Un acuerdo casi imposible, por J.Ramón Echeverría

21/04/2026 | Bitácora africana, Crónicas y reportajes

Esta vez me hubiera gustado comentar la reapertura de la frontera entre Kenia y Somalia, anunciada por el presidente keniata William Ruto, primero en 2023, y recientemente el pasado 12 de febrero. Pero, a fecha de hoy, la reapertura no ha tenido lugar. La frontera se cerró por primera vez en octubre de 2011 tras los secuestros de turistas y trabajadores en el norte de Kenia. En la que se llamó “Operación Linda Nchi”, Nairobi envió tropas al sur de Somalia para combatir al grupo militante islamista Al-Shabab. Aquel cierre no impidió posteriores ataques yihadistas en territorio keniano: 67 muertos en un centro comercial de Nairobi en 2013, y 148 en la universidad de Garisa en 2015. Pero tampoco el cierre de fronteras fue absoluto. “Business is business”, y desde 2011 se han abierto de vez en cuando los pasos fronterizos y las rutas comerciales entre Kenia y Somalia, especialmente en las zonas de Mandera, Liboi y Dhobley. Abiertos, pero nunca del todo, como si de puertas “pivotantes” se tratara. Y ahora, aunque William Ruto afirmó que la reapertura no comprometería en absoluto la seguridad de Kenia, la frontera sigue cerrada. Y es que la seguridad es sólo uno de los motivos que podrían impedir la apertura. Más peliaguda es la persistente desconfianza entre los dos países. Tiene sus raíces en la época colonial, en la división territorial de Jubalandia, la región somalí lindante con Kenia. Y se ha agudizado desde hace un decenio con las disputas sobre límites marítimos, unos 100.000 km² de mar en los que, además de ricos caladeros de pesca, se cree que contienen petróleo y gas.

Antes de la Primera Guerra Mundial, Jubalandia pertenecía a la Somalia italiana. Gran Bretaña la ocupó durante la Primera Guerra Mundial, y, al finalizar ésta, Gran Bretaña e Italia negociaron acuerdos territoriales: la mayor parte de Jubalandia fue devuelta a Italia entre 1924 y 1925. Pero Gran Bretaña retuvo su franja norte. A la independencia de Kenia (12 de diciembre de 1962), a pesar de que un plebiscito informal había indicado que, mayoritariamente, la población de la franja deseaba formar parte de la recién formada República Somalí (independiente desde el 1 de julio 1960), esa franja norte, es decir los condados de Mandera, Wajir y Garissa, fue incorporada a la que entonces era la Provincia Noreste de Kenia (Desde la reforma administrativa de 2013, ya no se habla en Kenia de “provincias”, sólo de “condados”). Se estima que entre el 95 % y el 98 % de los 2,75 millones de habitantes de la zona son de etnia somalí. A los que habría que añadir unos 280.000 somalís en los campos de refugiados.

En un país de 58 millones de habitantes, en el que conviven, –a veces bien, a veces mal–, unas 40 etnias (kikuyu, luhya, luo, kalenjin, kamba…) la presencia de casi 3 millones de somalís no hubiera debido causar excesivos problemas. Pero él derrocamiento en Somalia, en 1991, del dictador Siad Barre, que, tras un golpe de Estado, gobernaba desde 1969, desató las fuerzas centrífugas regionales y étnicas latentes, –la llamada “Guerra civil Somalí” –, también en la zona somalí de Kenia. En Jubalandia, Mohamed Said Hersi, yerno de Said Barre, y antiguo ministro de Defensa, decretó brevemente la independencia el 3 de septiembre de 1998. Los analistas consideran que, tras dos intentos (Gobierno Nacional de Transición en2000, y Gobierno federal de Transición en 2004), la formación del “Gobierno Federal” en 2012, con el reconocimiento de Jubalandia como región semiautónoma, supuso la terminación “formal” de la guerra civil, pero no el final de la violencia.

Desde entonces, Kenia, que siempre ha apoyado al presidente de Jubalandia Ahmed Madobe, ha ejercido una fuerte influencia en esa región. Las tropas que Kenia envió en 2011, se incorporaron en 2012 a la misión de la Unión Africana en Somalia (AMISOM, posteriormente ATMIS), y se encuentran sobre todo alrededor de Kismayo, la ciudad portuaria capital de Jubalandia. Y Mogadiscio acusa a Kenia de interferir en sus asuntos internos, y de apoyar a Jubalandia para crear una zona tampón a lo largo de la frontera.

¿Más leña para el fuego de la desconfianza? Las riquezas costeras. Se trata de un área triangular de 100.000 km2 en el Océano Índico, rica en petróleo y gas, con ambas naciones reclamando fronteras marítimas distintas. Según Kenia, la frontera debería entrar en el mar siguiendo hacia el Este a lo largo de la línea de latitud. Según Somalia, la frontera debería seguir una línea sureste coherente con la dirección de la frontera terrestre. En 2014, Somalia denunció a Kenia ante la Corte Internacional de Justicia. En 2019 Somalia acusó a Kenia de subastar bloques petrolíferos en la zona en disputa. Kenia, a su vez, expulsó al embajador somalí y las tensiones aumentaron. En diciembre de 2020 Somalia cortó las relaciones diplomáticas con Kenia, tras acusar a Nairobi de interferir una vez más en la política somalí al haber acogido a líderes de Somalilandia, una región separatista. En octubre de 2021, el Tribunal Internacional de Justicia (CIJ) rechazó las líneas específicas de ambos países y estableció una nueva línea mediana ajustada que concedió a Somalia la mayor parte de la zona en disputa, reconociendo al tiempo las preocupaciones de Kenia sobre la seguridad de su línea costera. La resolución afectaría a la estrategia marítima de Kenia, y reduciría su profundidad naval operativa en la zona. Sobre todo, Kenia perdería el control de varios bloques de exploración ricos en petróleo. Kenia rechazó la decisión y se negó a reconocer la sentencia. Hasta ahora. ¡Como para que aumente la confianza mutua entre Kenia y Somalia!

J.Ramón Echeverría

CIDAF-UCM

Autor

  • Investigador del CIDAF-UCM. A José Ramón siempre le han atraído el mestizaje, la alteridad, la periferia, la lejanía… Un poco las tiene en la sangre. Nacido en Pamplona en 1942, su madre era montañesa de Ochagavía. Su padre en cambio, aunque proveniente de Adiós, nació en Chillán, en Chile, donde el abuelo, emigrante, se había casado con una chica hija de irlandés y de india mapuche. A los cuatro años ingresó en el colegio de los Escolapios de Pamplona. Al terminar el bachiller entró en el seminario diocesano donde cursó filosofía, en una época en la que allí florecía el espíritu misionero. De sus compañeros de seminario, dos se fueron misioneros de Burgos, otros dos entraron en la HOCSA para América Latina, uno marchó como capellán de emigrantes a Alemania y cuatro, entre ellos José Ramón, entraron en los Padres Blancos. De los Padres Blancos, según dice Ramón, lo que más le atraía eran su especialización africana y el que trabajasen siempre en equipos internacionales.

    Ha pasado 15 años en África Oriental, enseñando y colaborando con las iglesias locales. De esa época data el trabajo del que más orgulloso se siente, un pequeño texto de 25 páginas en swahili, “Miwani ya kusomea Biblia”, traducido más tarde al francés y al castellano, “Gafas con las que leer la Biblia”.

    Entre 1986 y 1992 dirigió el Centro de Información y documentación Africana (CIDAF), actual Fundación Sur, Haciendo de obligación devoción, aprovechó para viajar por África, dando charlas, cursos de Biblia y ejercicios espirituales, pero sobre todo asimilando el hecho innegable de que África son muchas “Áfricas”… Una vez terminada su estancia en Madrid, vivió en Túnez y en el Magreb hasta julio del 2015. “Como somos pocos”, dice José Ramón, “nos toca llevar varios sombreros”. Dirigió el Institut de Belles Lettres Arabes (IBLA), fue vicario general durante 11 años, y párroco casi todo el tiempo. El mestizaje como esperanza de futuro y la intimidad de una comunidad cristiana minoritaria son las mejores impresiones de esa época.

    Es colaboradorm de “Villa Teresita”, en Pamplona, dando clases de castellano a un grupo de africanas y participa en el programa de formación de "Capuchinos Pamplona".

Más artículos de Echeverría Mancho, José Ramón