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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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La diócesis sursudanesa de Rumbek tiene nuevo obispo... después de diez años, por José Carlos Rodríguez Soto

26 de marzo de 2021.

El pasado 8 de marzo, el Papa Francisco nombró al sacerdote italiano Christian Carlassare nuevo obispo de Rumbek, en Sudán del Sur. Con 43 años, este misionero comboniano se convierte así en el obispo más joven del mundo. Pero lo que más llama la atención es el hecho de que esta diócesis ha estado vacante nada menos que diez años. El dato revela que hay lugares del mundo en los que un relevo episcopal puede convertirtse en un asunto muy delicado, y en Roma saben que se impone actuar con cautela y eso implica tomarse todo el tiempo que sea necesario.

Estuve en una ocasión en Rumbek, en el año 2009, durante una visita de una semana para identificar posibles proyectos de una ONG para la que trabajaba yo entonces. Con unas temperaturas que pueden llegar a rozar los 50 grados y unas extensísimas sabanas secas, pocos lugares he conocido tan inhóspitos. Casi todos sus habitantes son pastores de etnia Dinka, divididos en varios clanes que se disputan en reyertas interminables la posesión de sus rebaños de bovino, prácticamente el único recurso del que disponen. Los muertos en choques armados se suelen contar por centenas cada año.

Estuve unos pocos días en Mapourdit, una remota parroquia de los combonianos donde se levanta el único hospital en muchos kilómetros a la redonda, y recuerdo que acompañé a un cura mexicano a dos comunidades rurales para la oración dominical. En ambas celebraciones apenas acudió un puñado de niños y poquísimas mujeres. Un panorama muy distinto del que se encuentra uno en otros lugares de África, con grandes masas de fervorosos creyentes en enormes iglesias que se quedan pequeñas.

Comprobé que las distancias entre las comunidades son enormes, y por los caminos uno se cruza cada dos por tres con hombres armados, en muchos casos niños, que pastorean sus rebaños. Me impresionó el trabajo titánico de las monjas combonianas y las hermanas de Loreto que a base de muchísimo esfuerzo estaban consiguiendo proporcionar educación a muchas niñas, desafiando una cultura tradicional fuertemente machista que hace que sea muy raro el acceso a la educación de la mujer.

Durante los años más difíciles de la guerra entre el ejército de Sudán y los rebeldes del sur, la diócesis de Rumbek estuvo liderada por el obispo comboniano Caesar Mazzolari, un verdadero apóstol de la paz que se desvivió por aliviar el sufrimiento de la gente. Murió, a los 74 años, en julio de 2011, víctima de un infarto que le fulminó en plena celebración de una misa que celebraba apenas una semana después de la proclamación de la independencia de Sudán del Sur.

La diócesis tenía entonces sólo un sacerdote diocesano, el padre John Matiang, que no era Dinka y que procedía de otra zona sursudanesa. Tras la muerte del obispo Mazzolari, se hizo cargo de la diócesis un comboniano italiano a quien conocía de mis años de teologado en Kampala y que ocupaba el puesto de vicario general. Dos años más tarde Roma le sustituyó por el padre Matiang como administrador apostólico.

En estas circunstancias, encontrar un nuevo obispo es una tarea muy delicada, sobre todo en un contexto eclesial como el de Sudán del Sur, en el que la Iglesia no está exenta del tribalismo que marca fuertemente a esta sociedad y que es el origen del conflicto fratricida que sufre Sudán del Sur desde 2013. Las fuertes tensiones étnicas son un problema que viene de muy atrás, y que durante los años de la guerra civil se barrió debajo de la alfombra.

Recuerdo, durante mis primeros años en Uganda, la impresión que me causaba oir a compañeros combonianos que venían de Sudán y nos contaban que un obispo recién nombrado para Yei,en 1986, no podía entrar en su diócesis debido a las amenazas, incluso de muerte, que recibía continuamente de algunos de sus nuevos diocesanos, algún miembro del clero incluido. El neoprelado, Ercolano Lodu, cuya única culpa parece que era ser de la tribu equivocada, entró finalmente después de una paciente espera de dos años cuando se habían calmado algo las aguas.

Algo parecido ocurrió el año pasado en la archidiócesis de Yuba. Tras la aceptación de la renuncia del arzobispo Paulino Lukudu, con 79 años, Roma nombró en diciembre de 2019 como nuevo prelado a Stephen Ameyu Martin Mulla, que era entonces obispo de la vecina diócesis de Torit. Su nombramiento fue acogido con hostilidad por un grupo de católicos de Yuba, entre los que se contaban tres sacerdotes, quienes dirigieron una furiosa carta al nuncio afirmado que el nuevo obispo no sería bienvenido “nunca”. Monseñor Martin Mulla tomó finalmente posesión de su cargo en marzo del año pasado pero las tensiones nunca han remitido del todo.

Durante mis años en Uganda, conocí de cerca algunos casos parecidos en los que más de un obispo o cargo diocesano se ha visto en la desagradable situación de verse rechazado por razones que tenían mucho que ver sobre su origen étnico. Hay diócesis en las que el clero (a menudo aún joven y poco cualificado) se siente muy molesto al ver que nombran obispo a un clérigo foráneo y reaccionan sintiéndose ofendidos. No es de extrañar que en Roma se anden con mucho cuidado a la hora de nombrar a obispos de ciertas diócesis donde se sabe que los conflictos en el seno de la institución pueden estallar con mucha facilidad.

He conocido a más de un cura africano que, al ser consultado por el Nuncio sobre si estaría dispuesto a aceptar ser obispo de la diócesis donde trabaja no ha dudado ni un instante en rechazar la propuesta, porque sabe perfectamente que no le van a aceptar y no está dispuesto a pasar por un calvario interminable. En estas situaciones, a menudo en Roma se inclinan, después de muchas pacientes consultas con la mayor discreción posible, por nombrar a un misionero expatriado que tenga buenas relaciones con todos y aparezca como más “neutral”. Este ha sido caso en Rumbek, donde el joven padre Christian, que lleva en Sudán del Sur desde 2005, se ha mostrado como una persona con capacidad para tejer buenas relaciones con todos.

Pero aunque no se puede negar la existencia de estos casos, que pueden parecer bastante llamativos, por fortuna no es lo más habitual en las iglesias de África, donde en la mayoría de sus diócesis uno se encuentra hoy con obispos africanos, sin que a la gente le importe de dónde vengan. Sin embargo, el cáncer del tribalismo sigue muy presente en algunos lugares y prueba que la Iglesia suele estar afectada por los mismos conflictos que carcomen a las sociedades en las que está presente.

Original en: En clave de África



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