La fe de las personas y de los pueblos no se valora por sus catedrales, sus procesiones, sus fondos económicos o sus manifestaciones de gloria, fiesta y poder, sino ante todo por su justicia y solidaridad con las personas más oprimidas y marginadas.
Una fe que no hace justicia con las personas abusadas, empobrecidas y desplazadas, no es auténtica y no sirve para el bien común. Cuanto nos cuesta hacer justicia, tanto en el hemisferio sur como en el del norte, a las víctimas abusadas, empobrecías y descartadas.
En 1967 Pablo VI publicó su encíclica social “Populorum Progressio” sobre el desarrollo de los pueblos, en la que señalaba que el progreso es el nuevo nombre de la paz. También subrayó que el progreso abarca a todas las personas y a todas las dimensiones de la persona.
En 1971 Pablo VI escribió también:
«Las graves injusticias que envuelven el mundo humano con una red de dominios, de opresiones y de abusos que sofocan la libertad e impiden a la mayor parte del género humano participar en la edificación y en el disfrute de un mundo más igual y más fraterno. La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva del Evangelio”
“El trabajo por la justicia resulta constitutivo de la fe cristiana. El amor cristiano al prójimo y la justicia no se pueden separar, porque el amor implica una exigencia absoluta de justicia, es decir, el reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo”.
Este mensaje tan claro, parece que se nos ha olvidado a demasiados líderes de hoy, tanto políticos como religiosos, pues seguimos apegados a ritos litúrgicos y de poder, olvidando la misión principal.
El jesuita Arrupe afirmó que: «el Evangelio es un evangelio de amor. Pero el amor exige la justicia. El Evangelio, por tanto, es un evangelio de justicia, es la buena noticia anunciada a los pobres». Concibe «la acción de la justicia, ante todo, como una liberación que afecta a las estructuras, y que requiere, evidentemente, cierta forma de compromiso social y político».
La expresión que resume la misión es: «servicio de la fe y promoción de la justicia», una especie de eslogan que utiliza un mínimo de palabras para motivar y dinamizar la misión de los creyentes. No se concibe ningún ministerio que no integre estos dos aspectos: fe-justicia. La lucha por la justicia queda pues inseparablemente unida a la solidaridad con los pobres. Arrupe, como el papa Francisco, han sido excelentes testigos de esta solidaridad con los pobres.
El Servicio Jesuita a Refugiados por todo el mundo también une caridad y justicia, con el lema «acompañar, servir y defender» a refugiados y migrantes. Gobernantes y grupos carismáticos, deberían aprender de estos testimonios de vida y de solidaridad con las personas marginadas.
La injusticia siempre es un abuso del poderoso en el campo de su poder, un abuso que atenta contra la dignidad humana de la víctima. La promoción de la justicia requiere desenmascarar las estructuras de poder y atribuir responsabilidades en situaciones en las que puede distinguirse una víctima y un agresor. De ahí que la lucha por la justicia señale a quienes se benefician y explotan, y se solidarice con las víctimas, que han sido tomadas por menos que humanas. La promoción de la justicia desenmascara, denuncia y promueve el respeto a la dignidad y desarrollo integral de todo ser humano, sin importarnos su raza, origen o religión.
Lázaro Bustince
CIDAF-UCM
