Vuelven los muros

8/09/2026 | Bitácora africana, Crónicas y reportajes

 

Vuelven los muros. Y tal como lo describía The Economist, del pasado 25 de junio, lo está consiguiendo el miedo al yihadismo. Según Olivier Walther y Steven Radil, geógrafos de la Universidad de Florida, todos los centros urbanos del noreste de Nigeria con poblaciones de más de 10.000 habitantes están ahora defendidos por trincheras. Y la mayoría de las grandes localidades de la cuenca del lago Chad están rodeadas por terraplenes de arena de hasta tres metros de altura.

Africa Occidental, ya conoció en el pasado murallas y trincheras defensivas. Entre 1887 y 1889, el explorador francés Louis-Gustave Binger dirigió una importante expedición desde Bamako hasta el golfo de Guinea. En su “Du Niger au golfe de Guinée” (1892) se lee la descripción del “Tata de Sikasso”, con una ilustración de Édouard Riou (1833-1900). Se trata de una serie de murallas construidas entre 1887 y 1889 por Tiéba Traoré, rey de Kénédougou, para defenderse de Samory Touré (1830-1900), fundador del imperio Mandinka de Wassoulou (en la confluencia de las actuales Malí, Guinea y Costa de Marfil), murallas posteriormente ampliadas por su hermano y sucesor Babemba Traoré. En su mayor esplendor, la muralla exterior tenía 9 km de largo, 6 metros de grosor en la base y 2 metros en la cima, con una altura que variaba entre 4 y 6 metros.

En Old Oyo, capital del imperio yoruba de Oyo (en la actual Nigeria), abandonada desde 1835, sucesivas excavaciones arqueológicas (1981, 2002, 2004, y 2006), han confirmado la descripción de sus murallas tal como las vio el explorador escocés Bain Hugh Clapperton (1788 – 1827):

«Una franja de madera gruesa rodea los muros, que están construidos de arcilla, de unos veinte pies de altura y están rodeados por un foso seco. Hay diez puertas en las murallas, que tienen una circunferencia de unas quince millas, de forma ovalada, de unas cuatro millas de diámetro en un sentido y seis millas en el otro, con el extremo sur apoyado contra las colinas rocosas, formando una barrera inaccesible en ese barrio«.

Siempre en Nigeria, a unos 600 km al norte de Oyo, en el estado de Kaduna, se encuentra Zaria, antigua capital del reino Hausa de Zazzau. Sus murallas son un monumento histórico que data del siglo XVI. Fueron construidas para proteger la antigua ciudad y son un ejemplo impresionante de la arquitectura hausa. Y a unos 300 km al suroeste de Oyo se encuentran los “Benin City Iya”, restos de las defensas que rodeaban la capital del Imperio de Benín, uno de los estados más antiguos y desarrollados del interior costero de África Occidental, surgido en el siglo XI, anexionado por los británicos, que perdura hoy como monarquía no soberana (Ver “Bronces de Benín: conflictiva vuelta a casa”, UCM-CIDAF febrero 2026). Refiriéndose no sólo al foso y las murallas que rodean Benin City, sino a los del conjunto de la región, el Guinness de los Récords las describe como “las obras de tierra más largas de la era premecánica«. Algunas datan del siglo IX. Las que rodeaban Benin City fueron construidas a partir de 1460. Su descripción, con diversas variantes, aparece en los relatos de autores europeos, desde los comerciantes portugueses del siglo XVI hasta la Expedición Punitiva Británica de 1897. Aunque por su importancia histórica los restos de los Iya de Benín esperan entrar en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, la urbanización y las disputas territoriales locales constituyen un desafío constante para su preservación.

Durante siglos, además de su importancia defensiva, estas enormes obras de tierra reflejaban el poder de las civilizaciones que se extendieron por los vastos territorios de África occidental. Pero a medida que los reinos e imperios se marchitaban, y finalmente sucumbían ante los invasores coloniales de finales del siglo XIX, la mayoría de las defensas realizadas en tierra fueron desapareciendo. Ahora están regresando. Pero a diferencia de las del antiguo imperio de Benín, los nuevos fosos y muros son un signo de debilidad estatal. Desde la década de 2010, la expansión del yihadismo, el bandidaje armado y los conflictos entre agricultores y pastores han hecho que numerosas aldeas intenten controlar sus accesos y dificultar los ataques por sorpresa. En el Sahel, yihadistas y bandidos utilizan en sus ataques vehículos ligeros como motocicletas y camionetas. Las trincheras, fosos y terraplenes, algunos claramente visibles en imágenes satelitales, son una forma sencilla y de baja tecnología de ralentizarlos. En Nigeria, el ejército comenzó a cavar trincheras con la ayuda del gobierno estadounidense poco después del notorio secuestro de las «Chibok Girls» por yihadistas en 2014. Los gobiernos de Burkina Faso, Camerún, Chad, Malí y Níger han seguido el ejemplo. Y atraídos por lo que consideran una solución rápida para las amenazas a la seguridad, están fortificando todo tipo de activos bajo su control, desde centrales eléctricas y oficinas gubernamentales hasta hospitales y escuelas. Para impedir la entrada de militantes, Togo ha excavado más de 36 km de trincheras en sus fronteras con Burkina Faso y Benín.

Según el mencionado Olivier Walther, el resultado es que grandes partes del Sahel se parecen ahora a un «archipiélago de islas seguras rodeadas por un mar inseguro«. Lo malo es que la debilidad estatal se manifiesta no sólo en la inseguridad de pueblos y ciudades pequeñas. También en las grandes ciudades africanas proliferan cada vez más los barrios cerrados, rodeados de muros y con vigilancia privada. Aunque más que a la necesidad de repeler amenazas militares, se trata de responder a la delincuencia urbana.

J. Ramón Echeverría

CIDAF-UCM

Autor

  • Investigador del CIDAF-UCM. A José Ramón siempre le han atraído el mestizaje, la alteridad, la periferia, la lejanía… Un poco las tiene en la sangre. Nacido en Pamplona en 1942, su madre era montañesa de Ochagavía. Su padre en cambio, aunque proveniente de Adiós, nació en Chillán, en Chile, donde el abuelo, emigrante, se había casado con una chica hija de irlandés y de india mapuche. A los cuatro años ingresó en el colegio de los Escolapios de Pamplona. Al terminar el bachiller entró en el seminario diocesano donde cursó filosofía, en una época en la que allí florecía el espíritu misionero. De sus compañeros de seminario, dos se fueron misioneros de Burgos, otros dos entraron en la HOCSA para América Latina, uno marchó como capellán de emigrantes a Alemania y cuatro, entre ellos José Ramón, entraron en los Padres Blancos. De los Padres Blancos, según dice Ramón, lo que más le atraía eran su especialización africana y el que trabajasen siempre en equipos internacionales.

    Ha pasado 15 años en África Oriental, enseñando y colaborando con las iglesias locales. De esa época data el trabajo del que más orgulloso se siente, un pequeño texto de 25 páginas en swahili, “Miwani ya kusomea Biblia”, traducido más tarde al francés y al castellano, “Gafas con las que leer la Biblia”.

    Entre 1986 y 1992 dirigió el Centro de Información y documentación Africana (CIDAF), actual Fundación Sur, Haciendo de obligación devoción, aprovechó para viajar por África, dando charlas, cursos de Biblia y ejercicios espirituales, pero sobre todo asimilando el hecho innegable de que África son muchas “Áfricas”… Una vez terminada su estancia en Madrid, vivió en Túnez y en el Magreb hasta julio del 2015. “Como somos pocos”, dice José Ramón, “nos toca llevar varios sombreros”. Dirigió el Institut de Belles Lettres Arabes (IBLA), fue vicario general durante 11 años, y párroco casi todo el tiempo. El mestizaje como esperanza de futuro y la intimidad de una comunidad cristiana minoritaria son las mejores impresiones de esa época.

    Es colaboradorm de “Villa Teresita”, en Pamplona, dando clases de castellano a un grupo de africanas y participa en el programa de formación de "Capuchinos Pamplona".

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