En 2024 en España, con casi 50 millones de habitantes y unos 37 millones de vehículos (ciclomotores incluidos) hubo 3’7 muertes en accidentes viales por cada cien mil habitantes. En Ghana, 35 millones de habitantes y poco más de 4 millones de vehículos, los fallecidos fueron 8’5 por cien mil. Velocidad excesiva, alcohol, vehículos en mal estado y carreteras mal mantenidas serían, según un informe de la Autoridad Nacional de Seguridad Vial de Ghana (NRSA) de enero de este año, las principales causas de accidentes. Por eso no me extrañó leer en un artículo de la BBC del pasado 3 de octubre, cómo en Neoplan, la estación de autobuses de Accra, la capital, cada mañana, antes de que se intensifique el tráfico, “entre tambores y bailes, Boateng Bismark James lidera a 13 fieles, nueve hombres y cuatro mujeres, en oración por los conductores y pasajeros que viajan a destinos por toda Ghana”. Al fin y al cabo, los ghaneses son profunda y aparatosamente religiosos. Ghana es un estado laico cuya constitución garantiza la libertad de religión y culto. Y el 71 % de la población se declara cristiano, casi el 20 % musulmán, y las religiones tradicionales Akan y Dagbon ocupan el resto. Y entre los cristianos, los pentecostales y carismáticos, los más propensos a manifestar ruidosamente su fe, son los más numerosos (32 % de la población).
Lo que sí llama la atención es observar a pastores evangélicos que predican en los autobuses de larga distancia, leen la Biblia y, a pleno pulmón, llaman a los pecadores a arrepentirse. “No se detienen, aunque el viaje dure varias horas”, indicaba el comentarista de la BBC. Esa predicación ofrece a los pastores acceso a personas que tal vez no frecuentan las iglesias, pero también plantea cuestiones sobre la libertad de los pasajeros (que no pueden bajarse del autobús en marcha), la recaudación de fondos que a menudo se lleva a cabo, y el lugar del cristianismo en la vida urbana cotidiana.
A comienzos de octubre, el Ghana’s Road Traffic Regulations prohibió predicar y vender en vehículos públicos o comerciales mientras están en movimiento. “Por qué predicar en trotros [nombre popular de los minibuses] en movimiento puede acarrear ocho meses de cárcel”, publicó el Myjoyonline.com el 5 de octubre. John Ntim Fordjour, pastor y diputado ghanés, desafió públicamente las restricciones. El presidente de Ghana, John Dramani Mahama, tuvo que explicar que la prohibición se aplicaba sólo cuando el vehículo estaba en marcha, y que lo que preocupaba al gobierno era el confort de los pasajeros y que el conductor no se distrajera. Hubo más reacciones. El sitio ghanaweb.com publicó: “¡Que me detengan! -Nigel Gaisie [profeta famoso, fundador de la Prophetic Hill Chapel en Accra], promete desafiar la prohibición de predicar en los autobuses”. Ante las presiones, el gobierno suspendió el 9 de octubre la implementación de las medidas, precisando que la aplicación administrativa requeriría una confirmación oficial adicional. Y los usuarios del transporte están claramente divididos entre quienes aprecian las intervenciones de los predicadores, y quienes no quieren tener que escuchar por la fuerza ni ser coaccionados a dar dinero al predicador de turno. En los buses de Ghana, apenas si hay algún que otro predicador musulmán. Pero el Citi Newsroom publicó el 2 de septiembre que el Dr. Sheikh Amin Bonsu, presidente nacional de la Misión Musulmana de Ghana, se había referido explícitamente a la predicación musulmana en trotros, mercados y en autobuses de largo recorrido. La Sharia alienta la invitación pacífica y sabia al Islam (Da’wah), basada en el versículo coránico: «Invita al camino de tu Señor con sabiduría y predicación justa» (Surah An-Nahl, 16:125). Y la jurisprudencia islámica pone un fuerte énfasis en no causar daño, angustia o intrusiones no deseadas (darar o adha) a otros. En su intervención Dr. Sheikh Amin Bonsu alabó la predicación serena y pacífica en mezquitas. Y advirtió que los mensajes provocadores fuera de ella podrían crear tensiones entre musulmanes y cristianos.
La predicación en los autobuses se da también en Nigeria, Kenia y Uganda. Ya en marzo de 2008, un informe del periódico ugandés New Vision, “Su Iglesia es un autobús en marcha”, describía a un predicador, Moses Muhindo, conocido como «Chico Milagro», que en los autobuses de Kampala a Bundibugyo (378km en la frontera con RDC) predicaba y rezaba por los pasajeros, invitándolos a convertirse. A veces, los pasajeros le daban dinero a cambio de su ministerio. No es de extrañar que fenómenos parecidos se den en Nigeria, en donde Burabari Sunday Deezia y Grace Lawrebce-Hart, de la Facultad de Humanidades de la Universidad Ignatius Ajuru de Port Harcourt han publicado en 2025 un estudio sobre las dimensiones éticas y económicas de la predicación en el transporte público: “La búsqueda del alma y el sustento: una evaluación filosófica de la evangelización del transporte público en Port Harcour”.
Más visceral fue, según relataba el 4 de octubre de 2022 en el Citizen de Nairobi, la reacción de algunos viajeros kenianos. Philip Mugisu viajaba de Nairobi a Roysambu. Intentó ignorar al predicador, pero era demasiado ruidoso. «Quise silenciarle, pero dijo que estaba poseído y que necesitaba oraciones. Tuve que descender antes de llegar a mi destino. Esta gente, hay que pararla”. Devi wa Kibera, usuario habitual de matatu (minibús en swahili coloquial), dice que se ha encontrado con muchos predicadores y, según él, su principal objetivo es conseguir dinero de los pasajeros. “Son ladrones, solo buscan nuestro dinero. Su intención no es solo darnos un «sermón», quieren dinero en forma de diezmos. Si quieren predicar, deberían abrir iglesias. Hawa watu watolewe kwa magari zetu (Tienen que sacarlos de nuestros autobuses)”
J. Ramón Echeverría
CIDAF-UCM

