Ya me lo advirtió el padre Salvator Arushimana, hutu burundés, refugiado en Tanzania. En 1972, durante la ikiza, la matanza en Burundi de las élites hutus por parte de los tutsi, en represión al conato de toma del poder fallido por parte de aquellos, un juez, tutsi, advirtió a Salvator de que tenía que huir, porque al día siguiente lo iba a condenar a muerte. Cuatro años más tarde, ya en Tanzania, Salvator insistía: “Vosotros, “wazungu” (europeos, occidentales) no comprendéis lo complejo de la situación y reducís todo a una lucha ente buenos y malos” (UCM-CIDAF: Burundi: Sanar la memoria, 4 de junio de 2018). Han pasado casi cincuenta años, y confieso que, “mzungu” como soy, todavía me cuesta aclararme ante la compleja situación política de los hutus y tutsis que conviven en Ruanda, Burundi y partes de Uganda y Congo. Con todo, algunos autores, tutsis y hutus, sí me han ayudado con su vidas y escritos a aceptar con humildad mi ignorancia y a crecer en empatía hacia los habitantes, todos los habitantes, de esa castigada zona. Quiero presentar tres de esos autores, tres miradas diferentes desde el interior de las difíciles relaciones hutu-tutsi.
«Me hice escritora porque hubo un genocidio en Ruanda». Así se explicaba Scholastique Mukasonga en una entrevista en 2024. Nacida en Ruanda en 1956, de etnia tutsi, completó sus estudios como asistente social en Burundi, a donde tuvo que exiliarse en la década de 1970. Ahora vive en Francia. Entre sus libros, tal vez sea Nuestra Señora del Nilo (Notre Dame du Nil, 2012), con la que ganó los premios Renaudot, Ahmadou-Kourouma y Océans France Ô, el que mejor evoca la transversalidad de las tensiones tribales en Ruanda. Los eventos narrados en el libro se sitúan en la época anterior al golpe de Estado de Juvénal Habyarimana en 1973, dos décadas antes del genocidio de 1994 contra los tutsis. Y se inspiran en la experiencia de Mukasonga como estudiante en el liceo para élites femeninas Nuestra Señora de Citeaux, en Kigali, en el que se reservaba una cuota del 10 % para las alumnas tutsi (No hay datos oficiales sobre la proporción actual de Tutsi en Ruanda, que algunos sitúan entre el 14 % y el 15 %). Mukasonga acabó el liceo en 1973, año en que, según ella, se empezó a preparar de verdad el futuro genocidio. El libro describe cómo el deseo de amistad, aceptación y poder de las adolescentes hutu y tutsi que conviven en el liceo “Nuestra Señora del Nilo”, lo convierten en un microcosmos en el que se refleja la creciente tensión étnica y el clima de violencia que culminará en los sucesos de 1973 y 1994. Pero además de evocar el latente conflicto tribal, las escapadas y aventuras algunas alumnas permiten a Mukasonga recordar igualmente tradiciones, mitos y leyendas del antiguo Ruanda.
Porque en sus escritos evoca con una admirable sencillez literaria los valores y costumbres tradicionales que comienzan a sentirse acorralados en nuestro mundo moderno, el sacerdote, escritor y filósofo burundés de etnia hutu, Michel Kayoya, se convirtió tras su asesinato en fuente de inspiración para las nuevas generaciones de su país. Su diócesis, Muyinga, ha iniciado el proceso canónico para su beatificación. Nacido en 1934 y ordenado sacerdote en 1963, fue rector del seminario de Mugera, donde el mismo había estudiado. Como ecónomo diocesano, reorganizó las cuentas de la diócesis con el fin de que se llegara a la independencia económica de las parroquias. Era la época en la que, en el país vecino, la Tanzania de Nyerere y su “kujitegemea”, algunos obispos promovían la autosuficiencia de parroquias y diócesis. Kayoya fundó el Centro Cultural de Buyogoma y promocionó lo que hoy se conoce como la Unión del Clero Incardinado. Sus iniciativas le trajeron envidias y recelos. Fue su propio obispo hutu Nestor Bihona quien, durante la Ikiza lo denunció a las autoridades tutsi. Fue ejecutado el 15 de mayo de 1972 con otros doce sacerdotes de la misma diócesis de Muhinga mientras cantaban el Magnificat. Según un testigo “Antes de la ejecución, el padre Kayoya cantó el Magnificat y pronunció palabras de perdón a quienes estaban a punto de matarle. Los soldados que le dispararon estaban llorando«. [En 1977, el Vaticano forzó la dimisión de Bihonda, considerado culpable de la muerte de sus sacerdotes]. Una selección de los pensamientos de Kayoya se encuentra en dos libros publicados por Lavigerie Press en Bujumbura: Entre Deux Mondes [Entre dos mundos] (1970) y Sur les Traces de Mon Père, éste disponible en castellano, Tras las huellas de mi padre (Editorial Mundo Negro). Mezclando autobiografía, ensayo y poesía, «Entre dos mundos» y «Tras las huellas de mi padre» brillan por su atemporalidad. «Tras las huellas de mi padre» es una historia que parece una novela iniciática. Seguimos las reflexiones de un joven intelectual bien anclado en los códigos de su civilización burundesa y su cultura, y el choque ético cuando visita Europa. Cita muy a menudo a su padre y a su madre, un modo de sublimar la cultura burundesa con un toque de nostalgia por parte del narrador.
Mi tercer personaje, otra mirada diversa, es Gaël Faye (Buyumbura, Burundi, 1982), hijo de madre ruandesa tutsi y padre francés, escritor y cantautor que a los trece años tuvo que huir a Francia debido a la guerra civil en Burundi y el genocidio de los tutsis de Ruanda. Y entre sus libros, “Pequeño país” (Petit Pays, Éditions Grasset 2016, premios FNAC y Goncourt des Lycéens, entre otros) es la historia de la transición a la edad adulta, ambientada en el turbulento período del genocidio de Ruanda (1994), que se extendió a los países vecinos. No es, según su autor, una novela autobiográfica, aunque sí está inspirada en su propia historia.
La novela ofrece un relato íntimo, introspectivo y muy cercano a través de la mirada de un niño, Gaby, que, con una inocencia cautivadora, va contando con mucho detalle, paisajes, personas, hechos y, sobre todo, tradiciones en el barrio de Kinanira, de la ciudad Buyumbura, la capital de Burundi. Pero el entorno feliz comienza a resquebrajarse, primero con los problemas de convivencia entre su madre, la ruandesa Yvonne, y su padre, el belga Michel. Este se siente muy cómodo disfrutando de un estilo de vida que no podría tener en Francia, mientras que Yvonne se siente desconectada. Ella, su madre y su abuela abandonaron Ruanda debido a un conflicto interétnico previo, y echa de menos a su familia que aún vive en Ruanda. Y a Gaby, al que no interesan las historias nostálgicas sobre Ruanda de su madre, no le gusta que ésta se niegue a que él aprenda el idioma local. Finalmente, el paraíso en el que viven se rompe en mil pedazos con la irrupción de la guerra, en medio del odio y la violencia que obligan a Gabriel y a su hermana a marcharse a Francia solos, antes de que sea demasiado tarde.
Ramón Echeverría
CIDAF-UCM
