Al menos 200 personas murieron en la última semana de enero, según informaciones locales, cuando las fuertes lluvias provocaron una serie de deslizamientos catastróficos de tierra en la mina de coltán de Rubaya, en el este de la República Democrática del Congo.
La mina de Rubaya, que produce alrededor del 15 % de todo el coltán mundial, materia prima indispensable para la fabricación de teléfonos inteligentes, computadoras y motores de aeronaves, ha estado bajo el control del grupo rebelde M23 desde 2024. Naciones Unidas afirma que el M23 ha saqueado las riquezas de la mina para financiar su insurgencia.
Un portavoz designado por este grupo rebelde afirmó que entre las víctimas se encontraban mineros, niños y comerciantes. Además de los muertos, hay al menos 20 heridos, algunos trasladados a centros de salud locales y otros a Goma, la ciudad más cercana, a unos 50 kilómetros de distancia.
Dado que las operaciones de búsqueda y rescate continuaban, las autoridades informaron que el número de muertos podría aumentar. El gobernador de la región ha suspendió temporalmente la minería artesanal en el lugar y ordenó la reubicación de los residentes que habían construido sus moradas en las cercanías de la mina.
El avance del M23, apoyado (según la ONU) por Ruanda, ha ampliado su dominio sobre zonas ricas en minerales en el este del país, utilizando esos recursos para sostener la rebelión, algo que Kigali niega. De este modo, se perpetúa la paradoja de un territorio rico que no es capaz de cuidar a su propia población. Como señalan las Naciones Unidas, se trata del “saqueo de los recursos de Rubaya para financiar el conflicto”, mientras que “más del 70 % de los congoleños vive con menos de 2,15 dólares al día”.
A pesar de un acuerdo mediado por Estados Unidos entre los gobiernos congoleño y ruandés, y las negociaciones en curso en Kinshasa con los rebeldes, los combates continúan en varios frentes de la región.
Fuente: Africanews
[Traducción y edición, Jesús Zubiría]
[CIDAF-UCM]

