degradados está reduciendo el rendimiento de los cultivos, aumentando la mortalidad del ganado, alterando la distribución de los recursos pesqueros y haciendo mucho más peligroso el trabajo al aire libre.

En este contexto, la publicación “Extreme heat and agriculture” pone sobre la mesa los principios físicos del calor extremo, las vulnerabilidades de los distintos sectores productivos y las proyecciones de impacto para las próximas décadas. El documento no solo describe el problema, sino que propone líneas de adaptación, presenta estudios de caso de distintos países y sugiere cambios de política urgentes para evitar que los sistemas alimentarios se desestabilicen.

Impacto del calor extremo en plantas, cultivos y bosques

En el ámbito agrícola, las altas temperaturas recortan la productividad de los principales cultivos del planeta. La investigación recopilada por FAO y OMM indica que, para una gran parte de los cultivos clave, las pérdidas de rendimiento comienzan a notarse a partir de temperaturas superiores a los 30 °C, un umbral que se rebaja todavía más en especies especialmente sensibles como la patata o la cebada.

Cuando el termómetro se mantiene durante varios días por encima de esos valores, los tejidos de las plantas sufren daños celulares, se reduce la fotosíntesis y aumenta la producción de sustancias tóxicas que merman tanto la calidad como la cantidad de la cosecha. En cultivos como el maíz o el trigo, se han observado recortes de rendimiento de hasta un 10 % en zonas sometidas a calor extremo recurrente, con efectos directos sobre el precio y la disponibilidad de alimentos básicos.

El problema no se limita a los campos de cultivo. Los bosques también acusan la presión del calor extremo, especialmente cuando se combina con largos periodos de sequía. Las olas de calor están estrechamente ligadas a un aumento de la duración y la intensidad de las temporadas de incendios forestales. Las masas forestales debilitadas, con estrés hídrico y temperaturas desbocadas, arden con más facilidad y más virulencia, lo que supone la pérdida de enormes superficies de bosque en pocas semanas.

Además, el calor inusual favorece la expansión de plagas y enfermedades forestales que encuentran en los árboles debilitados un terreno fácil. Insectos perforadores, hongos y otros patógenos amplían su área de distribución hacia latitudes y altitudes donde antes no podían sobrevivir, poniendo en jaque bosques que tradicionalmente actuaban como grandes sumideros de carbono y protectores de la biodiversidad.

En un escenario en el que ya se está reclamando más tierra para agricultura y pastos, esta degradación simultánea de suelos agrícolas y ecosistemas naturales agrava un círculo vicioso. La FAO advierte de que aproximadamente un tercio de las tierras de cultivo del planeta se encuentran actualmente en procesos de degradación, por la intensificación productiva, el uso excesivo de agroquímicos, la desertificación asociada al calentamiento y fenómenos como la salinización de los acuíferos por la subida del nivel del mar.

anavarro

Fuente: Meteorología en Red

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