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Inicio > REVISTA > Cultura > Cuentos y relatos africanos >

Mi vida: mis dos estrellas, por Rosario Natividad Calero - Alumna del IES Giner de los Ríos
18/02/2011 -

Con motivo de las actividades de “África en la Escuela” que realizamos en el Instituto de Educación Secundaria Giner de los Ríos de Alcobendas (Madrid), los profesores y alumnos tuvieron la inciativa de organizar un concurso de cuentos con temática africana . Estas narraciones se publicarán en esta sección de Cuentos africanos/Sabiduría africana, pues aunque no procedan de África si son resultado de su reflexión sobre las culturas y las sociedades de África.

Hola, me llamo Níger y vivo en Ruanda, África. Soy una niña de siete años, bajita, a consecuencia de los pocos alimentos que hay en mi país y al poco dinero que tiene mi padre; tengo el pelo negro con un rizo muy pequeño, habitual en las mujeres y niñas de mi raza, y una tez morena como el chocolate.

Durante la semana, intento asistir a las clases que suelen dar algunos misioneros procedentes de muchos países, que nos enseñan a escribir, leer, pintar, los valores de la vida, la religión y sobre todo, nos cuentan historias de cómo es la vida en otros continentes y países y, sinceramente, yo pienso que es muy estresante, poco solidaria y muy monótona; en cambio, aquí es muy diferente: es todo más libre, con menos contaminación, pero, a la vez, que muy empobrecidos, riquísimos en cultura y minerales. Después de hacer una pequeña presentación, os voy a contar la pequeña historia de porqué me quedé sin mi madre llamada Semarah y mi pequeña hermana de cinco años, llamada Lejaray.

Era una mañana como todas y, aunque yo tenía un mal presentimiento, desayunamos u vaso de agua, que fuimos a buscar al pozo mi madre y yo y dos melocotones, que compartí con mi hermana pequeña. Yo salí de casa pronto, pues el colegio se encontraba bastante lejos de mi casa y no siempre podía ir, por tener que ayudar en el trabajo a mis padres. Ellos trabajaban para unos señores alemanes importantes, que utilizaban a la mayoría de ruandeses adultos para explotar los grandes yacimientos de minerales que poseía mi país, a cambio de un salario tan mínimo, que se podría decir que trabajaban como esclavos.
Cuando ellos salieron a trabajar con mi hermana pequeña, yo salí para el colegio y, al llegar, saludé a Fernando, que era el misionero español que nos daba clase ese año. Ese día tocaba aprender los colores, que eran muchos y como ese día, andaba algo distraída, sólo me pude aprender cuatro.

Al volver a casa, estaba muy triste y sola, por el hecho de que no había nadie y a esas horas, se suponía que mi familia tendría que haber regresado. Entonces, me quedé sentada en el sitio, donde se sienta mi padre que se componía de unas pequeñas ramas entretejidas para hacer como un cuadrado cubierto de tela, es decir, uno de los sitios más cómodos de mi casa. Me quedé sentada como una hora o más pensando en el hambre que tenía, pero estaba acostumbrada, ya que no siempre, mis padres ganaban el suficiente dinero como para comer todos los días, aunque lo intentaban. En esos momentos, apareció mi vecina con cara de preocupación y me cogió de la mano para llevarme a su casa a comer un trozo de carne que le había comprado su hijo mayor. Decidí no preguntar nada, aunque su cara era como un libro abierto ante el cual, yo sólo me asustaba.

Me entretuve con su hija mayor haciendo pulseras de plantas secas y trozos de madera, hasta que llegó mi padre con la cara llena de golpes y llorando como un desconsolado y lo único que me dijo era que lo sentía. Lo entendí todo y corrí a llorar a sus brazos cansados; esa noche no dormí. Al día siguiente, le pregunté cómo murieron y me contó que los vigilantes de la mina habían visto a mi hermana meterse un diamante entre la ropa y disgustados,la mataron de un disparo; enloquecida, mi madre fue a pegar a ese hombre, pues todo había sido un error, pero a ella también la mató otro disparo. Mi padre al llegar corriendo desde más lejos, no supo qué hacer, se echó a llorar y fue entonces cuando le pegaron por moverse de su puesto de trabajo, aunque no lo llegaron a matar.

Desde entonces, sólo vivimos él y yo y cada noche, cuando no hay nubes en el cielo, nos tumbamos a observar la gran belleza nocturna que nos regala la naturaleza, ya que en mi país se ve muy bien el cielo, que no está contaminado, y decimos que las dos estrellas más bonitas , perfectas y luminosas son mi querida mamá y hermana pequeña, a las que echo de menos y quiero tanto como a mi vida.


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