- El calor extremo ya reduce rendimientos agrícolas, daña ganadería y pesca y actúa como multiplicador de riesgos.
- Más de mil millones de personas y varios puntos críticos del hambre afrontan inseguridad alimentaria aguda.
- La adaptación exige variedades resistentes, alerta temprana, protección social y gestión proactiva del riesgo.
- Sin mitigar las emisiones y limitar los combustibles fósiles, la capacidad de adaptación tendrá límites muy claros.
El calor extremo se ha convertido en uno de los riesgos más serios y menos comprendidos para la agricultura y la seguridad alimentaria mundial. No hablamos solo de días puntuales de bochorno, sino de una sucesión de olas de calor, noches tropicales y episodios combinados de altas temperaturas y sequía que están llevando al límite a cultivos, ganadería, pesca, bosques y a las personas que viven de ellos. Todo ello se recoge en un informe conjunto de la FAO y la OMM que analiza con lupa cómo este nuevo clima de extremos está reconfigurando los sistemas agroalimentarios.
Al mismo tiempo, un segundo informe de estos organismos alerta sobre varios puntos críticos del hambre donde ya hay comunidades al borde de la hambruna. Conflictos armados, crisis económicas, desastres naturales y ahora también el calor extremo se combinan para disparar la inseguridad alimentaria aguda en países como Sudán, Palestina, Sudán del Sur, Haití o Malí. Todo ello ocurre en un contexto en el que, según Naciones Unidas y el PNUMA, los gobiernos siguen planeando producir más combustibles fósiles de los que el planeta puede soportar si queremos mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C.
Qué dice el informe conjunto FAO-OMM sobre el calor extremo y la agricultura
El informe «Extreme heat and agriculture» de FAO y OMM describe el calor extremo como un multiplicador de riesgos que actúa sobre todos los eslabones del sistema agroalimentario. No es un fenómeno aislado, sino un factor que se suma a sequías, falta de agua, incendios forestales, plagas y enfermedades, y a las tensiones sociales y económicas que ya arrastran muchos territorios rurales.
Los autores explican la ciencia física del calor extremo, detallan las vulnerabilidades de los distintos sectores productivos, presentan impactos observados y proyecciones futuras y recopilan estudios de caso de varios países. Además, proponen medidas de adaptación, recomiendan cambios de gobernanza del riesgo y subrayan la necesidad de una mitigación climática ambiciosa, porque la capacidad de adaptación tiene límites muy claros cuando el calentamiento global sigue aumentando.
El informe se publicó el 22 de abril, Día de la Tierra, para destacar las interconexiones entre clima, agricultura, ecosistemas y seguridad alimentaria. La FAO y la OMM recalcan que el sistema agroalimentario es, a la vez, víctima del cambio climático y una fuente importante de emisiones de gases de efecto invernadero y uso de agua dulce, lo que obliga a replantear de arriba a abajo la forma en que producimos, transformamos y consumimos alimentos.
Las conclusiones son contundentes: los episodios de calor extremo han aumentado en frecuencia, duración e intensidad en el último medio siglo y, si no se reducen de forma rápida las emisiones y la producción de combustibles fósiles, los riesgos para cultivos, ganadería, pesca y bosques se dispararán en las próximas décadas, con un impacto desproporcionado sobre las comunidades más vulnerables y sobre más de 1 200 millones de personas cuyo sustento depende directamente de los sistemas agroalimentarios.
Impactos del calor extremo en cultivos, ganado, pesca, bosques y personas
Los datos reunidos por FAO y OMM muestran que los cultivos básicos son extremadamente sensibles a las altas temperaturas. A escala global, los rendimientos de maíz y trigo ya han bajado, de media, alrededor de un 7,5 % y un 6 % por cada grado centígrado adicional de calentamiento. Las proyecciones indican que por cada nuevo grado de aumento térmico se podría perder hasta un 10 % adicional de productividad en estos cultivos fundamentales para la alimentación mundial.
En Europa, muchos cultivos funcionan ya muy cerca de su umbral térmico de tolerancia. Las olas de calor y los episodios combinados de calor y sequía incrementan el riesgo de pérdidas de producción, deterioran la calidad de los productos y afectan procesos clave como la polinización, el llenado de grano o la formación del tubérculo en especies como la patata o la cebada, cuyos umbrales críticos se alcanzan antes que en otros cultivos.
La ganadería también sufre con creces el embate del calor. A partir de temperaturas relativamente moderadas, en torno a 24-25 °C según la especie, el ganado empieza a experimentar estrés térmico. Esto supone menor ingesta de alimento, peor conversión de pienso, bajadas en la producción de leche y carne, y un aumento notable de la mortalidad, especialmente en animales más sensibles.
Las especies ganaderas más comunes comienzan a resentirse en torno a los 25 °C, y el umbral es algo más bajo para pollos y cerdos porque no disponen de un sistema de sudoración eficaz para expulsar calor. Ese estrés prolongado no solo reduce el bienestar animal, sino que compromete la reproducción, aumenta la incidencia de enfermedades y obliga a adaptar instalaciones y manejos para evitar golpes de calor que pueden ser mortales.
En los ecosistemas marinos, el impacto es igualmente preocupante. Las olas de calor marino han causado episodios repetidos de mortalidad masiva y están obligando a muchos stocks de peces a migrar hacia aguas más frías. El calor reduce el oxígeno disuelto, y los peces pueden llegar a sufrir insuficiencia cardíaca mientras tratan de mantener una respiración acelerada en este entorno hostil.
El informe recuerda que en 2025 más del 90 % de la superficie oceánica del planeta experimentó al menos una ola de calor marina, según el informe sobre el estado del clima de la OMM. En sistemas de acuicultura, el aumento de temperatura facilita la aparición de enfermedades infecciosas y favorece la proliferación de algas nocivas, lo que ya está perjudicando producciones clave como el salmón y otras especies de cultivo.
En tierra firme, las olas de calor se asocian a pérdidas de cosechas de doble dígito en muchos lugares, reducciones de hasta el 50 % en la productividad forestal y episodios de mortalidad masiva de ganado que han afectado a cientos de miles de animales. Además, hay una fuerte correlación entre olas de calor y la aparición de incendios forestales más extensos, intensos y tempranos de lo habitual, alargando peligrosamente la temporada de fuego.
Las personas que trabajan en el campo figuran entre los colectivos más expuestos. El informe señala que los trabajadores agrícolas tienen 35 veces más probabilidades de morir por exposición al calor que el resto de trabajadores de otros sectores. En 2021 se perdieron 470 000 millones de horas de trabajo a escala mundial por culpa del calor extremo, con un coste enorme en bienestar, salud y productividad.
Se estima que, en áreas como el sur de Asia, buena parte del África subsahariana tropical y zonas de Centroamérica y Sudamérica, el número de días al año en los que no será seguro trabajar al aire libre podría llegar a 250. Además, cada grado por encima de los 20 °C reduce la productividad laboral entre un 2 % y un 3 %, y el riesgo de sufrir golpes de calor y otras complicaciones médicas aumenta de forma muy acusada.
Fuente: Meteorología en Red

