En un contexto internacional marcado por la reconfiguración del poder, África se ha convertido en un escenario clave entre la autonomía del continente y los intereses estadounidenses, con China de por medio. El país americano, influyente en la región, se enfrenta a 54 países cada vez más conscientes de su necesidad de autonomía mediante el uso de recursos estratégicos, políticos y económicos. Desde esa perspectiva, Estados Unidos redefinió las prioridades, la asignación de recursos y el nivel de compromiso en la región.
Estados Unidos, China y las relaciones en África
Durante el segundo mandato de Donald Trump, la política exterior de Estados Unidos hacia África evidenció una ruptura clara. Washington dejó atrás el discurso de ayuda al desarrollo y la promoción de valores democráticos para dar paso a una estrategia centrada en la doctrina América Primero, en la que el país busca el control geopolítico global. Este giro no fue meramente administrativo, sino un reajuste calculado que redefinió las prioridades, los recursos y el nivel de compromiso estadounidense en el continente, relegando de esta manera la relación con los países africanos a objetivos estratégicos y comerciales.
El papel de Estados Unidos en África se ha orientado a forzar al continente a elegir entre el lado americano o el lado asiático, con China en cabeza. Sin embargo, esto no sería más que otro intento descarado de subordinar el desarrollo africano al interés propio geopolítico de Washington, sin tener en cuenta el bienestar de los países africanos. Los principios de la doctrina América Primero convirtieron la economía en una prioridad, relegando cualquier otro tipo de cooperación a un segundo plano. Esto se observa en el retraso para el acuerdo comercial entre Kenia y China por las presiones que EEUU estaba ejerciendo sobre el país africano, con Washington y Beijing como principales polos. Esto implica no solo tener que tomar un bando, sino también subordinar decisiones nacionales a lo que indique otra potencia extranjera y, en consecuencia, aceptar represalias económicas como aranceles.
El programa AGOA, es decir, la Ley de Crecimiento y Oportunidad de África de los Estados Unidos, es un programa comercial preferencial para África lanzado durante la administración Clinton. Como caducó a finales de 2025, las exportaciones de Kenia a Estados Unidos han pasado a enfrentar un aumento de los aranceles. Este acuerdo se utilizó durante los últimos meses de 2025 y principios de 2026 como otra herramienta más de presión sobre los países africanos, impulsándolos a seguir en la línea estadounidense.
Es en febrero de 2026 cuando Trump ha firmado la prórroga del AGOA durante un año, aunque es una ayuda, no es suficiente para los países africanos (CIDAF, 2026). En esta línea, varios líderes africanos han empezado a cuestionar la dependencia de las relaciones comerciales estadounidenses y apuestan por mirar hacia el Este del mapa. En sus discursos insisten en la necesidad de diversificar los destinos comerciales recurriendo a países como los Emiratos Árabes Unidos o China para aumentar su autonomía y reducir la dependencia de EEUU.
La alternativa china permitiría socavar los problemas que el vínculo con Estados Unidos está generando. La dependencia de la ayuda exterior puso en evidencia, para numerosos países africanos, una vulnerabilidad que Estados Unidos no dudó en explotar. Los recortes a programas sanitarios y el desmantelamiento de mecanismos de cooperación demostraron que la asistencia puede transformarse en una herramienta de presión o chantaje político y económico. El caso de Kenia no es aislado, ya que naciones como Ghana, Etiopía, Tanzania, Uganda, Senegal y Liberia soportaron un arancel base del 10%, lo cual anuló de facto el trato preferencial, mientras que incluso Lesoto enfrentó un arancel del 50%. La relación con África pasó así a medirse en términos de rentabilidad, basándose en una falsa “reciprocidad” que ignora las asimetrías económicas entre los países.
Lejos de fortalecer la influencia de Estados Unidos en África, esta estrategia terminó erosionando la cooperación, y el efecto de la presión económica aceleró la búsqueda de alianzas alternativas por parte de los países africanos, impulsando un reordenamiento geopolítico que refuerza la autonomía africana y debilita la capacidad de Washington para imponer su agenda en el continente.
Desde China, un profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales y Diplomacia de la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing, Song Wei, ha manifestado que Donald Trump está utilizando la revisión y la posible renovación de AGOA como una herramienta clave para imponer sus intereses estratégicos a África. En consecuencia, esta estrategia también debilita el multilateralismo y erosiona las capacidades económicas de Kenia (entre otros países africanos), que ya son limitadas. Es decir, que la cooperación quedó condicionada a los intereses inmediatos de Washington.
La cooperación existente entre China y África es calificada por EEUU como una expansión geopolítica. Sin embargo, la política estadounidense en el continente se ha centrado en una supuesta reciprocidad comercial y en la seguridad de los minerales críticos. Incluso en esos casos se priorizan las necesidades de Washington antes que las del desarrollo de África, en la carrera contra China, para dominar industrias futuras que incluyen semiconductores, vehículos eléctricos y baterías. Según Song Wei, no puede haber reciprocidad cuando las economías implicadas son desiguales, ya que esta resulta irrazonable y simplemente reproduce una lógica occidental de larga data enraizada en el colonialismo reduciendo a África a un proveedor de materias primas.
China, por su parte, se ha dedicado a la inversión en Kenia durante años, convirtiéndose en un socio comercial clave y haciendo contribuciones tangibles al desarrollo económico y social del país, distinto de las tácticas de presión de Estados Unidos. De hecho, en febrero de 2026, Sudáfrica ha firmado con China un acuerdo para avanzar en un tratado de libre comercio que facilitará el acceso de sus exportaciones al mercado chino sin aranceles, en un contexto donde Pretoria busca diversificarse ante tensiones comerciales con Estados Unidos.
El cierre de la USAID, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, junto con la retirada de financiación al Banco Africano de Desarrollo, ha tenido consecuencias nefastas, al impactar no solo en el PIB, el consumo y la inversión entre otros, sino también en la propia vida de las personas de estas regiones, que ven limitados sus futuros. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) también se vio afectado por esta toma de decisiones, lo cual constituye una amenaza a la suspensión de ayuda alimentaria a millones de personas en países como Somalia, República Democrática del Congo (RDC), Nigeria y Sudán del Sur.
Los países africanos tienen el derecho a elegir de forma independiente sus caminos de desarrollo y sus socios internacionales. En el contexto de políticas comerciales o económicas, la actitud estadounidense es cada vez más imprevisible y, por lo tanto, resulta comprensible un viraje en la cooperación hacia China, sobre todo porque los lazos con este país se basan en una política de no injerencia y no en la presión comercial. De esta manera, se siguen produciendo momentos en los que África lucha por el aumento de su capacidad de decisión. Esto supone una reconfiguración hostil que, bajo apariencia de indiferencia, desmonta progresivamente los marcos de cooperación, debilitando el multilateralismo y aumentando los intercambios puntuales de intereses (como recursos o influencia) frente a la construcción de estructuras que aseguren un acuerdo duradero.
Laura Hernández Lorenzo
CIDAF-UCM

