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Inicio > Bitácora africana >

Teodora Corral Barbero

Misionera Carmelita de la Caridad, lleva más de veinte años en África trabajando en diferentes países como Gabón, Togo, República Democrática del Congo y Guinea Ecuatorial. Ahora en Centroáfrica ejerce su labor atendiendo a la gente que huye de la guerra en un campo de refugiados para los desplazados de Bakala.

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La mirada de dolor

19 de enero de 2017.

“Nuevas categorías humanas, sorprendentes. Las marcan los especialistas del mundo humanitario. Nosotras formamos parte del ‘personal no-esencial’, del que se puede evacuar en caso de urgencia, cuando arrecian los combates, o los anuncios de combates, cuando la población se queda asustada mientras ve que las ONG se van en los aviones de la ONU y ellos se quedan allí, esperando a que el enemigo ataque, o no ataque. Y mientras unos nos vamos a lugares más confortables, otros, de nuevo con la casa a cuestas, se ponen en camino engrosando las cifras de desplazados-hacinados en campos de ignominia o de muertos en el camino.

Sólo me alegra una cosa: saber que todos los que se quedan en Bambari porque los grupos rebeldes armados van a librar allí la batalla final, que todos ellos forman parte del ‘personal esencial’. Ellos son los verdaderos esenciales de la historia, no la que protagonizamos los llamados ‘humanitarios’, yendo a echar una mano cuando las cosas van bien y saliendo corriendo cuando la dificultad arrecia. Los esenciales de la historia son las madres que aparecen en esta foto mostrando orgullosamente a sus bebés. El primero, el más pequeño, nació hace tres semanas tras días de mucho dolor. Los exselekas bororos o Peuls, se dedicaron a una verdadera caza de brujas, persiguiendo a los exselekas Goula, dos grupos rebeldes asociados a dos etnias diferentes, en mortal confrontación: casas pilladas, cientos de nuevos desplazados en los campos, niños llorando con pánico a la salida de la escuela ante las noticias de un ataque inminente, nuestros vecinos despojados de lo poco que tienen, un colchón aquí, algunas cazuelas allá, el gallo y el cabrito cuidadosamente guardado para la fiesta de Navidad terminado en el estómago de los rebeldes... Triste e interminable guerra la de Centroáfrica. Grupos rebeldes que se alían hoy y que mañana deshacen y rehacen alianzas encontrando nuevos enemigos, a la conquista de un terreno rico en diamantes, oro y ganado vacuno. Los bueyes valen más que las personas, los diamantes más que los niños.

Y en medio de este deterioro, la vida, la imprescindible VIDA, la que acompaña siempre a los más pobres, la vida abriéndose camino, este pequeño Goula que acaba de nacer, la luz sobre él, un verdadero diamante, del todo esencial. Nuestro pequeño Goula no recibirá nunca un Príncipe de Asturias, ni un Nobel de la Paz, ni un premio, aún por inventar, al mérito de haber nacido mientras sonaban las balas, no. Esos premios suelen estar destinados a los que, si nos pasa algo, saldremos en la TV, alabarán nuestra entrega durante días, mientras ellos siguen transitando solos las rutas del dolor. ¿Qué estoy exagerando? ¿Qué me estoy poniendo trágica? Que, mujer, hay que ser prudente y salir para volver a entrar, que es mejor retirarse a tiempo para ayudarles después... Son las voces que nos llegan, pero nosotras escuchamos otra música que habla de acompañar hasta el último aliento, de dar la vida aún con riesgo de perderla, de permanecer desde abajo y desde dentro... y desde más abajo aún, del grano de trigo sembrado en la tierra.

Quisiera tener la fe de este pueblo que, en el fragor del combate, aún tiene en su boca cristiana o musulmana palabras tan esenciales como: ‘Dios está con nosotros’.
Los hay de talla. Como el párroco de Bakala y el puñado de ancianos y personas discapacitadas que han quedado allí, por la fuerza, por elección. Sus pies no podían emprender el camino del exilio, se quedaron; su corazón no podía tampoco dejarlos solo, se quedó. Eran ‘los esenciales’. En dos días el pueblo se vació mientras crepitaban las armas. También los que emprendieron la marcha formaban parte de ese meritorio cortejo de ‘los esenciales’, tan esenciales que, dejando atrás nada, pues nada había quedado de sus casas y enseres quemados, se lanzaron a otra nada en busca de la vida.

A nuestra vuelta a Bambari, cuando ya los cánones oficiales de seguridad nos lo permitieron, encontramos paisajes desolados en algunos pueblos de los alrededores: casas quemadas, miles de desplazados nuevos, gente durmiendo al raso, niños con hambre, así de sencillito se dice ‘niños con hambre’, mujeres violadas, así de sencillito se dice también... y detalles conmovedores, como el del jefe del pueblo que habiendo visto triplicada su población, y sin ningún tipo de ayuda humanitaria a la vista, reúne a su gente y les dice: ‘cada vez que volváis de la plantación, aportad un tubérculo para los desplazados de Bakala’. A fuerza de tubérculos se escribe la historia de los esenciales.

Conozco ese silencio, el de después de las balas, ese que precede al relato de las atrocidades, el que elige domicilio en no sé qué granero del alma. Es el silencio que escuchamos cuando les escuchamos contar lo que han vivido: que metieron en una sala a 25 jóvenes y los fusilaron al instante, que les obligaron a enterrarlos en un pozo y como los rebeldes querían terminar pronto la operación, les obligaron a quemar al resto, que no les han dejado enterrar a sus muertos, que vieron a un cerdo cómo comía humanos, que la llevaron a un rincón y la violaron, pero antes de eso dispararon a los pies de su hermano para que los dejara tranquilos, que le pidieron que se acostara con ellos y ella les dijo que tenía marido pero ellos le dijeron que tenían armas, que mira, mi niño duerme no porque tenga sueño, sino porque tiene hambre, que he dejado allí a mi hermano mayor porque no podía andar y he vuelto a verlo, a escondidas entro en el pueblo a las seis de la tarde, cuando es de noche y los rebeldes cenan, y le llevo algo para comer, y luego me vuelvo aquí, que mi marido, al escuchar las armas, cogió otro camino para huir, ahora estamos separados y estoy a punto de dar a luz, que mi hijo ha repudiado a su mujer violada y ahora no sé dónde está, que los Cascos azules vieron todo y no hicieron nada, que quiero que mi hijo vaya a la escuela pero no hay escuela, que dormimos en el suelo, que no pudimos coger nada de nuestras casas y que ahora no tenemos nada... Relatos de la ignominia, del desdoro total humano.

Y llega el momento de la reconstrucción, del seguir viviendo.

Ahí estamos, acompañando lo que podemos, sin poder mucho, con muchas preguntas dentro, acogiéndolas sin respuesta, a ratos acariciando dentro los versos del poeta orante, ‘¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?... lo coronaste de gloria y dignidad’ (Salmo 8)... y añorando la deseada dignidad, para todos”.

Fuente: OMP



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