
Si de verdad queremos la paz entre nosotros, en nuestras familias, provincias, países y continentes, deberíamos comenzar por respetar los derechos humanos fundamentales, como el respeto mutuo, la justicia, la acogida y la solidaridad, etc., sin importar tanto la raza, el origen, la edad, el sexo, la educación, la religión o el partido político.
Durante estos días de la visita del papa León XIV a varios países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, con diferentes culturas, religiones, razas y gobiernos, estamos observando que priman los valores de la acogida mutua, estima de la diversidad y empatía, respeto y escucha mutua, mostrando que podemos convivir en armonía con toda la riqueza de nuestras diferentes lenguas, religiones y culturas.
Juan Pablo II, incansable testigo de la paz, en el contexto de la crisis iraquí de 2003 dijo conmovido: «Yo pertenezco a la generación que vivió la segunda guerra mundial y sobrevivió. Siento el deber de decir a todos los jóvenes, a los más jóvenes que yo, que no tienen esa experiencia: ¡Nunca más la guerra!”, como dijo Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas. Debemos hacer todo lo posible. Sabemos muy bien que no es posible la paz a toda costa. Pero todos sabemos que tenemos esta responsabilidad. León XIV. Declaró: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida” y Juan XXIII escribió que la paz beneficia a todos, «es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana».
Unamos, entonces, las energías morales y espirituales de millones, de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños en zonas de conflicto; al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!, clama León XIV.
Como nos ha enseñado el Papa Francisco, «se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (F.T. 225). En todo el mundo es deseable “que cada comunidad se convierta en una ‘casa de paz’, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón”. Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta. “Nunca más la guerra, aventura sin retorno; nunca más la guerra, espiral de lutos y de violencia” (cf. S. Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 febrero 1991).
Muchos lideres políticos y militares que oprimen hoy a sociedades y pueblos con el abuso de su poder, de los recursos que son comunes y de sus ejércitos y armas, que destruyen vidas humanas todos los días, son líderes que los ciudadanos hemos elegido. La responsabilidad es nuestra por no exigirles acuerdos internacionales para acoger a los inmigrantes, no por intereses políticos, sino por valores humanos y por el bien común.
CIDAF-UCM

