La etapa de Walid Regragui al frente de la selección nacional de Marruecos quedará marcada como una de las más relevantes en la historia del fútbol del país. Aunque su ciclo como seleccionador haya llegado a su fin, su principal legado no se limita a los resultados deportivos, sino que reside, en mayor medida, en la construcción y consolidación de una identidad futbolística propia, capaz de articular elementos culturales, sociales y políticos en torno al equipo nacional.
Transición y reconstrucción: La gestión de Walid Regragui ante el mundial
La llegada de Regragui se produjo en un momento particularmente delicado para la selección. La Real Federación de Fútbol Marroquí decidió destituir a Vahid Halilhodžić, quien ocupaba el cargo desde 2019. Esta decisión tuvo lugar apenas tres meses antes de la celebración de la Copa Mundial de la FIFA 2022 y estuvo motivada tensiones internas con varios jugadores clave, así como a discrepancias en la gestión deportiva del equipo.
En este contexto, Regragui asumió la dirección de la selección en una coyuntura caracterizada por la urgencia competitiva y la necesidad de restablecer la cohesión interna del grupo. Nacido en Francia y de ascendencia marroquí, el técnico contaba con una trayectoria consolidada en el fútbol de clubes, especialmente en el ámbito nacional. A pesar de contar con una trayectoria sólida en el fútbol de clubes, carecía de experiencia previa como seleccionador nacional y en torneos de esta magnitud, lo que aumentaba la incertidumbre en torno a su nombramiento.
Reconstrucción del grupo y cohesión interna
Desde el inicio de su mandato, el entrenador fue consciente de la necesidad de realizar un diagnóstico riguroso de la situación del equipo, con el objetivo de restablecer un clima de estabilidad interna. Este proceso permitió identificar diversos desafíos previos al torneo. Por una parte, el reducido margen temporal limitaba considerablemente las posibilidades de desarrollar un trabajo táctico prolongado. Por otra, resultaba imprescindible reconstruir la estructura del equipo mediante la integración de piezas que garantizaran, tanto el equilibrio deportivo como la cohesión del grupo.
Ante estas circunstancias, Regragui abordó la crisis heredada de su predecesor mediante la reintegración de jugadores clave previamente excluidos. En particular, priorizó el regreso de futbolistas con un rendimiento consolidado en clubes europeos, entre ellos Hakim Ziyech, cuya reintegración resultaba fundamental para reforzar el potencial competitivo del conjunto.
Una identidad híbrida entre Europa y Marruecos
La composición de la selección marroquí presentaba, además, una característica distintiva, la notable presencia de futbolistas nacidos fuera del territorio nacional. En la convocatoria para el torneo, catorce de los veintiséis jugadores habían nacido en distintos países europeos, lo que reflejaba la dimensión transnacional del fútbol marroquí contemporáneo. En este sentido, la labor de Regragui consistió en articular una identidad colectiva que integrara diversas trayectorias culturales.
La respuesta de Regragui se articuló en dos niveles. En el plano deportivo, el equipo adoptó un modelo de juego influido por el rigor táctico europeo, caracterizado por la solidez defensiva, la disciplina posicional y la eficiencia en las transiciones. En el plano simbólico, el seleccionador promovió un fuerte vínculo emocional con Marruecos, apelando a los lazos familiares, culturales y afectivos de los jugadores.
De este modo, la dirección de Regragui no solo se orientó a la preparación competitiva inmediata del equipo, sino también a la construcción de una identidad colectiva capaz de armonizar la diversidad de trayectorias y experiencias presentes en el seno de la selección.
La filosofía de Regragui: “Dirou niya”
Una vez consolidado el bloque de jugadores, Regragui procedió a implementar su filosofía. Si bien es habitual que los cuerpos técnicos dispongan de estrategias motivacionales, su visión destaca por su singularidad, resignifica los valores de la tradición marroquí vinculándolos a la identidad nacional. Su discurso se articula en torno a valores islámicos tradicionales profundamente arraigados en la sociedad marroquí (solidaridad, humildad, respeto a la familia) y nociones de identidad nacional (religión, monarquía, tradición), reinterpretados a la luz de un contexto globalizado. En consonancia con los valores inherentes al acervo cultural marroquí, el seleccionador buscó reivindicar una especificidad propia, desafiando las narrativas históricas que tradicionalmente han marginalizado a Marruecos.
En el epicentro de esta construcción simbólica se sitúa la filosofía de Regragui, condensada en la máxima popular Dirou niya (tened fe). Este concepto hace referencia a la intención subjetiva que subyace bajo cualquier tipo de acto. Desde el punto de vista de la tradición islámica este mismo remite a un significado más profundo en el que el cumplimiento de los distintos actos rituales estipulados por el islam deben realizarse con la plena consciencia de estar en comunión con Dios. Al aplicar este principio espiritual al ámbito profano del fútbol se insistía en una disposición interna de jugar con un compromiso auténtico, entendido como la subordinación de los intereses individuales al objetivo colectivo. Asimismo, se manifiesta en una entrega honesta en el esfuerzo común, donde cada jugador asume la responsabilidad de contribuir activamente al rendimiento global. De este modo, se configura una forma de juego guiada por el sentido de la responsabilidad, así como la pertenencia, en la que la representación del equipo trasciende lo meramente deportivo para adquirir una dimensión identitaria.
En esta línea, la figura materna adquirió una relevancia simbólica fundamental, al ser proyectada como la principal transmisora de los principios éticos y garante de la estabilidad familiar. Este protagonismo de las madres no fue casual, sino que se insertó en el marco ideológico del Estado marroquí. En este contexto, no solo se reivindicó su rol tradicional en la crianza, sino que se visibilizó una mayor presencia pública femenina, impulsada en las últimas décadas por la reforma de la Mudawana (Estatuto de Familia). Dicha legislación, al fomentar la incorporación de la mujer a los ámbitos laboral y académico, ha marcado una evolución en su estatus social que la selección nacional terminó por escenificar ante el mundo.
Fútbol, religión, identidad nacional, proyección internacional y diplomacia deportiva
Hasta aquí podemos extraer dos conclusiones. En primer lugar, las decisiones de Walid Regragui, se puede interpretar que la movilización del patrimonio cultural y religioso sirve para transmitir una verdad más profunda en la que el fútbol moderno no está reñido con la tradición religiosa. En el caso marroquí, esta visión converge con la ideología oficial del Estado marroquí, donde la identidad nacional no se percibe como un conflicto entre modernidad y tradición, sino como una síntesis armoniosa de ambas, un equilibrio conceptual conocido como (al wasatiya). Bajo esta premisa, la fe trasciende el ámbito estrictamente privado para convertirse en una fuerza dinámica que dota de sentido al éxito contemporáneo. Así, las expresiones públicas de religiosidad (postrarse en señal de agradecimiento a Dios, besar la cabeza de la madre en reconocimiento de su papel y sacrificios, además de recitar el primer capítulo de apertura del Corán), aunque cuestionan las concepciones seculares que relegan la fe al ámbito individual, transforman un logro deportivo en una victoria moral y espiritual, capaz de movilizar, cohesionar y dotar de significado al triunfo nacional.
En segundo lugar, el fútbol se consolida en el plano interno como un instrumento clave para la construcción de la identidad nacional. También en el plano exterior donde el Estado está realizando un gran esfuerzo en el ámbito de la diplomacia pública con distintas modalidades entre las que puede destacarse la diplomacia deportiva, la cual actúa como un instrumento de soft power fundamental, orientado a mejorar la reputación del país y a proyectar una imagen de modernidad y eficiencia ante la comunidad internacional. Este esfuerzo responde a la necesidad de ganar influencia en la competición global por el liderazgo geoestratégico, transformando el prestigio deportivo en un activo político de primer orden.
Salma Kalil Al Aazzaoui
CIDAF-UCM
