Comunicado de CORED sobre la muerte del vicario general de la Archidiócesis de Malabo

21/04/2026 | Opinión

Hay países donde la historia avanza. Y hay otros donde la historia se repite como una condena. Guinea Ecuatorial, tras 46 años bajo el poder de Teodoro Obiang Nguema, parece atrapada en un ciclo oscuro de denuncias, miedo y violencia política que se resiste a desaparecer.

La reciente muerte del vicario General del obispado de Malabo no puede entenderse como un hecho aislado. Para amplios sectores de la oposición y de la diáspora ecuatoguineana, este tipo de acontecimientos encajan en un patrón que llevan décadas denunciando: la eliminación de voces influyentes en momentos estratégicos, rodeados de opacidad y sin investigaciones independientes que disipen las dudas.

No es una acusación que surja del vacío. Es el resultado acumulado de años de sospechas, de relatos que se repiten, de nombres que nunca encontraron justicia. Casos como los de Eloy Elo Nve o Bonifacio Ngema Esono siguen presentes en la memoria colectiva como heridas abiertas. Cada nuevo episodio refuerza una percepción profundamente arraigada: que el poder en Guinea Ecuatorial no solo se ejerce, sino que también se impone mediante el miedo.

Pero este último hecho introduce un elemento aún más perturbador. La indignación crece entre los fieles y sectores críticos que consideran que la Iglesia ha sido golpeada de manera directa. La figura del Santo Padre el Papa Pío XIV, es invocada como testigo moral de una situación que, según denuncian, ya no puede seguir ignorándose.

Para estos sectores, lo ocurrido no solo representa un crimen que exige esclarecimiento, sino una afrenta que se produce prácticamente ante la mirada de la máxima autoridad de la Iglesia. La expectativa es clara: se espera un pronunciamiento firme, inequívoco, a la altura de la gravedad de los hechos y del sufrimiento acumulado de una población que durante décadas ha denunciado abusos sin encontrar eco suficiente en la comunidad internacional.

La controversia se intensifica por el hecho de que, según estas voces críticas, las más altas autoridades del país —incluido el propio jefe de Estado— continúan presentes en escenarios de legitimidad internacional y cercanía institucional. Este contraste, entre denuncias persistentes y reconocimiento exterior, alimenta aún más la frustración de quienes reclaman justicia.

La CORED, en este contexto, eleva el tono de su exigencia: pide no solo el esclarecimiento inmediato de este caso, sino también acciones concretas y contundentes que rompan con lo que consideran un ciclo de impunidad. Su llamado a la población

creyente y a la Iglesia universal es directo: no permanecer en silencio ante lo que describen como décadas de represión, intimidación, secuestros y violencia política.

El problema no es únicamente lo que ocurre, sino lo que no ocurre después: no hay transparencia, no hay rendición de cuentas, no hay investigaciones creíbles. En ese vacío, crece la desconfianza y se consolida la idea de un sistema que opera sin consecuencias.

El régimen podrá rechazar estas acusaciones. Podrá calificarlas de infundadas. Pero lo que no puede ignorar es la persistencia de las mismas denuncias durante casi medio siglo.

Cuando una narrativa de abuso atraviesa generaciones enteras, deja de ser una simple consigna política para convertirse en una crisis profunda que exige atención urgente.

Guinea Ecuatorial no necesita más silencios diplomáticos ni gestos simbólicos vacíos. Necesita verdad. Necesita justicia. Y hoy, más que nunca, una parte importante de su población mira hacia Roma esperando una palabra clara, firme y valiente.

En este contexto, la llamada de la CORED a la movilización de la población creyente, una manifestación pública ante el santo padre para decir al papa que todo el exceso perjudica. Y también decirle y demostrarle que, en este país no hay ninguna familia

que no ha sacado lagrimas con este régimen, no es un gesto simbólico menor, es una forma de hacer que él papa sepa la realidad y que tenga la verdad a primera mano. Es un intento de romper el silencio, de internacionalizar una situación que, durante demasiado tiempo, ha permanecido en la sombra. Llevar esta denuncia incluso ante el Papa representa un acto de desesperación, pero también de resistencia: la búsqueda de una autoridad moral que escuche cuando las instituciones nacionales no responden.

¡Esta vez la valentía del pueblo y su unidad debe manifestarse ya!

El régimen podrá negar estas acusaciones. Podrá descalificarlas. Pero lo que no puede borrar es la persistencia de las mismas denuncias durante casi medio siglo. Cuando una misma narrativa de abuso, represión y miedo atraviesa generaciones, deja de ser un

simple discurso político para convertirse en un problema estructural que exige atención urgente.

La Directiva Gestora de CORED

CORED

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