
Mirando la situación real de nuestro mundo podemos observar gestos y compromisos por la justicia y por la paz. Al mismo tiempo vemos oscuros nubarrones de odio y de violencia brutal, que destruyen vidas humanas como si no tuvieran valor.
Nuestras sociedades se deben convertir en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y comprometidos para contribuir a edificar la civilización del respeto y cuidado mutuos. Es necesario mantener despiertos el hambre y la sed de justicia, sustrayéndolos de la resignación, educarlos para que se conviertan en responsabilidad hacia el prójimo.
Cuando las necesidades compulsivas del ser humano por un mayor poder social y económico, por una mayor necesidad de protagonismo y por una ilimitada ambición de mayores posesiones se radicalizan, entonces se puede llegar a palabras y comportamientos que son destructivos, corruptos y hasta crueles hacia los demás. Entonces llegamos a una confrontación más o menos violenta y cruel entre varias sociedades y pueblos.
Esta ambición y arrogancia de muchos gobernantes de la actualidad, tanto en el hemisferio norte como en el hemisferio sur, nos solamente está destruyendo los recursos abundantes de nuestro planeta, sino que sigue masacrando las vidas de millones de personas, sobre todo de mujeres y menores, en África, Oriente Medio y en el hemisferio norte. Ya no hablamos solamente de genocidios, sino de una gradual deshumanización sin precedentes.
Si este odio, opresión y violencia brutal sigue aumentando, es todo causado por mentes y manos humanas. No podemos culpar a nadie, pues los responsables somos las personas de hoy por no saber usar responsablemente nuestra libertad y poner nuestros recursos al servicio de la dignidad humana y del bien común.
Si somos capaces de ser injustos y crueles, mucho más capaces somos de obrar con justicia, respeto mutuo y solidaridad. Estamos creados para amar y convivir como una gran familia humana.
Debemos respetar y promover los valores humanos y universales, que llevamos gravados en nuestro ser más profundo. Las sociedades humanas que saben convivir según esos valores humanos son una maravillosa realidad, como la hemos conocido en nuestros pueblos nativos de España, entre los pueblos africanos como Uganda y en los países asiáticos como Japón.
La calidad de la vida y de la convivencia humana no depende principalmente, de la cantidad de bienes, ni del poder social ni de la tecnología digital, ni de la IA, sino del respeto y seguimiento de la ciencia y de los valores humanos universales.
