
Toda bondad nace del corazón humano, pues está creado para amar y ser amado. Por tanto, las actitudes positivas, la capacidad de escucha especialmente el clamor de las personas que sufren, las palabras compasivas y los comportamientos solidarios nacen del corazón humano.
Debido a difíciles experiencias personales, también surgen a veces del corazón humano actitudes negativas, incapacidad de escucha, palabras hirientes y comportamientos agresivos e injustos.
En su mensaje de cuaresma, el papa pide formas de “abstinencia concreta” como “desarmar el lenguaje” y cultivar la amabilidad, “pero también escuchar la Palabra de Dios y el clamor de los últimos, y hacerlo juntos, en nuestras comunidades, abiertas a acoger a quienes sufren”.
Necesitamos moderar nuestra lengua para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás, para construir juntos a edificar la civilización de la escucha y cuidados mutuos.
“Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”.
Al considerar atrocidades masivas como el genocidio de Gaza, las guerras de Ucrania, Irán, Líbano, Sudán, República Democrática del Congo (RDC), etc., podría parecer extraño dedicar tiempo a hablar del lenguaje que utilizamos al comentar estas injusticias.
Sin embargo, Heidi Mogstad, investigadora principal del Instituto Chr. Michelsen, argumenta que el lenguaje desempeña un papel fundamental en la respuesta humanitaria.
El lenguaje puede utilizarse como herramienta de violencia y dominación. Pero lo que Mogstad denomina el «lenguaje humanitario opresivo» también puede socavar la misión fundamental del humanitarismo y perpetuar los sistemas de violencia que causan crisis. Por ejemplo, incluso el uso aparentemente inofensivo de la palabra «tragedia» puede ignorar las dinámicas de poder y borrar un contexto histórico importante.
«Toman lo que en realidad es resultado de la política democrática ordinaria y describen algo como extraordinario… como si fuera, ya saben, un accidente«, dice Mogstad. «Mientras que, en realidad, el hecho de que miles de refugiados se ahoguen cada año en los mares, es resultado de decisiones políticas democráticas ordinarias tomadas por nuestros líderes electos”. El lenguaje humanitario se vuelve con excesiva frecuencia opresivo y sin embargo, puede y debe ser un lenguaje de sanación, de justicia, de empoderamiento y de solidaridad social.
CIDAF-UCM
