El título de este número –El islam en España– puede sorprender a los lectores. El tema parece que no encaja con la orientación de Africana. Los vínculos, sin embargo, son extremadamente vigorosos. A nuestra mente aflora inmediatamente el legado religioso, cultural y científico que nos dejaron ocho siglos de permanencia en nuestra península. Salma Kalil al Aazzaoui, de origen marroquí, nos lo recuerda y reivindica con merecido orgullo en el informe.
La toma de Granada por los Reyes Católicos no fue, sin embargo, el final de las relaciones entre España y el mundo musulmán. Los vínculos comerciales, militares, coloniales y migratorios continuaron. Luego, como señala la autora del informe, «En la década de 1990 comenzó a darse en nuestro país un importante desarrollo económico que se tradujo en una demanda de mano de obra extranjera. La mejora del mercado laboral animó a muchas personas procedentes del Mediterráneo sur, especialmente Marruecos, a emprender su proyecto migratorio».
Sería un error interpretar la presencia de los musulmanes como una nueva conquista del islam. Se trata, más bien, de un largo y exigente proceso de diálogo entre el Gobierno español y los representantes de la comunidad musulmana: respeto mutuo, búsqueda del bien común e igualdad de todos, como ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones.
Este proceso no está exento de dificultades; requiere mucha sensibilidad. Su evolución actual apunta a cambios esperanzadores, según el informe: «En definitiva, el conjunto de estas acciones parece apuntar hacia la gestación de un islam español arraigado y propio, una realidad emergente que, lejos de ser importada, busca dar respuesta a las demandas específicas de la comunidad musulmana en España y consolidar un modelo de convivencia plenamente integrado en el marco democrático. El devenir de los próximos años nos dirá cómo progresan estas iniciativas, así como la capacidad de las instituciones para dar respuesta a una ciudadanía que reclama, con madurez y rigor, su espacio de interlocución».
Lo mismo con otras palabras nos lo decía el papa Francisco: «Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos».
Agustín Arteche Gorostegui
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