En la era de la globalización y la digitalización, la información se ha convertido en un recurso poderoso y en un arma de doble filo. Por un lado, ha facilitado el acceso al conocimiento y ha promovido la transparencia en diversos ámbitos, permitiendo a las sociedades estar más informadas y conectadas. Sin embargo, por otro lado, esta misma herramienta puede ser manipulada para servir a intereses geopolíticos, con el objetivo de desestabilizar sociedades enteras.
Este fenómeno se ha evidenciado en las dinámicas de varios países; donde la difusión de noticias falsas y la desinformación han sido utilizadas como estrategias para influir en la opinión pública y socavar la confianza en las instituciones. Un ejemplo histórico de esto se observó durante la Guerra Fría (1947-1991); cuando tanto Estados Unidos como la Unión Soviética emplearon tácticas de desinformación para debilitar al enemigo y ganar ventaja en el conflicto ideológico.
Un caso más reciente ocurrió durante la pandemia de la COVID-19, donde la desinformación se propagó rápidamente a través de redes sociales y otros medios digitales. Esta “manipulación” de la información no solo generó confusión y caos; sino que también erosionó la confianza de la población en las instituciones sanitarias y gubernamentales, dificultando la respuesta efectiva a la crisis.
El reciente reportaje de Al Jazeera (2025), nos revela la existencia de “periodistas fantasmas” en África Occidental; quienes, bajo la apariencia de medios nacionales locales, ha venido trabajado en difundir propaganda prorrusa. Este fenómeno no solo plantea graves preocupaciones éticas y periodísticas; sino que también, tiene implicaciones profundas para la estabilidad política y social del propio Estado. Es por ello, por lo que este artículo; analiza las motivaciones que hay detrás de esta estrategia, sus posibles consecuencias y las respuestas necesarias para contrarrestarlas.
Según el reportaje de Al Jazeera, estos “periodistas fantasmas” aparentemente operan a través de medios digitales y redes sociales; simulando ser fuentes locales de noticias. Sin embargo, detrás de estas fachadas se esconden intereses extranjeros, los cuales buscan influir en la opinión pública africana. Estos medios, publican contenido que glorifica las políticas rusas; critica a Occidente y promueve narrativas que benefician a Moscú en el escenario internacional. Este modus operandi no es nuevo, de hecho, se enmarca en una estrategia más amplia de desinformación que Rusia ha empleado en otras ocasiones; como por ejemplo en el caso de Europa del Este. En el cual genero una serie de desinformación en el caso de Ucrania; desde la revolución Euromaidán en 2014 y la posterior anexión de Crimea por parte de Rusia.
También el interés por desinformar por parte Rusia ha llegado hasta América Latina, este ha tenido gran injerencia en procesos los procesos electorales y políticos. Por ejemplo, en las elecciones de Brasil de 2018; donde se detectaron una serie de campañas de desinformación en redes sociales, las cuales beneficiaban al candidato Jair Bolsonaro. Un caso similar se vivió en México; donde se reportaron la presencia de bots y cuentas falsas en redes sociales con información para manipular las elecciones del país.
La presencia de propagandas prorrusas en África Occidental no es casual. Rusia ha incrementado su interés en el continente africano en los últimos años, buscando ampliar su influencia en una región rica en recursos naturales y con un creciente peso geopolítico. La región de África Occidental, en particular; es estratégica debido a su ubicación geográfica, y su importancia en el comercio global con grandes organizaciones internacionales, como es la Unión Africana. Es por lo que, con difundir narrativas favorables a sus intereses; Rusia no solo busca ganar aliados políticos, sino que también busca socavar la influencia de grandes potencias occidentales en la región.
Además, esta estrategia se enmarca en lo que algunos académicos han denominado «la guerra híbrida», un enfoque que combina tácticas convencionales y no convencionales para desestabilizar a los adversarios sin necesidad de un conflicto armado directo (Galeotti, 2016)[1]. La desinformación; en este contexto, funciona como una herramienta para erosionar la confianza en las instituciones locales, polarizar a la sociedad y crear un clima de incertidumbre propicio para la intervención extranjera.
Las consecuencias de las propagandas por parte de Rusia son múltiples y preocupantes. En primer lugar, socava la credibilidad de los medios locales; los cuales ya enfrentan desafíos importantes en términos de financiación y profesionalización. Cuando los ciudadanos no pueden distinguir entre noticias verdaderas y contenidos manipulados se debilita el papel del periodismo como pilar de la democracia. Esto recuerda a casos como el de Venezuela; donde Rusia ha venido respaldando al gobierno de Nicolas Maduro, con el cual, ha venido trabajando y difundiendo narrativitas con miras a desacreditar a la oposición y las sanciones internacionales; esto claro está, justificando su apoyo político y militar al régimen. También en el contexto latinoamericano, debemos de sumarle, casos como el de RT y Sputnik; por el cual se vieron afectados países como México, Argentina, Brasil, etc. Tras la invasión rusa en Ucrania en 2022; los medios rusos RT en español y Sputnik, se dedicaron a difundir narrativas; por las cuales justificaban su invasión, culpaban a la OTAN y negaban la existencia de haber cometidos crímenes de guerra.
En segundo lugar, esta desinformación puede exacerbar las diferentes divisiones sociales y políticas que hay en subregiones del África Occidental; que ya enfrenta grandes tensiones internas. Como, por ejemplo, en contextos donde existen conflictos étnicos o religiosos. Este tipo de propagandas puede ser utilizada para avivar el odio y justificar la violencia. Finalmente, la injerencia extranjera en los asuntos internos de los países africanos representa una amenaza para su soberanía y su capacidad para tomar decisiones.
El fenómeno de los «periodistas fantasmas» plantea serias cuestiones éticas. Las cuales hacen que nos preguntemos seriamente hasta qué punto es aceptable que los organismos extranjeros manipulen la información en beneficio propio y sobre la responsabilidad que tienen las plataformas digitales y los gobiernos para regular este tipo de prácticas. Estas preguntas, no tienen respuestas fáciles; pero es evidente que se necesitan mecanismos más robustos que garanticen la transparencia y la integridad en el flujo de la información.
Desde una perspectiva periodística, este caso subraya la necesidad de verificar las fuentes y el compromiso con la verdad. Los medios locales e internacionales deben trabajar juntos para exponer estas prácticas y educar al público sobre cómo identificar la desinformación. Además, es importante que los periodistas africanos reciban el apoyo necesario para fortalecer su independencia y resistir las presiones externas.
La existencia de «periodistas fantasmas» en África Occidental, es un recordatorio para todos; de que los desafíos que enfrentamos en la era de la información. Este fenómeno no solo refleja las tensiones geopolíticas del mundo actual, sino que también pone en riesgo la estabilidad y la democracia en una de las regiones más dinámicas del planeta. Combatir la desinformación, requiere de un esfuerzo colectivo que involucre a gobiernos, medios de comunicación, organizaciones internacionales y a la mima sociedad civil. Solo a través de la transparencia, la educación y la cooperación; podremos proteger el derecho a la información veraz y construir sociedades más justas y resilientes.
Javier Moisés Rentería
Referencia:
Al Jazeera. (2025, marzo 20). The ghost reporters writing pro-Russian propaganda in West Africa.
Notas:
[1] Galeotti, M. (2016). Hybrid War or Gibridnaya Voina? Getting Russia’s non-linear military challenge right. Ponars Eurasia.
[CIDAF-UCM]