Lo que importa hoy es ante todo “tener para gozar”.
Nos sorprende la propagación de mentiras y la justificación de decisiones convenientes y hasta violentas, esperando que estas falacias repetidas parezcan verdades. Desde los años sesenta, la humanidad inició un cambio de época: de la modernidad, a lo que hoy llamamos, la posmodernidad o la posverdad.
Frente a la realidad social, no caben populismos. Dos guerras mundiales, el fracaso de los sistemas políticos y económicos para erradicar la inequidad, la injusticia social y la pobreza, sacrificaron la libertad, la paz justa y la igualdad humanas. Además, el progreso técnico-científico ha fracasado en la solución de los más importantes problemas humanos y sociales, provocando un profundo desánimo hacia el futuro.
Ante esta apatía hacia el bien común, muchos buscan refugio en todo lo individual y personal, con el consecuente rechazo a todo lo estructurado e institucional. Lo que importa hoy para muchos es gozar y para ello es necesario tener más.
Nadie desconoce que hoy el oficio y ejercicio de la política – siendo el más importante de todos en la tarea de liderazgo y construcción social – es, también, uno de los más desprestigiados de todos. Especialmente porque los políticos se han dedicado a la búsqueda de bienes personales y partidistas y se olvidaron de la búsqueda del bien común.
La gobernanza y la responsabilidad social no se llevan bien, como tampoco lo hacen la verdad y la política. Hoy muchos gobernantes construyen sus verdades y hasta justifican su abuso de poder, recursos y corrupción con demagogia y populismo, para intentar justificar incluso las guerras e invasiones de otros países.
Hay populismos y populistas en todos los ámbitos de la vida en sociedad: entre los políticos de derecha, centro o izquierda, entre los guías religiosos, entre los dirigentes, empresarios, docentes y padres de familia, etc. Muchas sociedades del mundo ya están siendo dirigidas por populistas y deshonestos, temerosos de descubrir y de anunciar la verdad, muy inclinados a la adulación y a la complicidad.
El populismo tiene como cabezas a “líderes” carismáticos, capaces de conectar con las emociones, prejuicios, resentimientos de algunos grupos; con discursos que apelan a la polarización, el nacionalismo, la división social, pero nunca a la convivencia pacífica, al consenso y a la acogida de inmigrantes.
Nos corresponde a todos elegir entre la verdad o la mentira, entre la autoridad representativa o la dictadura, entre la unidad o el antagonismo, entre el bien de todos o el beneficio y aprovechamiento de unos pocos, entre la razón y el sentido común o la locura.
Lázaro Bustince
CIDAF-UCM