En recuerdo de Buchi Emecheta, novelista nigeriana, feminista, mi madre

30/10/2017 | Cultura

Cuando su marido le quemó el primer manuscrito, Buchi Emecheta no se rindió. Continuó, perseverante hasta convertirse en la conocida autora de The Bride Price (en español: “El precio de la novia”) o The Joys of Motherhood (“Las alegrías de la maternidad”) entre otros.

Una niña del pueblo Ibusa, criada en el Lagos de 1940, la vida de Buchi Emecheta estuvo siempre marcada por la pobreza y la precariedad que vivió en su niñez. Era una niña pobre y desnutrida tanto física como emocionalmente, pero con unas ganas voraces de sobrevivir.

Perdió a su padre (mi abuelo) que la adoraba, cuando solo tenía ocho años. Era un trabajador del ferrocarril que murió a causa de las complicaciones derivadas de una herida de bala en los pantanos de Burma, donde lo habían reclutado para combatir para el Señor Louis Mountbatten y los vestigios del Imperio Británico. Con su pérdida, Buchi y su hermano menor quedaron al amparo de una madre que, dado que no había recibido una educación, no podía apreciar el talento de su joven hija.
Fue un donante de Ibusa, el Señor Hallim (antiguo Secretario Permanente del Gobierno) quien, respetando la leyenda familiar, descubrió la inteligencia de la joven de la gran mirada vigilante. Le rindió el apoyo que necesitaba y la animó a seguir su educación en lugar de trabajar vendiendo naranjas en el mercado como quería su madre. Consiguió una beca para ir a un prestigioso instituto en Lagos, donde conoció a chicas de la nobleza nigeriana.

En su primer año allí, su madre también murió y su custodia fue pasando por las mandos de diferentes familiares lejanos de la comunidad Ibusa en Lagos. Durante las vacaciones, mientras sus compañeros de clase volvían a las mansiones de sus familiares, ella prefería quedarse en la habitación vacía refugiándose en los libros y en su imaginación y cuando sus amigas volvían, las sorprendía con las estupendas cosas que había hecho en verano.

buchi_emecheta.jpgCuando éramos pequeños nos solía decir que si crees en ti con firmeza suficiente, puedes hacer realidad cualquier sueño. Era prácticamente su juramento de fe, el mismo que la hizo desarrollar su personalidad tan marcada pero que a veces, la hacía perder la paciencia con la gente que no era tan decidida como ella. Cuando su profesor del colegio la golpeó delante de toda la clase por decir que quería ser escritora, aguantó el dolor en silencio y se comprometió más que nunca a hacer realidad su sueño.

Años después, en Reino Unido, cuando su marido quemó el manuscrito de su primera novela, de nuevo se convenció a sí misma en silencio de que encontraría otra manera. Lo sorprendió con la separación, y tuvo que ocuparse ella sola de sacar adelante a sus cinco hijos (de los que yo era el segundo mayor), mientras estudiaba por la noches en la Universidad de Sociología y por la mañana trabajaba de bibliotecaria en el British Museum.

Muchos escritores escriben porque tienen que hacerlo. Buchi era una escritora compulsiva. Una vez admitió, medio bromeando, que la escritura era lo que la mantenía cuerda y que junto con el amor de sus hijos era lo que la hacía levantarse por las mañanas. Escribía manuscritos completos a mano antes de transcribirlos a máquina y apenas acababa una novela cuando ya estaba comenzando un nuevo texto, lanzando ideas en la mesa de la cocina, que era donde escribía – una actividad para nosotros tan cotidiana, como hijos suyos, como sus canciones, las cenas que preparaba o las historias que nos contaba.

Yo me recuerdo muy pobre de niño, allá por finales de los 60, viviendo en diferentes tugurios de una o dos habitaciones y más tarde en viviendas sociales. En la mitad de mi adolescencia me di cuenta de que de algún modo nos habíamos acomodado y pertenecíamos a la clase media. Nos podíamos permitir las vacaciones e incluso un coche – un Austin 1100 rojo, en frente del cual recuerdo a mi madre posar con su toga negra y su birrete para las fotos de su graduación, que mandaría a Ibusa para hacer saber a su gente de allí que había “llegado”.

Estos cambios se reflejaron en la producción literaria, a menudo autobiográfica, de Buchi, desde In The Ditch (“En la cuneta”), su novedosa novela, que trataba de una madre soltera negra luchando para sobrevivir en Inglaterra contra un ambiente de miseria casi dickensiano; Second-Class Citizen (“Ciudadano de segunda clase”), que se centraba directamente en temas como la raza, la pobreza o el género; hasta Gwendolyn y The New Tribe (“La nueva Tribu”).

Sin embargo, su principal fuente de inspiración era África y en particular los pueblos de Ibusa en Nigeria oriental, de donde venía su familia. Aunque ella pasó un periodo relativamente corto de su infancia allí, los pueblos y las historias que escuchaba cuando iba con su madre le dejaron una marca permanente a la joven e impresionable niña y se convirtieron en el imán de todo lo que escribía. En The Slave Girl (“La chica esclava”), The Bride Price y la titulada irónicamente The Joy of Motherhood, plasman de manera conmovedora, evocando en cierto modo a su coetáneo Chinua Achebe, la desaparición de la cultura Igbo en el proceso de transición a la modernidad.

El éxito alagaba a Buchi, pero también la confundía y le molestaba. Una feminista en todos los aspectos, decía y hacía, su feminismo estaba profundamente arraigado en su identidad como mujer africana con valores africanos, y su discurso político no siempre coincidía con la retórica de sus hermanas en los 70 en Reino Unido y Estados Unidos. Escribir era su vocación, pero también su trabajo, una manera de alimentar a su familia y de mantener a los lobos lejos de la puerta. Siempre mirando por su familia, volvía de aquellas conferencias lejanas y se tiraba delante de la tele con un suspiro de alivio porque había vuelto a casa.

La misma cantinela a lo largo de mi infancia sobre que volvería a Ibusa – un lugar que adquirió un significado casi místico para nuestra familia. Planificó volver durante muchos años, incluso construyó una casa en el pueblo mientras trabajaba de profesora en la Universidad de Calabar – una experiencia que inspiró la base de la novela Double Yoke (“Yugo Doble”). Pero con tantos años vividos en el Reino Unido, se le hacía cada vez más duro adaptarse a la vida en la Nigeria Moderna. Le parecía que hasta Ibusa, en su larga ausencia, se había transformado en una pequeña ciudad y una aglomeración de personas que ya apenas reconocía.

La muerte de sus dos hijas le afectó en los años venideros, yo sentía que ya no volvería a ser la misma ni como persona ni como escritora. A medida que entraba en la mediana edad, perecía que las fuerzas la iban abandonando y su pasión por la escritura, que la había motivado durante tanto tiempo, se convirtió en una sombra de su duelo personal. Mi pesadumbre era que Buchi no comprendiera lo mucho que la querían y la apreciaban sus lectores, no solo en África continental, sino en todo el mundo. Muchas veces, también he tenido la sensación de que al vivir siempre una vida improvisada basada en gran medida en la supervivencia, ella misma no se permitía disfrutar realmente de los frutos de su éxito. Unas semanas antes de recibir su OBE , sufrió un fuerte derrame cerebral que no le permitía salir de casa, y la volvió cada vez más incapacitada e imposibilitada para trabajar o escribir.
Aunque al final de sus días, la enfermedad le robó la habilidad de jugar con las palabras, la cruel belleza de la demencia le permitió refugiarse una vez más en su imaginación y volver a Ibusa, a su manera. Volvía allí con nosotros y luego sola, los paisajes de sus primeros años, poblados con personajes y con historias sobre las que ya no sería capaz de volver a escribir.

Sylvester Onwordi

Fuente: African Arguments

[Traducción, Marta Sánchez Capel]

[Fundación Sur]


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