Ponerle puertas al desierto, por Lázaro Bustince

3/06/2026 | Bitácora africana, Crónicas y reportajes

 

Casi una decena de naciones del continente africano se unió para impedir que el desierto avance sobre las regiones del sur. La tala indiscriminada de los bosques y selvas en el mundo provoca un ciclo de mayor aumento de las temperaturas y degradación del suelo, que permite la extensión de los desiertos y zonas áridas más allá de sus límites. Más de 135 millones de personas en el Sahel dependen de tierras degradadas para sobrevivir y enfrentan inseguridad alimentaria y migración forzada (ONU). Para impedir que esto suceda 11 países se unieron para construir una muralla natural de 8000 km repleta de árboles que va desde Senegal hasta Yibuti.

El proyecto se llama Gran Muralla Verde y lleva activo desde 2007, pero en los últimos tres años ha multiplicado su ritmo de ejecución tras recibir 14.300 millones de dólares comprometidos por la Unión Europea, el Banco Mundial y la Unión Africana en la cumbre de París de 2021.

En su etapa inicial, se presentó la Gran Muralla Verde como un escudo contra la desertificación y una fuente de resiliencia climática en una región donde las temperaturas aumentan más rápido que en cualquier otro lugar del planeta. Las metas eran ambiciosas: capturar 250 millones de toneladas de carbono y generar 10 millones de empleos verdes para 2030, según la ONU, restaurar tierras, brindar seguridad alimentaria, generar empleo y mantener la habitabilidad en una zona donde el aumento de temperaturas y la degradación del suelo amenazan con desplazar a 250 millones de personas en diez años. Sin embargo, la realidad en el terreno muestra una historia más compleja. Hasta la fecha, solo un 18 % del proyecto ha sido completado y, pese a los fondos invertidos, gran parte del muro proyectado continúa siendo árido y estéril. La desertificación avanza entre 45 y 60 centímetros por año, impulsando la inseguridad alimentaria y la migración.

Esta desertificación, incluso en regiones del norte de Uganda, como Karamoja, y de Kenia, como Turcana, sigue avanzando porque algunos pueblos, solo piensan en cortar árboles para cocinar, sin jamás plantar otros para remplazarlos. Yo he visto como durante los años 2000 y 2005, el monte de Moroto, lleno de árboles nativos, se iba quedando árido.

El proyecto prosperó durante un tiempo, pero la sequía, las averías técnicas y la falta de mantenimiento hicieron que el agua se agotara. Los cultivos se marchitaron y el campo volvió a convertirse en desierto. La mayor parte de los árboles plantados en la gran muralla verde, no sobrevivió. La falta de agua, la escasa participación local y la selección de especies inadecuadas provocaron que el muro verde nunca llegara a consolidarse. La Gran Muralla Verde de África, muestra un 18 % de avance en 2023, enfrentando desafíos de financiación y coordinación pese a ejemplos de éxito local. Dennis Garrity, el exdirector del Centro Mundial de Agroforestería, declaró que “científicamente, fue una idea desastrosa”. Numerosos estudios ya habían advertido que las plantaciones a gran escala en zonas áridas suelen acabar en “fracasos absolutamente desastrosos”.

En Chad la recuperación de los oasis con bombas solares permitió a 300 agricultores prosperar, aunque la sostenibilidad depende de una inversión constante (ONU). La granja de Barkadroussou, en Chad, muestran el potencial transformador de la iniciativa cuando las comunidades participan y se adaptan las soluciones al contexto local.

Senegal destaca como uno de los países impulsores y referentes del proyecto. Desde 2007, las autoridades afirman haber restaurado 850.000 hectáreas, aunque los resultados ecológicos y sociales son más modestos de lo esperado.

La complejidad política de la región también dificultó la continuidad del proyecto. El Sahel es conocido como el “Cinturón de Golpes de Estado” y varios países sufrieron inestabilidad e insurrecciones que relegaron a segundo plano las prioridades medioambientales.

La visión de la Gran Muralla Verde se transformó en los últimos años. Pasó de un enfoque literal de plantar árboles a una perspectiva más amplia, orientada a restaurar tierras degradadas y fortalecer la resiliencia y participación local. Las experiencias exitosas muestran que la participación comunitaria, la adaptación a las condiciones locales y la diversificación de estrategias —como la protección de árboles nativos y el uso de técnicas tradicionales de conservación— son más efectivas que la simple plantación masiva.

“Hay motivos para la esperanza”, sostienen algunos líderes regionales, pero la solución efectiva y sostenible para frenar el avance del desierto y asegurar el futuro de millones de personas depende de la continuidad de la inversión, la innovación y el compromiso real de todos los actores implicados.

Lázaro Bustince

CIDAF-UCM

Autor

  • Nacido en Izco (Navarra), en 1942, estudió filosofía en Pamplona (1961-1964). Hizo el noviciado en Gap – Grenoble (1964-1965), con los Misioneros de África (Padres Blancos). Estudió Teología en el instituto M.I.L. de Londres, (1965-1969), siendo ordenado sacerdote en Logroño, en los Padres Blancos en 1969.

    Comenzó su actividad misionera en África en 1969, siendo enviado a la diócesis de Hoima en Uganda, donde estuvo trabajando en la educación, desarrollo y formación de líderes durante nueve años. Luego vivió un periodo de trece años en diversas ciudades europeas, trabajando en la educación y capacitación de los jóvenes (Barcelona 1979-1983)) , en Irlanda como responsable de la formación de los candidatos polacos (1983-1985), y en Polonia donde fue Rector del Primer Ciclo de Filosofía Polaco (1985-1991), y se doctoró en Teología espiritual en Lublin, donde fue nombrado profesor de la misma Universidad Católica de Lublin (KUL), de dicha ciudad, en 1991.

    Regresó a Uganda en 1992, y fue elegido Provincial de los padres Blancos de Uganda hasta 1999. Durante este periodo, fue también presidente de la Asociación de Religiosas-os en Uganda (ARU), y pionero en la construcción del Centro Nacional de Formación Continua (USFC). Además inició la Comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación (JPIC) en 1994, trabajando en la formación de líderes en JPIC.

    En 2000 y 2004 cursó estudios sobre educación en Justicia, Paz, y Transformación de Conflictos, en Dublín. Desde su regreso a Uganda, fue pionero en la capacitación de agentes sociales en JPIC, y en el establecimiento del primer Consorcio de Educación Ética (JPIIJPC), lanzado por seis Congregaciones Misioneras, en 2006. Desde el inicio, y hasta junio 2011, ostentó el cargo de primer Director del Instituto. Al mismo tiempo fue profesor invitado de Ética en la Universidad de los Mártires de Uganda (UMU).

    En septiembre de 2011 fue nombrado director general de África Fundación Sur (AFS), organismo que dejó de existir en 2021. En la actualidad sigue trabajando por África al 100 % siendo, entre otras ocupaciones, editorialista en el CIDAF-UCM.

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