Este 27 de junio, durante mi paseo matinal, una señora musulmana me ha regalado una enorme sonrisa cuando la he felicitado porque hoy era Eid-al-Adha, la Fiesta de Cordero. Todos los musulmanes la celebran. A pesar de sus divisiones, brutales a veces. “Pakistán: El Estado Islámico se atribuye el ataque del pasado 7 de febrero a una mezquita chií, en el que han muerto al menos 31 personas y resultado heridas otras 170”, comunicaba la agencia de noticias AFP. Y como en el Medio Oriente la religión contamina todas las guerras, “Los esfuerzos de Pakistán por mantener los estrechos lazos con el presidente Donald Trump están siendo puestos a prueba después de que manifestantes asaltaran el consulado estadounidense en Karachi la semana pasada tras el asesinato del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, en los ataques de Estados Unidos e Israel”, publicó Reuters el pasado 5 de marzo. Y en el New York Times el 8 de mayo: “Líderes religiosos chiitas de Pakistán estiman que, desde mediados de abril, miles de pakistaníes chiitas han sido expulsados de los Emiratos Árabes Unidos”
Pakistaníes como Asim Munir, jefe del Ejército, y el diplomático Shehbaz Sharif, mediadores en la guerra entre Estados Unidos e Irán, aparecen casi a diario en los medios. A Pakistán le interesa que haya paz en Irán, y no sólo porque comparta con su vecino 909 Km de frontera. En Pakistán, país musulmán al 97 %, los chiitas, ––20 % de la población de un total de 259 millones––, mantienen fuertes lazos con sus correligionarios iraníes. Al otro lado de la frontera, el Islam chií duodecimano es la religión oficial, y es suní tan sólo el 11% de su población. Y aún no está muy de moda el ecumenismo entre las diversas tendencias del Islam. La mayoría de las principales instituciones suníes, como la Universidad de Al-Azhar en Egipto, sí reconocen el Islam chií duodecimano como parte del islam, aunque las diferencias doctrinales sean significativas. Pero, inspirados en los escritos de Ibn Taymiyyah (1263-1328), que han tenido una influencia considerable en el wahabismo, salafismo y yihadismo contemporáneos, grupos extremistas como ISIS han adoptado una postura extrema: declaran a los musulmanes chiitas apóstatas y justifican la violencia contra ellos. Por su parte, los chiitas siguen rememorando, en la festividad anual de Ashura, el asesinato de Husayn ibn Ali por los Omeyas, el 13 octubre de 680 en la batalla de Kerbala. Husayn era hijo de Ali Ibn Abi Tálib, yerno de Mahoma, cuarto califa ortodoxo y primer imán chií, también asesinado en 661 en la Gran Mezquita de Kufa, en Irak.
14 siglos más tarde, algunas comunidades chiitas en Pakistán, como los hazaras de Quetta, han sufrido agresiones. Y también se han dado ataques a mezquitas chiitas y líderes religiosos en ciudades como Karachi, Lahore y Peshawar. Tampoco es fácil la situación de la minoría suní en Irán. Se debe en buena parte a que el sunismo es preponderante entre las minorías nacionales periféricas. Y, aunque el gobierno iraní insiste en que los sunitas participan plenamente en la vida nacional, las regiones con mayoría sunita —sobre todo Baluchistán (región compartida por Pakistán, Irán y Afganistán) y zonas kurdas (los kurdos se encuentran en Siria, Irak, Turquía e Irán) — están entre las más pobres y militarizadas del país. Y, según las organizaciones de derechos humanos, activistas y clérigos sunitas son acusados de delitos de seguridad nacional con mucha mayor frecuencia que la población chiita mayoritaria.
De un total de 10,24 millones de residentes en los Emiratos árabes Unidos (EAU), sólo 1.300.000 son ciudadanos emiratíes. Y más del 90 % de éstos son sunitas. Nunca han sido excelentes las relaciones entre el régimen chiita de Irán y los Emiratos Árabes. Menos ahora que aquel está lanzando misiles contra instalaciones emiratíes. ¿Se dan también motivos religiosos en la expulsión en curso de trabajadores pakistaníes a la que aludía el New York Times?
Casi 2 millones de pakistaníes trabajan en los EAU y constituyen el segundo grupo nacional más grande detrás de los indios (unos 4,3 millones). No hay cálculos precisos, pero se estima que, de ellos, entre 200.000 y 300.000 sean chiitas. Pakistán está haciendo de intermediario en la guerra de Irán. Y los Emiratos no ven con buenos ojos el que Pakistán no haya condenado suficientemente los ataques de misiles y drones iraníes contra los Emiratos. En su artículo de mayo, el New York Times fue el primero en alertar que los EAU había comenzado a expulsar a trabajadores pakistaníes, amenazando con cortar una fuente vital de empleos para Pakistán. Entrevistados 20 chiitas paquistaníes que habían trabajado en los Emiratos como empleados de empresas emiratíes, todos dijeron haber sido arrestados, detenidos y deportados repentinamente en el último mes. The Economic Times (India) se hizo eco de la noticia y en un artículo del 9 de mayo añadía algunas precisiones importantes sobre el deterioro en las relaciones entre Islamabad y Abu Dhabi. Ya en abril, los EAU habían exigido a Pakistán el reembolso de un préstamo de 3.500 millones de dólares. Ocho empresarios que operan en los EAU habían declarado al periódico que varios empleados paquistaníes habían sido expulsados recientemente. Según el periódico indio, líderes comunitarios y clérigos en Pakistán afirmaban que las deportaciones estaban afectando a miles de familias. Sólo los pakistaníes estaban siendo deportados y el periódico señalaba que trabajadores chiitas de países como Irak y Líbano no estaban siendo objeto de deportación. Los motivos religiosos a menudo asoman la cabeza, a favor o en contra, en todo lo humano. También esta vez. Pero al parecer, el motivo principal de la expulsión de los trabajadores pakistaníes está siendo político: Los emiratos no aceptan que en la guerra de Irán los pakistaníes den la impresión de favorecer a los iraníes. ¿Por la importante influencia chiita en ambos países?
J.Ramón Echeverría
CIDAF-UCM
