La exclusión del árbitro somalí Omar Artan agrava la contradicción que subyace en el Mundial de 2026: un torneo global cada vez más marcado por la política de la exclusión.
Si bien los días previos a la Copa Mundial de la FIFA suelen estar marcados por las ceremonias de bienvenida de los países anfitriones, la narrativa que ha dominado la preparación de este año se ha centrado en las restrictivas condiciones de entrada impuestas por la administración Trump a varios jugadores, aficionados y árbitros.
Todo comenzó hace unas semanas cuando el delantero suizo de origen camerunés y subcapitán Breel Embolo tuvo problemas de última hora con su solicitud del Sistema Electrónico de Autorización de Viaje (ESTA), lo que le impidió viajar con su equipo a Estados Unidos. Casi al mismo tiempo, el defensa marroquí Zakaria El Ouahdi, elegido mejor jugador africano de la Jupiler League belga, se enfrentó al mismo problema y también perdió el viaje de su equipo.
El mayor escándalo, sin embargo, surgió el lunes 7 de junio, cuando a Omar Artan, uno de los siete árbitros africanos seleccionados para dirigir partidos en la Copa Mundial de 2026, se le negó la entrada al Aeropuerto Internacional de Miami, de camino a la ciudad donde se iba a establecer el campamento base de los árbitros.
Cabe aclarar que el rechazo de Artan no tuvo nada que ver con su competencia. El árbitro de 33 años es una estrella en ascenso en el fútbol africano. En 2024, arbitró su primera Copa Africana de Naciones; en 2025, fue el único árbitro subsahariano en la Copa Mundial Sub-20 de la FIFA; y hace apenas unas semanas, fue designado para arbitrar el partido de clubes más importante de África: la final de la Liga de Campeones de la CAF 2025/2026 entre el Mamelodi Sundowns y el AS FAR.
En un vibrante Estadio Príncipe Moulay Abdellah de Rabat, Artan demostró por qué se ha convertido rápidamente en uno de los mejores. A pesar de lo mucho que estaba en juego y la enorme presión a la que estaba sometido, demostró una serenidad imperturbable y habilidades de gestión del juego, asegurándose de que fueran los jugadores quienes decidieran el resultado del partido.
Además de su competencia, Artan también confirmó que tenía toda su documentación en regla. En declaraciones a The Athletic, reveló que estuvo detenido en el aeropuerto durante once horas antes de ser enviado de vuelta a Estambul.
«Tenía los papeles correctos y todo. Tenía el visado correcto», afirmó.
Durante todo el proceso de candidatura para la Copa Mundial de la FIFA 2026, la FIFA dejó muy claro que los procedimientos de visado del país anfitrión «deben aplicarse de forma no discriminatoria». Sin embargo, denegar la entrada a Artan fue un claro acto de discriminación nacional. Como era de esperar, la respuesta de la FIFA a la conducta de la administración Trump ha sido ineficaz.
«La FIFA no participa en los procesos de inmigración del país anfitrión, incluyendo la adjudicación de visados, y las autoridades le han informado de que el estatus del Sr. Artan no se modificará por el momento», rezaba su comunicado.
De hecho, la única justificación lógica para rechazar a Artan es la continuación de la campaña racista y vengativa de Donald Trump contra la comunidad somalí.
«Creo que tienen un problema con mi país», concluyó el oriundo de Mogadiscio.
La historia de Artan es particularmente triste, porque demuestra cómo una década de arduo trabajo puede ser deshecha arbitrariamente, y porque su participación representaba una oportunidad única para que los somalíes se sintieran verdaderamente presentes en la Copa del Mundo.
«Omar Artan es un referente para una generación que necesita verse reflejada en el deporte», afirma Abdirizak Ahmed, director de la plataforma deportiva Somali Athlete.
Mohamed Salad, periodista deportivo somalí, recuerda: «Su primer partido en la Copa Africana de Naciones fue Namibia contra Túnez en 2024. Miles de nosotros lo vimos solo para verlo. Estábamos consultando los horarios de los árbitros para ver cuándo era su próximo partido; ¿quién hace eso?».
Para naciones con menor tradición futbolística, como Somalia, contar con un árbitro en un torneo importante es una de las pocas maneras en que un país puede sentirse verdaderamente parte del evento. Los aficionados al fútbol de Seychelles, por ejemplo, se enorgullecían enormemente de Eddy Maillet, quien se posicionó entre los mejores árbitros de África durante más de una década.
En Somalia, ya se ha convertido en un símbolo de orgullo nacional. Cuando fue nombrado mejor árbitro en los Premios CAF 2025, recibió felicitaciones tanto del presidente como del primer ministro del país.
«Cuando fue elegido Árbitro Africano del Año, fue uno de los momentos de mayor orgullo en la historia del deporte somalí», afirma Salad. «Uno de los nuestros, nacido en casa, que se abrió camino en el sistema con honestidad y orgullo, representándonos. Fue un momento hermoso».
Debido a una agenda política de odio, una verdadera oportunidad para que Artan brillara en el escenario internacional, en lugar del continental, le ha sido arrebatada a un joven que se lo había ganado, y a una joven nación que merecía compartirlo.
“Los somalíes somos un pueblo orgulloso. No nos importa lo que diga Trump ni nadie. Lo desgarrador es que esta agenda le haya arrebatado el sueño a un joven trabajador y honesto”, concluye Salad.
Artan es uno de los innumerables jóvenes del Sur Global privados de la oportunidad de cumplir sus sueños. Para los miles de millones que lo siguen desde la distancia, una pregunta se vuelve cada vez más inevitable: ¿Cuánto tiempo permitirá la FIFA que los Estados Unidos de Trump arruinen una celebración que no les corresponde? ¿Cuánto tiempo permitiremos que un solo hombre arruine el fútbol mundial?
Fuente: Africa Is a Country
[Traducción, Jesús Esteibarlanda]
[CIDAF-UCM]
