Aún recuerda una amiga mía el rostro de Helena, su nieta, menudita ella, ojos atentos y boca entreabierta, escuchando embelesada las palabras de Nzukami, una amiga congoleña: “Veo que este año te has portado muy bien y se lo voy a decir a mi amigo, el rey Baltasar”. Así que, ese año y el siguiente, fue Baltasar quien trajo juguetes a la pequeña Helena.
Papa Noel, El Viejito Pascuero (en Chile), Santa Claus (que en Austria se pasea con Krampus, por si algún niño no se ha portado bien), la Befana (en Italia), el Viejito Pascuero Olentzero (el carbonero que baja de la montaña para repartir juguetes o carbón en el País Vasco y Navarra), los Reyes Magos… son para los niños occidentales “tiempo de regalos”.
En casi todas las culturas, los niños reciben regalos en las diferentes etapas de su entrada en sociedad a través de los ritos de iniciación. Pero también los reciben en determinadas fiestas, tal que la Navidad en los países occidentales, que la costumbre ha ido asociando con la alegría de los más pequeños. Entre los budistas, ese intercambio de regalos se lleva a cabo durante las festividades de Año Nuevo (Songkran en Tailandia, Thingyan en Myanmar, Pi Mai en Laos) que caen normalmente en nuestro mes de abril. Y los regalos para los niños, dulces, dinero (en algunos países en sobres rojos) y ropa son más bien simbólicos y modestos. También se intercambian regalos en la fiesta de Vesak, el día más sagrado del budismo, en el que se conmemora conjuntamente el nacimiento, la iluminación y el fallecimiento de Siddhartha Gautama, el Buda histórico. Pero también en Vesak los regalos son modestos, y suelen evocar valores espirituales. En los países musulmanes los niños suelen ser obsequiados en su cumpleaños, o al completar el aprendizaje del Corán. Pero la fecha más importante para recibir regalos es Aid al-Fitr, al finalizar el mes de Ramadán. También lo es, pero menos, Aid-al Adah, la Fiesta del Cordero, la fiesta musulmana por excelencia.
Al anochecer del próximo 18 de febrero de este año 2026 comenzará en el calendario musulmán el mes de Ramadán. El ayuno es uno de sus rasgos más visibles. Y una vez más, aquí y allá se repetirá en las familias que ayunan (mayoría absoluta) una bonita escena: la de los pequeños pidiendo insistentemente a sus padres poder ayunar como los mayores [niños, enfermos, y personas muy mayores no están obligados a ayunar], y la perspicaz respuesta de alguna madre: “De acuerdo. Pero como aún eres pequeño, también tu ayuno tiene que ser pequeño. Así que cada día ayunarás dos horas, de 10 a 12 de la mañana”. Claro que, para los niños, el “ayuno” no es el único motivo de celebración. Está también el ambiente festivo de las tardes de Ramadán, al acercarse el final, la fiesta del Eid-al Fitr, con los posibles regalos en perspectiva.
Para un niño, cualquiera que sea su religión o su país, un regalo es un regalo. Pero sí hay diferencias en el modo de entenderlo, sobre todo en la intención de los mayores. Tradicionalmente, en los países musulmanes son los ancianos de la familia extendida los que solían dar un dinerillo a los pequeños, la “paga” que se decía antes en muchos lugares de España, y alguno dulces. Los padres, además de los dulces, compran ropa que los pequeños estrenarán ese día, pavoneándose en parques y calles, un poco como en Europa suele gustar a algunos niños estrenar sus juguetes en púbico, sobre todo si se trata de tambores, espadas y rifles con balas de corcho. También es cierto que, en algunos países como Egipto, y entre los musulmanes que viven en Occidente, los juguetes comienzan a formar parte de los regalos del Aid al-Fitr. De todos modos, los regalos forman parte de la celebración comunitaria del Aid y sirven para reforzar la jerarquía de la familia extendida, el respeto hacia los ancianos y los lazos comunitarios. Y desde luego que los regalos no se ofrecen en el contexto tan comercializado como el de muchos países occidentales. En todo caso, esa comercialización la reservan muchas ciudades musulmanas para los días que preceden a Ramadán, cuando hay que asegurarse de que haya todo lo necesario para celebrar bien durante todo el mes la ruptura festiva del ayuno.
En un contexto tan familiar y comunitario como el del Islam, no se da la personalización mítica de los regalos que tiene lugar en Occidente. No son Santa Claus ni la Befana, sino tu tío abuelo el que te da la paga. Y no te compra esa bonita camisa el rey Melchor, sino tus padres. ¿Es posible que la personalización mítica de los regalos agudice la imaginación y la alegría de los niños, y que el desencanto al saber que ni Papa Noël, ni los Reyes Magos, ni el Olentzero existen forme parte de los ritos de iniciación? Puede. Pero yo pienso en Ignacio Baleztena Ascárate (1887-1972), también conocido como Premín de Iruña y Tiburcio de Okabio, abogado, escritor y político navarro que contribuyó a dibujar el alma de Pamplona y sus fiestas en el siglo XX. Colaboró en 1927 en el comienzo de la Cabalgata de los Reyes Magos de Pamplona. Se cuenta que en esa primera cabalgata Pedro Mari, hermano pequeño de Ignacio, hacía de “Melchor”, el rey europeo. Un sobrino de cinco años de los Baleztena observaba atentamente la Cabalgata desde el balcón de la casona que da al Paseo Valencia (ahora Paseo de Sarasate). De repente, reconoció al rey Melchor, y exclamó: “Ese es el tío Pedro. ¡Ya no creo en Dios!”.
J. Ramón Echeverría
CIDAF-UCM
