En la ciudad de Robert Schuman, en este lugar cargado de memoria europea, el papa no parece pedir que Europa vuelva al pasado, sino que compruebe si todavía vive de aquello que hizo posible su reconstrucción después de la guerra: la dignidad de la persona, el derecho, el diálogo, la responsabilidad, la solidaridad, la capacidad de convivir con el diferente y la convicción de que ningún interés nacional justifica la destrucción del otro.
Ése es el nervio crítico del mensaje de Metz. León XIV habla de un «redescubrimiento de las propias raíces» unido inseparablemente a «la apertura al diálogo con el otro». No propone una identidad europea cerrada sobre sí misma. Al contrario: sostiene que la universalidad de los valores europeos sólo puede afirmarse cuando Europa sabe quién es y, precisamente por eso, puede encontrarse con quien no es como ella. En el encuentro interreligioso de Metz lo formuló con claridad: «Dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro».
Aquí aparece una primera contradicción de la Europa contemporánea. Durante décadas ha construido una cultura de derechos universales, pero con frecuencia parece incómoda cuando tiene que explicar las convicciones culturales, morales e históricas que dieron origen a buena parte de esos derechos. Ha aprendido a hablar de universalidad y, al mismo tiempo, parece haber perdido seguridad para hablar de sus fundamentos.
León XIV no acepta esa separación. Los valores no sobreviven únicamente porque estén escritos en tratados. Sobreviven cuando una sociedad sabe por qué los considera verdaderos y está dispuesta a vivir de acuerdo con ellos. Por eso resulta decisiva otra de sus afirmaciones: la necesidad de «redescubrir el papel central de la persona humana y dar un significado real a palabras como libertad, democracia, paz y unidad».
Porque, ¿qué significa libertad cuando se separa completamente de responsabilidad? ¿Qué significa democracia cuando el adversario político deja de ser un conciudadano para convertirse en un enemigo? ¿Qué significa paz cuando el lenguaje de la fuerza vuelve a ocupar el centro de las relaciones internacionales? ¿Qué significa unidad cuando los intereses particulares ya no encuentran un bien suficientemente grande que los reúna?
Europa tiene las palabras ¿Conserva todavía la realidad que esas palabras deberían nombrar?
El papa toca uno de los puntos más delicados de la cultura europea contemporánea cuando recupera una advertencia que Francisco formuló ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo, el 25 de noviembre de 2014: «Parece que el concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario». Francisco advertía entonces del riesgo de afirmar los derechos del individuo al margen del contexto social que los hace posibles, olvidando que cada persona está vinculada a los demás y al bien común.
Una sociedad que sabe reclamar derechos, pero ha dejado de preguntarse qué debe a los demás, corre el riesgo de convertir la libertad en aislamiento y la democracia en una suma de intereses particulares.
Una sociedad que sabe reclamar derechos, pero ha dejado de preguntarse qué debe a los demás, corre el riesgo de convertir la libertad en aislamiento y la democracia en una suma de intereses particulares.
Francisco había advertido también, en el Consejo de Europa, contra la sustitución del «concepto de derecho humano», dotado de valor universal, por una concepción individualista del derecho. León XIV retoma ahora esa preocupación desde otra perspectiva: recuperar el significado real de palabras como libertad, democracia, paz y unidad exige volver a colocar en el centro a la persona y reconocer que su dignidad nunca se realiza en soledad.
¿Qué ha hecho Europa con una de sus raíces más profundas, aquella que vinculaba libertad y responsabilidad, derechos y deberes, dignidad personal y bien común?
León XIV retoma esta intuición en Magnifica humanitas y la sitúa en una larga tradición de pensamiento sobre los derechos humanos. Recupera allí una formulación de Pablo VI en su Mensaje a la Conferencia Internacional de los Derechos del Hombre, del 15 de abril de 1968: «sería vano proclamar derechos, si al mismo tiempo no se pone en práctica todo lo necesario para asegurar el deber de respetarlos, por todos, en todas partes y para todos» (n. 55). Una afirmación que conserva una inquietante actualidad: los derechos no se sostienen únicamente proclamándolos, sino creando las condiciones culturales, jurídicas y políticas para que sean respetados efectivamente.
La frase contiene una crítica política de enorme alcance. Europa no necesita menos derechos, sino una cultura capaz de hacerlos efectivos.
El propio León XIV lo ha expresado en términos contundentes: «la mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad» (Magnífica humanitas, 61). Ahí se encuentra una de las grandes fracturas de nuestro tiempo. Hemos perfeccionado extraordinariamente los mecanismos para reclamar derechos. No está tan claro que hayamos desarrollado con la misma intensidad una cultura de la responsabilidad.
Ésa puede ser la cuestión política de fondo que atraviesa el discurso de Metz. Europa ha aprendido a gestionar con notable eficacia una convivencia compleja; la pregunta es si todavía sabe hacia dónde dirigirse. Se pueden ajustar las velas, corregir el rumbo y sortear las dificultades con precisión; nada de eso responde, sin embargo, a la pregunta decisiva: hacia qué puerto quiere llegar Europa.
Las reglas pueden indicar cómo navegar juntos; sólo un horizonte compartido permite saber hacia dónde.
Y ahí aparece la cuestión de fondo: si Europa quiere seguir siendo algo más que un espacio de coordinación cada vez más sofisticado, tendrá que recuperar un propósito común capaz de orientar su navegación. Porque no basta con mantener el barco a flote ni con evitar que pierda el rumbo; hace falta saber qué destino merece la pena alcanzar juntos. Schuman no pidió a los europeos que olvidaran sus diferencias; les propuso algo mucho más audaz: convertirlas en el punto de partida de una nueva forma de convivencia.
El discurso de León XIV en Metz no se detiene en la crisis cultural de Europa. La lleva hasta el corazón de la política internacional, donde su diagnóstico adquiere una gravedad particular: «las relaciones humanas y entre los estados se vuelven cada vez más bárbaras». Se debilita el valor de «la palabra dada», mientras ganan terreno «la mentira y el engaño». Frente a esta degradación de la convivencia, reivindica el derecho internacional y el multilateralismo como «el mejor antídoto contra la voluntad de dominación, que es la raíz de todo conflicto».
Ésa es una de las advertencias centrales que llegan de Metz. Europa no puede olvidar que una de sus grandes conquistas históricas consistió en intentar someter el poder a un orden jurídico compartido. Cuando el derecho deja de poner límites al poder, la política vuelve a quedar a merced de quien tiene más capacidad para imponer su voluntad. Y entonces Europa no pierde solamente autoridad internacional, sino que pierde la memoria de aquello que hizo posible su propia reconstrucción.
También en Metz, el Papa agustino aborda esta cuestión desde una perspectiva de particular densidad política: la acogida. «Acoger a una persona significa integrarla como en la propia familia», afirma, ofreciéndole «la posibilidad de desarrollar sus talentos, sus capacidades y sensibilidades», pero también de «entrar en el espíritu de la casa que la acoge».
La imagen de la casa permite comprender una cuestión que Europa no puede eludir. Una casa abierta no es una casa sin identidad. Puede recibir precisamente porque tiene una historia, unas formas de convivencia y una memoria que ofrecer. Abrir las puertas no exige derribar las paredes; acoger al otro no obliga a dejar de saber quién se es.
Europa afronta así uno de sus desafíos más complejos: integrar sin asimilar, acoger sin disolverse, transmitir sin imponer. No hay contradicción entre apertura e identidad cuando ambas se entienden como realidades vivas. La primera hace posible el encuentro; la segunda proporciona un lugar desde el que encontrarse.
León XIV no presenta la diversidad como una amenaza inevitable ni la identidad como un privilegio que deba preservarse mediante el aislamiento. Habla, por el contrario, de un «encuentro sin precedentes entre pueblos y culturas» que reclama a la vez «un redescubrimiento creativo de nuestras raíces» y «una escucha atenta del otro».
Ahí está la palabra decisiva: creativo. Las raíces no son una cadena que obligue a repetir el pasado, sino una fuente desde la que responder a un presente que el pasado nunca conoció. Una identidad viva no se protege levantando muros, sino sabiendo que merece ser transmitido y teniendo la confianza necesaria para entrar en diálogo con quien llega.
La cuestión alcanza algo más profundo: si mantiene viva la razón por la que decidió convertirse en un proyecto común.
Después de dos guerras mundiales, Europa aprendió una lección que no debería necesitar volver a aprender: el nacionalismo llevado hasta sus últimas consecuencias podía convertir el continente en un campo de ruinas. La reconciliación dejó entonces de ser un ideal moral para convertirse en una necesidad política. Europa descubrió que convivir con el antiguo adversario no era una concesión, sino una forma superior de inteligencia histórica.
Por eso adquieren especial fuerza las palabras de León XIV: Europa ha demostrado que es posible «hacer valer opiniones, reivindicaciones e intereses divergentes, encontrándose en lugar de enfrentarse». En esa experiencia reside una de las aportaciones más valiosas de Europa al mundo: haber convertido el conflicto de intereses en posibilidad de encuentro y la experiencia de la guerra en voluntad de convivencia.
«Encontrarse en lugar de enfrentarse». Ahí reside quizá la definición más sencilla y, al mismo tiempo, más exigente del proyecto europeo. No pensar lo mismo. No querer lo mismo. No borrar las diferencias. Aprender a convivir con ellas sin convertirlas en una razón para destruirse.
Esa capacidad de encuentro tiene una historia. Europa no llegó a convertir el enfrentamiento en convivencia por una simple decisión administrativa. Detrás de aquel proyecto había una determinada concepción de la persona, de la libertad, del derecho, de la responsabilidad y del bien común. Volver hoy la mirada hacia esas fuentes no significa idealizar el pasado, sino preguntarse qué puede seguir sosteniendo el futuro.
La fidelidad a la historia europea se juega hoy en otra parte: en volver a poner a la persona en el centro, someter el poder al derecho, vincular libertad y responsabilidad, entender la democracia como convivencia y no sólo como procedimiento, defender el multilateralismo frente a la dominación y convertir la diferencia en posibilidad de encuentro.
Ésa es la verdadera provocación de León XIV: no volver atrás, no cerrar Europa sobre sí misma, no convertir la tradición en refugio, sino recuperar de su historia la lucidez necesaria para volver a construir.
Al final, Europa no está llamada simplemente a recordar quién fue. Está obligada a decidir qué quiere llegar a ser.
Lázaro Bustince
[CIDAF-UCM]
