Turco, no musulmán y Patriarca Ecuménico, por Ramón Echeverría

21/01/2026 | Bitácora africana, Crónicas y reportajes

 

Turquía busca gestionar de manera pragmática su política interior y su posicionamiento en el exterior, en un contexto de rivalidad, a menudo religiosa, entre sus vecinos de Oriente Medio y entre las grandes potencias. En el interior, el problema kurdo no acaba de resolverse; la oposición laica gana terreno, especialmente en las ciudades; y el movimiento Hizmet sigue vivo, aunque debilitado tras la muerte en exilio, en 2024, de su fundador Fethullah Gülen. En el exterior, Turquía ha pasado de ser un actor menor en África a convertirse en un socio estratégico multisectorial en el continente. Aunque apoyando siempre la paz y la ayuda humanitaria, en la guerra civil de Sudán Turquía ha facilitado drones y tecnología militar al ejército sudanés (SAF). Y en la guerra de Libia, Ankara se ha colocado más bien del lado del gobierno de Trípoli, mientras que mercenarios rusos han apoyado a las fuerzas de Khalifa Haftar y la Libyan National Army (LNA), que controla el este de Libia.

Donde más le está costando nadar y guardar la ropa es en la guerra entre Rusia y Ucrania. La posición turca refleja su dilema geopolítico: es por un lado miembro de la OTAN y apoya la soberanía ucraniana; por otro, mantiene vínculos económicos y estratégicos con Rusia, y busca evitar una confrontación directa que pueda perjudicar sus intereses regionales. Pero Putin pretende que ha invadido Ucrania, cuna de la cultura y Ortodoxia rusas, para defenderlas de un Occidente decadente y colonialista. Así comprendida, la guerra refleja el resquebrajamiento de la Ortodoxia en la misma Ucrania, en donde, desde finales del siglo XX, han existido tres jurisdicciones ortodoxas: La Iglesia Ortodoxa Ucraniana, bajo el patriarcado de Moscú; La Iglesia Ortodoxa Autocéfala Ucraniana fundada en 1921 tras el establecimiento de la República Popular Ucraniana; y la Iglesia Ortodoxa Ucraniana – Patriarcado de Kiev. En 2018, estas dos últimas, tras fusionarse con algunos miembros de la primera, formaron, juntas, la Iglesia Ortodoxa de Ucrania.

En ese rompecabezas religioso-político, cuando en 2018 Bartolomeo I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, anunció su intención de conceder la autocefalía a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania, el Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rusa rompió la comunión con Constantinopla. En enero de 2019 Bartolomeo I firmó el “tomos”, el documento de concesión de autocefalía, lo que constituyó un motivo cultural/religioso más para la invasión rusa de 2022. Y es Turquía, un estado teóricamente laico desde los tiempos de Atatürk, pero de población musulmana (entre el 96 % y el 98 % de la población), la que alberga en su territorio el Patriarcado Ecuménico Ortodoxo de Constantinopla. Así que, en sus decisiones políticas, Recep Tayyip Erdoğan se ve obligado a tener en cuenta el posicionamiento y las decisiones de Demetrios Archondonis, ciudadano turco, miembro de la minoría cristiana (2 % de la población), nacido en 1940 en Zeytinliköy, una aldea situada en la isla de Imbros, en el noroeste de Turquía, y que ocupa, desde noviembre de 1991, con el nombre de Bartolomé I, el cargo de Patriarca de Constantinopla. Su sede y la Catedral Patriarcal de San Jorge se ubican en el histórico barrio griego de Fener (del griego “fanari”, faro), en Estambul (antigua Constantinopla). Es el jefe de la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla, con cerca de cuatro millones de fieles en varios países. Y como Patriarca de Constantinopla, “primus inter pares”, es también el líder formal honorario de 300 millones de cristianos ortodoxos repartidos por todo el mundo.

Que sea complicado para un líder musulmán lidiar con la presencia en su territorio de una pequeñísima pero influyente minoría cristiana, los españoles lo sabemos por nuestra propia historia. En al-Ándalus, durante el emirato de Muhammad I de Córdoba (852-886), algunos cristianos se presentaban voluntariamente ante los jueces musulmanes e insultaban al islam o al profeta Mahoma, buscando deliberadamente el martirio. Lo cual provocaba inestabilidad social y represalias contra la comunidad cristiana en general. Con el consentimiento del emir, los obispos mozárabes convocaron el llamado Concilio de Córdoba, para poner fin al movimiento de los “mártires voluntarios”. Presidido por el obispo Recafredo de Sevilla, se decidió que no eran “mártires” quienes buscaban la muerte de forma voluntaria, y que se debía promover una convivencia prudente bajo dominio islámico. Eulogio, cordobés, influyente escritor nacido en una familia mozárabe, se opuso a las decisiones del concilio, alegando que el de los mártires voluntarios era un medio de resistencia espiritual frente a la islamización cultural. Él mismo ocultó y defendió a Leocricia, joven musulmana convertida al cristianismo. Ambos fueron arrestados y ejecutados el año 859. La fiesta de San Eulogio de Córdoba mártir se celebra el 9 de enero. En 883 Alfonso III el Magno obtuvo del emir de Córdoba las reliquias de ambos, que fueron trasladadas a Oviedo y depositadas en la cripta de la Catedral.

Sobre las complicadas y posiblemente positivas relaciones de Erdogan y el mundo ortodoxo, la sección “Cristiani nel mondo musulmano”, del boletín del pasado diciembre de la Fondazione Oasis, ha publicado un artículo muy interesante de Tolga Bilener: “Il silenzioso ingresso della Turchia nella geopolitica ortodossa”. En él, Bilener escribe: “Ankara puede reconocer cada vez más la utilidad de interactuar también con actores religiosos no islámicos cuando las circunstancias lo requieran. El Patriarcado ofrece acceso a redes distribuidas por una amplia zona geográfica que, de otro modo, permanecerían fuera del alcance de Turquía”.

J. Ramón Echeverría

CIDAF-UCM

Autor

  • Investigador del CIDAF-UCM. A José Ramón siempre le han atraído el mestizaje, la alteridad, la periferia, la lejanía… Un poco las tiene en la sangre. Nacido en Pamplona en 1942, su madre era montañesa de Ochagavía. Su padre en cambio, aunque proveniente de Adiós, nació en Chillán, en Chile, donde el abuelo, emigrante, se había casado con una chica hija de irlandés y de india mapuche. A los cuatro años ingresó en el colegio de los Escolapios de Pamplona. Al terminar el bachiller entró en el seminario diocesano donde cursó filosofía, en una época en la que allí florecía el espíritu misionero. De sus compañeros de seminario, dos se fueron misioneros de Burgos, otros dos entraron en la HOCSA para América Latina, uno marchó como capellán de emigrantes a Alemania y cuatro, entre ellos José Ramón, entraron en los Padres Blancos. De los Padres Blancos, según dice Ramón, lo que más le atraía eran su especialización africana y el que trabajasen siempre en equipos internacionales.

    Ha pasado 15 años en África Oriental, enseñando y colaborando con las iglesias locales. De esa época data el trabajo del que más orgulloso se siente, un pequeño texto de 25 páginas en swahili, “Miwani ya kusomea Biblia”, traducido más tarde al francés y al castellano, “Gafas con las que leer la Biblia”.

    Entre 1986 y 1992 dirigió el Centro de Información y documentación Africana (CIDAF), actual Fundación Sur, Haciendo de obligación devoción, aprovechó para viajar por África, dando charlas, cursos de Biblia y ejercicios espirituales, pero sobre todo asimilando el hecho innegable de que África son muchas “Áfricas”… Una vez terminada su estancia en Madrid, vivió en Túnez y en el Magreb hasta julio del 2015. “Como somos pocos”, dice José Ramón, “nos toca llevar varios sombreros”. Dirigió el Institut de Belles Lettres Arabes (IBLA), fue vicario general durante 11 años, y párroco casi todo el tiempo. El mestizaje como esperanza de futuro y la intimidad de una comunidad cristiana minoritaria son las mejores impresiones de esa época.

    Es colaboradorm de “Villa Teresita”, en Pamplona, dando clases de castellano a un grupo de africanas y participa en el programa de formación de "Capuchinos Pamplona".

Más artículos de Echeverría Mancho, José Ramón