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Inicio > Bitácora africana >

García Fajardo, José Carlos

José Carlos García Fajardo Director del Centro de Colaboraciones Solidarias es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid. Nacido en Vigo, está casado y tiene seis hijos y diez nietos. Doctor en Derecho por la UCM, también estudió en las universidades de Salamanca, París, Roma y Oxford. De su experiencia profesional como periodista destaca su pasión por la justicia y los derechos humanos.

Fundador de Solidarios para el Desarrollo, ONG dedicada al servicio de los marginados y de los pueblos empobrecidos del Sur, ha visitado y trabajado en más de cincuenta países. Además, ha desempeñado un importante papel en la promoción del voluntariado social en universidades de España, África y Latinoamérica, experiencias que han sido recogidas en su libro Encenderé un fuego para ti.Viaje al corazón de los pueblos de África (1988). Asimismo, es autor de Radiodifusión de sonidos e imágenes (1976), Comunicación de masas y pensamiento político (1984), Los Gazules (1997), Marrakech, una huida 2000), Jhany, una búsqueda (2003), Tu nombre para mí (2004).

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Secuestros y corsarios, por José Carlos García Fajardo

18 de marzo de 2010.

Vuelven a ser noticia los secuestros de barcos pesqueros en las costas de Somalia. En cada país sólo se comentan cuando es apresado un buque de bandera española, o porque es español el capitán de un barco desvencijado matriculado en Kenia. Aunque ahora resulta que el armador es español que montó una sociedad fantasma reservándose el 99% de las acciones y poniendo una a nombre de una mujer Kenyatta para evadir impuestos y explotar a una marinería indígena sin contratos laborales.

Se comenta desde una perspectiva nacionalista y neocolonialista propia de tiempos pasados. Y claman al Gobierno y a la Unión Europea para que envíen barcos y helicópteros a su rescate, y los movilizan para tratar con los secuestradores mientras la oposición política acusa al Gobierno de hacerlo y lo crucificaría si no lo hiciese. Los responsables de los barcos son sus armadores, sus capitanes y patrones que esquilman los caladeros de otros pueblos, más que países.

Igual sucede cuando unos deportistas temerarios se hundieron en el Mar Rojo, mientras hacían pesca submarina en un cascajo no preparado. O cuando unos montañeros sin preparación ni medios adecuados sufren un accidente escalando una cima muy difícil. Parece que todo el mundo tiene derecho a cometer todas las imprudencias, porque les apetece. Como unos invidentes que se empeñaron en ir al Polo Sur con todo un despliegue mediático y publicitario. Hace poco, otros invidentes se empeñaron en que tenían que escalar el Mont Blanc, y lo hicieron ayudados por un equipo de soporte y ayuda que costó un dineral, apoyados por una organización “humanitaria”. Si algo pasa, se acude a papá Estado para que tire del erario público formado con los tributos de todos los ciudadanos.

Por no hablar de cooperantes temerarios que, en lugar de enviar su ayuda a organizaciones similares en un país africano, montan una caravana de 20 vehículos, con grandes carteles, para llevar comestibles, ropa y medicamentos, y entregarlos en las plazas de los pueblos con la parafernalia de antiguos misioneros, conquistadores y viajeros con cuentas de vidrio. Muchos de esos productos se podrían conseguir en esos países sin arruinar su agricultura.

En pocos años, los mares quedarán esquilmados y desaparecerá el sector pesquero como agente económico. Como ha sucedido con los caladeros europeos donde han destrozado el hábitat de la mayoría de especies.

Por eso nuestras flotas europeas y de otros países se fueron en busca de ricos caladeros de África, Latinoamérica y Asia. En muchos países, se sirvieron de gobernantes sin escrúpulos, de la falta de medios para defender su litoral.

Hemos visto el exterminio de ballenas y otros cetáceos, aunque el 90% de su carne sirviera para fabricar piensos para cerdos y otros animales. Los científicos alertaban, organizaciones de la sociedad civil denunciaban y se arriesgaban en la defensa de esos espacios marinos. Pero los gobiernos y los medios cerraban los ojos porque se trataba de sus intereses económicos.

Ahora todos se escandalizan de los ataques a los buques mientras las grandes potencias, España incluida, envían sus flotas de guerra con miles de marinos y de soldados, aviones, helicópteros, armas y las más modernas tecnologías para proteger a los corsarios de nuestro tiempo: las flotas pesqueras que esquilman desde hace décadas las aguas de Somalia bajo la farsa de que están en “aguas internacionales”. No hay que olvidar que, en Djibuti, Estados Unidos tiene una de sus mayores bases militares y que el Golfo de Adén es crucial en la estrategia occidental.

No hace muchos años los somalíes de la costa veían faenar a esos buques casi en la orilla, pero no tenían modo de defenderse. Ahora que unos aprovechados se han organizado con flotillas y armas para abordarlos les llamamos “piratas”. Pero este nombre conviene más a las flotas de los países ricos que no conocen más derecho que el máximo beneficio a costa de lo que sea y de quienes sean, porque actúan con “patente de corso”.

Nadie justifica los crímenes de esos piratas actuales que se aprovechan del desastre. Pero es preciso buscar las causas de esa situación antes de anatematizarlos. Enviamos a los soldados para combatir a los piratas de turno, olvidando a los auténticos corsarios al servicio de los intereses de siempre. ¿No habría otro destino más justo y seguro para ese ingente dinero empleado en la custodia de unos buques? Los romanos no tenían ejércitos en todo el limes, sino a otros pueblos con los que se habían hecho amigos. Hagamos amigos en lugar de concitar odios y rencores.

Artículo publicado por El Centro de Colaboraciones Solidarias

http://ccs.org.es/



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