Diego Sarrió, obispo de Laghouat, reflexiona sobre la reciente visita de León XIV

25/05/2026 | Documentos R+JPIC, Opinión

 

El obispo de Laghouat, Diego Sarrió Cucarella, misionero español de los Misioneros de África (Padres Blancos) y expresidente del Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islamología (PISAI), del 2017 al 2024, ha publicado su primera carta pastoral en la que reflexiona sobre las palabras del papa León XIV pronunciadas en Argelia recientemente.

«En lo que respecta al tema del desierto, este nace ante todo de la experiencia concreta de nuestra Iglesia local. En el sur de Argelia el desierto no es solo una realidad geográfica: es una escuela espiritual y humana», confía el obispo a la Agencia Fides. Y añade: «El desierto nos recuerda nuestra fragilidad, la necesidad de los demás y la necesidad de Dios. Nos enseña la sobriedad, lo esencial, la paciencia y una fraternidad concreta». El otro elemento decisivo es la visita del Papa. «He querido publicar esta carta precisamente ahora porque la visita del Santo Padre ha sido para nosotros una gracia y una luz», afirma el obispo, señalando que sus palabras han ayudado a la comunidad a releer «más profundamente nuestra vocación de pequeña Iglesia presente en medio de un pueblo mayoritariamente musulmán». Añade que la visita también ha tenido un significado relevante para la sociedad argelina, «que ha percibido en los gestos y palabras del Pontífice un respeto sincero por la historia, la identidad religiosa y la dignidad del pueblo. Sus llamados a la paz, la fraternidad y el diálogo han encontrado eco en un país todavía marcado por la memoria de conflictos pasados» prosigue. «Esperamos además que el clima de confianza y respeto mutuo, reforzado por esta visita, pueda favorecer con el tiempo una evolución positiva de algunos aspectos administrativos y jurídicos que afectan la vida de la Iglesia católica en el país, siempre en el espíritu del diálogo y del bien común», añade.

Uno de los frutos más valiosos ha sido, según el obispo, la visibilización de ese “diálogo de la vida” que se vive cotidianamente: relaciones de amistad, hospitalidad recíproca, cercanía humana y respeto entre cristianos y musulmanes.

«Así, el desierto no nos empobrece: nos recentra. No nos encierra: nos abre a lo esencial», prosigue Diego Sarrió Cucarella. El desierto adquiere también rasgos muy concretos: el obispo recuerda el drama de los migrantes que atraviesan el Sahara, subrayando que este, como el Mediterráneo, no debe convertirse nunca en un lugar donde la esperanza se apaga o la vida humana es olvidada.

En este contexto, Charles de Foucauld aparece como figura central de esta «escuela del desierto». De él el obispo destaca sobre todo el estilo: «Lo que impacta de su camino no es ante todo lo que hizo, sino el modo en que eligió vivir. No vino con proyectos visibles o ambiciones humanas. Eligió simplemente habitar este país, compartir la vida de quienes le rodeaban y permanecer ante Dios en una fidelidad humilde y cotidiana».

«El incienso difunde su perfume solo consumiéndose», lo cual se convierte en metáfora de la fidelidad en las cosas simples y repetitivas, de la paciencia en las relaciones, de la perseverancia en las dificultades y del don de sí sin reconocimiento. Más que una teología general de la minoría, El obispo de Laghouat propone una teología de la relación y la sencillez, de la autenticidad de la vida cristiana, que configura un estilo concreto de vida eclesial: pequeño pero no encerrado en sí mismo, frágil pero no temeroso, contemplativo pero no desencarnado, fraterno sin ambiciones de conquista.

ML

Fuente: Agencia Fides

[CIDAF-UCM]

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