En un artículo titulado La crisis de África y Oriente Medio: mejor preparadas, pero sin protección, publicado por el Instituto de Estudios de Seguridad (ISS), Ronak Gopaldas, consultor de ISS y director de Signal Risk, y Menzi Ndhlovu, analista sénior de riesgo político y de país de Signal Risk, analizan el impacto de una nueva crisis en Oriente Medio sobre las economías africanas, destacando que se trata de la tercera gran perturbación externa en menos de una década, tras la pandemia de COVID-19 y el conflicto ruso-ucraniano. Estas crisis recurrentes evidencian vulnerabilidades estructurales en el continente, que tiende a verse fuertemente afectado por shocks externos.
Aunque muchas economías africanas habían comenzado a recuperarse —reconstruyendo reservas, mejorando perfiles de deuda y aplicando políticas para controlar la inflación—, siguen siendo frágiles. La actual crisis amenaza con frenar esta recuperación, especialmente por el encarecimiento del combustible, los fertilizantes y los alimentos, lo que incrementa la inflación y afecta tanto al crecimiento económico como a la estabilidad social.
El impacto se transmite a través de depreciaciones monetarias, aumento de costos de importación, interrupciones en las cadenas de suministro y una desaceleración general de la actividad económica. Además, los bancos centrales han tenido que frenar la reducción de tasas de interés ante el repunte inflacionario.
La capacidad de respuesta varía entre países. Algunos, como Kenia y Nigeria, presentan mejores condiciones gracias a reformas económicas y mayores reservas, mientras que otros, como Senegal o Mozambique, siguen siendo más vulnerables debido a su dependencia de importaciones y limitado acceso a financiamiento externo.
Los gobiernos enfrentan dilemas complejos: endurecer la política monetaria puede afectar el crecimiento, mientras que aumentar subsidios compromete la sostenibilidad fiscal. La inacción, por su parte, podría derivar en tensiones sociales, agravadas por el alza de precios de bienes básicos.
Aunque existen oportunidades —como mayores ingresos para exportadores de materias primas o el desarrollo de sectores logísticos y energéticos—, estas dependen de la capacidad de ejecución, históricamente limitada en la región.
En el corto plazo, se prevé un escenario de bajo crecimiento, alta inflación y condiciones financieras restrictivas. A largo plazo, el texto subraya la necesidad de fortalecer la resiliencia mediante inversiones en seguridad energética, integración regional y desarrollo de sistemas financieros más sólidos, con el fin de mejorar la capacidad del continente para absorber las futuras crisis externas.
Fuente: Ronak Gopaldas y Menzi Ndhlovu – Institute for Security Studies (ISS)
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