Calor extremo como multiplicador de riesgos: agua, sequías repentinas, incendios y plagas
Más allá de los impactos directos, el calor extremo actúa como un catalizador de otros peligros. Uno de los más importantes es el estrés hídrico: con temperaturas elevadas, la evaporación se dispara, los suelos se secan más rápido y el agua disponible para cultivos, ganado y ecosistemas se reduce, incrementando la competencia por el recurso entre sectores y territorios.
El informe FAO-OMM presta especial atención a las llamadas sequías repentinas o flash droughts, fenómenos todavía poco conocidos pero cada vez más frecuentes. Se originan principalmente por un aumento rápido de la temperatura, que provoca un descenso brusco de la humedad del suelo en cuestión de semanas, sin necesidad de un largo periodo sin lluvias. Estas sequías relámpago pueden pillar a los agricultores completamente descolocados y causar daños severos en muy poco tiempo.
El calor también dispara el riesgo de incendios forestales. Las olas de calor alargan la temporada de alto peligro, resecan la vegetación y hacen que cualquier ignición, ya sea natural o provocada, tenga muchas más papeletas de convertirse en un gran incendio. Las pérdidas no se limitan a la madera: se destruyen servicios ecosistémicos clave, se degrada el suelo y se dañan infraestructuras rurales, cultivos y pastos.
Otro efecto encadenado es la mayor propagación de plagas y enfermedades. Temperaturas más altas favorecen la expansión geográfica de insectos, patógenos y vectores que antes estaban limitados por el frío, tanto en agricultura y ganadería como en salud humana. En acuicultura ocurre algo parecido con parásitos y enfermedades que encuentran condiciones más propicias en aguas calientes y poco oxigenadas.
En el medio marino, el informe recuerda un ejemplo muy gráfico: la ola de calor conocida como la «mancha» en el Pacífico entre 2014 y 2016 provocó un colapso de la cadena trófica que derivó en hambrunas masivas de aves marinas y el cierre de algunas de las pesquerías más importantes de la región. Este tipo de eventos ilustra hasta qué punto el calor extremo puede desencadenar cascadas de impactos que afectan a todo el sistema.
Sobre el futuro, las proyecciones climáticas apuntan a que estas tendencias seguirán intensificándose. Por cada grado adicional de calentamiento global, se prevé que la producción de cultivos esenciales como el maíz y el trigo disminuya entre un 4 % y un 10 %. Estos descensos, sumados al aumento de la población y a otros factores de presión, sitúan la seguridad alimentaria en una posición cada vez más frágil si no se toman medidas contundentes.
Estudios de caso: Brasil, Pakistán, Marruecos, Chile y Portugal
El informe no se queda en los grandes números globales, sino que ilustra los efectos en cadena del calor extremo a través de varios estudios de caso. Se analizan experiencias en Pakistán, Marruecos, Chile y Portugal, donde las olas de calor han interactuado con sequías, incendios y vulnerabilidades socioeconómicas para generar crisis agrarias de gran calado.
Especialmente llamativo es el caso de Brasil durante el fuerte episodio de El Niño 2023-2024. Tras este fenómeno, el país sufrió una sequía prolongada agravada por un calor extremo. Las temperaturas máximas diarias superaron durante numerosos días los umbrales críticos para cultivos como la soja, provocando caída de flores, mala formación del grano y pérdidas significativas de rendimiento.
En paralelo, el Índice de Riesgo de Incendios Forestales alcanzó valores anormalmente altos, lo que derivó en incendios tempranos y catastróficos en el Pantanal, uno de los humedales más importantes del planeta. La combinación de calor, sequía e incendios redujo la cosecha nacional de soja en casi un 10 %, con efectos en cascada sobre la ganadería, los mercados de exportación y la salud de las comunidades rurales.
Los casos de Pakistán, Marruecos, Chile y Portugal muestran patrones similares: olas de calor que llegan sobre cultivos ya estresados por falta de agua, sistemas de riego sometidos a una presión enorme, baja capacidad de adaptación local y políticas que no siempre priorizan la gestión del riesgo climático. En todos ellos, la falta de anticipación y de sistemas de alerta temprana integrados aparece como un factor clave que amplifica los daños.
FAO y OMM subrayan que estos ejemplos no son anomalías puntuales, sino avances de lo que puede convertirse en la nueva normalidad en muchas regiones si el calentamiento global sigue una trayectoria de altas emisiones. De ahí que se insista tanto en aprovechar mejor la predictibilidad del calor extremo mediante los servicios climáticos y las acciones anticipatorias.
Adaptación y gobernanza del riesgo ante el calor extremo
Lograr que los sistemas agroalimentarios aguanten el tirón del calor extremo pasa por reforzar de forma decidida la adaptación y la gestión del riesgo. El informe propone un abanico de medidas que van desde la selección de variedades más resistentes hasta cambios en la forma de organizar el trabajo en el campo, pasando por innovaciones tecnológicas y nuevas políticas públicas.
En primer lugar, se destaca el desarrollo de razas y variedades tolerantes al calor mediante selección artificial y mejora genética, tanto en cultivos como en ganado. Junto a ello, se recomienda ajustar las fechas de siembra y cosecha, adaptar la densidad de plantación y modificar prácticas de manejo (sombra, acolchados, riego más eficiente, agroforestería) para proteger las plantas de los momentos de máxima temperatura.
En ganadería, son clave las infraestructuras de bienestar térmico: sombreados, ventilación, acceso constante a agua fresca y ajustes en la carga ganadera durante los periodos más calurosos. En la pesca y la acuicultura, se plantea reforzar la vigilancia sanitaria, adaptar densidades de cultivo, diversificar especies y, cuando sea posible, relocalizar instalaciones hacia zonas menos expuestas al calentamiento.
Un elemento central es el uso de los sistemas de alerta temprana y los servicios climáticos. Dado que el calor extremo se puede predecir con cierta antelación, la FAO y la OMM subrayan la importancia de que los Servicios Meteorológicos e Hidrológicos Nacionales emitan pronósticos y avisos específicos para el sector agrario, y de que exista un puente operativo entre esos avisos y planes de acción concretos en las explotaciones.
La idea es pasar de una gestión reactiva de crisis a una gestión proactiva del riesgo, en la que las decisiones de siembra, riego, manejo del ganado o recolección se apoyen en información climática robusta. Acciones anticipatorias como ajustar calendarios, preparar reservas de agua, organizar turnos de trabajo en horarios más frescos o activar asistencia técnica de emergencia pueden reducir de forma notable las pérdidas.
En el plano financiero, el acceso a servicios como seguros agrícolas, transferencias en efectivo, mecanismos de pago vinculados a eventos extremos y sistemas de protección social sensibles a crisis es indispensable para sostener la adaptación. Sin estos apoyos, los agricultores y ganaderos más vulnerables tienen muy poco margen para invertir en medidas preventivas o recuperarse tras un golpe de calor severo.
Mitigación climática: límites de la adaptación y papel de los combustibles fósiles
El informe insiste en que la adaptación, por muy ambiciosa que sea, tiene límites físicos, técnicos y económicos. Con el calentamiento medio global cerca de superar el umbral de 1,5 °C del Acuerdo de París, cada décima de grado adicional complica la viabilidad de numerosas zonas agrícolas, especialmente en regiones ya cálidas y con menos recursos.
Por ello, la única solución duradera para proteger la agricultura frente al calor extremo es una mitigación climática agresiva. Los sistemas agroalimentarios son responsables de aproximadamente un tercio de las emisiones globales a lo largo de su cadena de valor y de alrededor del 70 % de las extracciones de agua dulce, por lo que tienen un doble papel: adaptar sus propias prácticas y contribuir a reducir emisiones.
En este contexto, el informe se alinea con el «Informe de la Brecha de Producción» del PNUMA, que muestra que, a pesar de los compromisos climáticos, los gobiernos planean producir más del doble de combustibles fósiles de lo compatible con el objetivo de 1,5 °C para 2030. Las previsiones apuntan a un incremento en la producción mundial de petróleo y gas y solo una pequeña bajada en la producción de carbón, lo que prolongaría el crecimiento de la producción total de combustibles fósiles al menos hasta 2040.
El documento del PNUMA analiza a los 15 principales países productores (entre ellos Australia, Brasil, Canadá, China, Alemania, India, Indonesia, México, Noruega, Rusia, Arabia Saudí, Sudáfrica, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido y Estados Unidos), donde la mayoría de los gobiernos sigue aplicando políticas favorables a la expansión de combustibles fósiles. La ciencia es clara: si la producción global de carbón, petróleo y gas no empieza a descender de forma inmediata y sostenida, el calentamiento superará 1,5 °C, con consecuencias catastróficas para los sistemas agroalimentarios y la seguridad alimentaria.
La FAO ha elaborado además una síntesis actualizada de los hallazgos científicos sobre las interacciones entre agricultura, sistemas alimentarios y cambio climático, con material que puede apoyar las futuras evaluaciones del IPCC. Esta síntesis refuerza la idea de que la transformación de los sistemas agroalimentarios es una pieza clave de cualquier estrategia climática creíble, tanto por su potencial de mitigación como por la necesidad de aumentar su resiliencia.
Puntos críticos del hambre: Sudán, Palestina, Sudán del Sur, Haití y Malí
En paralelo al informe sobre calor extremo, FAO y Programa Mundial de Alimentos (PMA) publican periódicamente el análisis de Puntos críticos del hambre, que identifica los lugares del planeta donde la inseguridad alimentaria aguda está alcanzando niveles catastróficos. El último informe señala cinco puntos de máxima preocupación: Sudán, Palestina, Sudán del Sur, Haití y Malí.
En estos países hay comunidades que ya sufren hambruna, están en riesgo inminente de padecerla o se encuentran en niveles extremos de inseguridad alimentaria aguda debido a una combinación de conflictos prolongados, crisis económicas y desastres naturales. A todo ello se suman crecientes restricciones de acceso humanitario y una grave escasez de financiación internacional, lo que limita la capacidad de respuesta de las agencias de ayuda.
El informe semestral funciona como un sistema de alerta temprana para los próximos cinco meses, al proyectar cómo pueden deteriorarse las crisis alimentarias en 13 países y territorios identificados como los puntos de hambre más críticos del mundo. Además de los cinco de máxima preocupación, Yemen, República Democrática del Congo, Myanmar y Nigeria se clasifican como focos de extrema preocupación que requieren atención urgente para salvar vidas y medios de vida.
Otros puntos críticos relevantes son Burkina Faso, Chad, Somalia y Siria. En todos ellos, la combinación de violencia, desplazamientos, destrucción de medios productivos y choques climáticos, incluido el calor extremo, crea escenarios donde resulta cada vez más difícil asegurar el acceso regular a alimentos suficientes y de calidad para la población más vulnerable.
El Director General de la FAO, QU Dongyu, recalca que el hambre hoy no es una amenaza lejana, sino una emergencia cotidiana para millones de personas. Insiste en la importancia de proteger granjas y ganado para mantener la producción de alimentos in situ, incluso en las condiciones más adversas. Por su parte, la directora ejecutiva del PMA, Cindy McCain, califica el informe como una «alerta roja» y subraya que, sin financiación ni acceso, las organizaciones humanitarias no pueden desplegar la respuesta a la escala necesaria.
Fuente: Meteorología en Red

