
Todos nacemos, crecemos y construimos una mejor convivencia social, gracias a los demás. Nos necesitamos para llegar a ser más humanos.
Muchas familias, sociedades y pueblos gozan de una convivencia familiar y solidaria porque han sabido encontrar las actitudes, palabras y comportamientos de escucha mutua con respeto y de compromiso por el bien común.
Lo comprobamos diariamente, en nuestras casas y sobre todo en los debates públicos, cómo nos cuesta escuchar a los demás. Sin esa escucha respetuosa de los demás no podremos avanzar en el análisis profundo del reto que deseamos superar, ni en el discernimiento de los medios más adecuados para superar el desafío común.
Esta falta de escucha mutua, nos lleva a olvidar también el clamor de los oprimidos y de las personas marginadas, y de los inmigrantes. Sin esta escucha de las personas empobrecidas y marginadas no encontraremos el camino de la liberación de cualquier esclavitud personal o social.
Los grandes líderes de la historia humana, y de la historia de nuestro tiempo, como Nelson Mandela, Martín Luther King, Marie Curie, Frida Kahlo, Rosa Parks, el papa Francisco, etc., transformaron la sociedad y nos han mostrado cómo debemos escuchar el clamor de los pueblos, que nos interpelan en nuestra vida, nuestras sociedades, sistemas políticos y económicos.
Tener hambre y sed de justicia implica saber escuchar a los demás, sobre todo a las personas más marginadas. Fomentar la justicia requiere abstenerse de utilizar palabras que ofenden y lastiman a nuestro prójimo.
Como dice el papa Leon XIV, “empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”.
Escuchar a los demás, especialmente a las personas más empobrecidas, nos lleva a compartir los bienes comunes, fomentar la solidaridad entre todos, y construir relaciones de diálogo, respeto mutuo y cuidado del planeta.
Todas las personas recibimos dones y cualidades para cultivar relaciones amables y solidarias, para trabajar en la tarea común de que todos los seres humanos, de cada país y de todo el planeta, puedan vivir con dignidad. Esta meta está a nuestro alcance, si realmente lo deseamos.
Usar la palabra para humillar a los demás, no solo delata nuestra negatividad, sino sobre todo constituye una seria injusticia hacia los demás y un olvido de nuestra misión más importante: construir humanidad.
CIDAF-UCM
