
El 27 de septiembre se celebra la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que este año se centra en el tema de los niños y menores, por ser los más vulnerables.
Según ACNUR, unos 45 millones de menores y adolescentes se ven obligados a abandonar su tierra a causa de las guerras, la pobreza, la violencia, los desastres ambientales y otras tragedias; un número que continúa aumentando de manera dramática.
En el contexto de los flujos migratorios, los más vulnerables son precisamente los niños, las niñas y los adolescentes. Además de verse obligados a desplazarse y a dejar su hogar, padecen el sufrimiento de perder a sus padres y seres queridos, la violencia, la angustia de la distancia y la separación provocada por las repatriaciones. Incluso los jóvenes que realizan el viaje junto a sus padres están expuestos a condiciones extremas y traumáticas. Muchos menores pierden la vida a lo largo de las rutas migratorias o se convierten en víctimas de la trata de personas, la explotación, la violencia sexual y otras atrocidades.
Es la responsabilidad de todos, porque cada niño y cada ser humano posee una dignidad infinita que debe ser respetada. Todos debemos asumir un compromiso concreto para integrar y valorar a los jóvenes migrantes y refugiados, poniendo en el centro la protección y la dignidad de cada niño, niña y adolescente.
Existe una solidaridad que ya se hace visible en diversas comunidades la de quienes han decidido no mirar hacia otro lado, la de quienes han abierto las puertas de sus hogares y la de los numerosos voluntarios y agentes que, cada día, curan las heridas invisibles de los pequeños migrantes, dando testimonio de que el amor puede vencer la indiferencia.
Todos estamos llamados a realizar un acto de humanidad y de fe. “El que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe” (Mt 18,5). Aunque sea uno solo: no se trata de cifras ni de estadísticas. Los valores humanos, la fe y el Evangelio nos invitan a no hacer cálculos; cada ser humano posee una dignidad infinita. Por eso, cualquier abuso o violación de esta dignidad de los menores, asume una responsabilidad inmensurable y debe responder con una justicia y restauración adecuadas.
Con frecuencia, en las diferentes Comisiones de reconciliación, formadas para analizar los abusos e injusticias cometidas contra menores, no se aborda adecuadamente la responsabilidad de hacer justicia y de compensar con equidad a las victimas de diferentes abusos cometidos en familias o instituciones.
Hay millones de niños sin hogar. Algunos tuvieron que abandonarlos debido a los conflictos, a la pobreza o al cambio climático; otros se marcharon con la esperanza de encontrar una vida mejor y más segura. El sufrimiento y la exclusión de los niños migrantes y desplazados no solo es inaceptable, sino que además se puede evitar. El abandono de los menores por parte de gobiernos, instituciones y de la sociedad en general es un signo grave de deshumanización. Este drama humano tiene solución, puesto que ha sido causado por manos humanas. Depende de nosotros, los Pueblos.
Lázaro Bustince
CIDAF-UCM

