Efectos del calor extremo en los sistemas alimentarios (parte III/III)

9/09/2026 | Crónicas y reportajes

El calor extremo como multiplicador de riesgos climáticos

Un aspecto clave del informe FAO-OMM es la idea de que el calor extremo no actúa solo, sino que potencia otros peligros climáticos. El incremento de temperatura acelera la evaporación, agrava el déficit hídrico y hace que las sequías se desarrollen con mucha más rapidez, dando lugar a lo que se denomina “sequías repentinas”. Estos episodios pueden pasar, en pocas semanas, de una situación aparentemente normal a un estrés hídrico severo, con muy poco margen de reacción para agricultores y gestores del agua.

Al mismo tiempo, la combinación de calor y sequedad prepara el terreno para incendios forestales mucho más intensos y difíciles de controlar. Las llamas avanzan más deprisa, alcanzan mayores alturas y generan un calor capaz de destruir por completo el banco de semillas y la vida del suelo, dificultando la regeneración natural de la vegetación.

El calor extremo también crea condiciones óptimas para la proliferación de plagas y enfermedades en cultivos y ganado. Insectos que antes no superaban el invierno ahora logran sobrevivir a la estación fría, expandiendo su área de distribución. Lo mismo ocurre con hongos y bacterias que causan enfermedades en plantas, animales y personas. Este cóctel implica que una ola de calor puede ir seguida de brotes de plagas o enfermedades que agravan todavía más la situación económica y sanitaria.

Desde la perspectiva de la seguridad alimentaria, todo ello configura un escenario de riesgo compuesto: menos producción agrícola y ganadera, recursos pesqueros desplazados o mermados, bosques reducidos y degradados, y comunidades rurales expuestas simultáneamente a crisis climáticas, económicas y sanitarias.

Adaptación urgente: innovación, gestión del riesgo y sistemas de alerta

Frente a este panorama, el informe insiste en que es imprescindible acelerar las medidas de adaptación al calor extremo en todos los niveles. Una de las primeras líneas de acción consiste en ajustar qué se produce y cómo se produce en cada región, adaptando cultivos, razas ganaderas y sistemas de manejo a las nuevas condiciones climáticas.

Entre las estrategias señaladas se encuentran la selección genética y la elección de variedades y especies más tolerantes al calor y a la sequía, la modificación de los calendarios de siembra para evitar las fases más sensibles de los cultivos durante las olas de calor, y la introducción de prácticas de gestión que protejan el suelo y mejoren su capacidad de retener agua, como las cubiertas vegetales, la agroforestería o la reducción del laboreo intensivo.

La modernización de los sistemas de riego es otra pieza clave. En un contexto de escasez hídrica, se vuelve imprescindible incrementar la eficiencia en el uso del agua mediante tecnologías de riego localizado, sensores de humedad del suelo, programación ajustada a las necesidades reales del cultivo y, en general, una gestión más precisa y flexible del recurso.

Los sistemas de alerta temprana y los servicios climáticos figuran entre las herramientas más potentes para reducir el impacto del calor extremo. Las previsiones estacionales, los pronósticos meteorológicos de alta resolución y los avisos mediante telefonía móvil o canales locales permiten a los agricultores y ganaderos anticipar las olas de calor, reorganizar labores, proteger animales, ajustar riegos y, en algunos casos, evitar pérdidas catastróficas.

Los expertos insisten en que estas soluciones tecnológicas solo serán efectivas si se integran en programas de apoyo financiero y protección social. Transferencias monetarias, seguros agrícolas y ganaderos adaptados al riesgo climático, mecanismos de pago rápido tras eventos extremos y redes de seguridad social capaces de responder a crisis son esenciales para que las familias rurales puedan tomar decisiones de adaptación sin arriesgar su supervivencia inmediata.

Cambiar el modelo: sistemas alimentarios diversificados y sostenibles

Más allá de las medidas técnicas puntuales, la FAO, la OMM y numerosos expertos apuntan a la necesidad de transformar de fondo el modelo agroalimentario. Los sistemas altamente industrializados, basados en unos pocos cultivos y en insumos especializados, se consideran especialmente vulnerables frente a eventos extremos. Cualquier fallo en una pieza clave (un cultivo dominante, un fertilizante, un determinado origen de pienso) puede desencadenar una cadena de impactos en cascada.

En contraposición, aumenta el interés por modelos agrícolas más diversos, integrados en el entorno y con mayor capacidad de resistencia a las crisis. Esto incluye la recuperación de prácticas tradicionales como el uso de árboles en los sistemas de cultivo (agroforestería), la rotación de cultivos, la diversificación de variedades locales adaptadas y el fomento de paisajes mosaico que combinan distintos usos del suelo.

Este cambio no solo persigue mejorar la resiliencia física frente al calor extremo, sino también reforzar la economía y la salud de las comunidades rurales. Una agricultura más sostenible, que use menos insumos externos y esté mejor conectada con los ecosistemas circundantes, puede ofrecer una mayor estabilidad económica a largo plazo, al depender menos de productos vulnerables a interrupciones globales o a subidas de precios.

Por supuesto, no se trata de una transición sencilla. Hacen falta reformas institucionales y políticas profundas para acompañar a los territorios rurales: marcos legales que apoyen la diversificación, incentivos económicos para prácticas sostenibles, inversiones en infraestructuras verdes, investigación aplicada y formación continua para agricultores y ganaderos. También se requiere la implicación seria de las grandes empresas agroalimentarias, que tienen una enorme capacidad de influencia sobre qué se produce, cómo y dónde.

Los informes coinciden en que proteger el futuro de la agricultura y garantizar la seguridad alimentaria mundial exigirá reforzar la resiliencia en las explotaciones y, al mismo tiempo, construir una verdadera solidaridad internacional. Compartir riesgos, transferir tecnologías, financiar la adaptación en los países con menos recursos y avanzar con determinación hacia una economía con bajas emisiones se convierten en condiciones indispensables para evitar un colapso alimentario a escala global.

El calor extremo está redefiniendo las reglas del juego para plantas, animales, peces, bosques y seres humanos, poniendo a prueba la forma en que producimos y distribuimos los alimentos; la única manera razonable de encarar este desafío pasa por combinar adaptación inteligente sobre el terreno, sistemas de alerta y apoyo financiero con una transformación profunda de los sistemas agroalimentarios y una reducción ambiciosa de las emisiones que frene el calentamiento global antes de que las pérdidas sean irreversibles.

anavarro

Fuente: Meteorología en Red

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