No se puede acusar de optimismo voluntarista al semanario británico The Economist. Por eso, a lo largo de 2026, me han llamado la atención algunos de sus artículos sobre África: “Motivos para el optimismo en Sudáfrica” (27 de enero); “Empresas extranjeras y africanas están dando al continente motivos de esperanza” (19 de marzo); “Olvidad el oro y el cobre. El último boom económico de África está en la fruta” (2 de agosto); “Los silenciosos magnates que impulsan el auge de África” (23 de agosto); “Qué puede hacer la mayor OPV de África por sus mercados bursátiles” (15 de septiembre). Este último llevaba como subtítulo “Una nueva generación de inversores está comprando acciones africanas”, y se refería explícitamente, entre otros, al nigeriano Aliko Dangote, cuyo “Dangote Group” ha invertido en Nigeria en empresas de cemento, fertilizantes y refinado de petróleo. Y que el pasado mes de septiembre anunció la expansión de sus ambiciones industriales con la creación en África Oriental de una refinería de petróleo planificada por 16.000 millones de dólares en Lamu, Kenia. “El futuro de África estará moldeado por la inversión más que por la ayuda”, era el subtítulo del artículo del The Economist del mes de marzo citado más arriba.
Sólo que, escribiendo desde Europa, y más precisamente desde España, estoy acostumbrado a observar cómo la macroeconomía crece y suben las acciones en bolsa, mientras que la gente de a pie sufre al aumentar el coste de la cesta de la compra, y observa impotente cómo la inflación destruye su poder adquisitivo. Por eso, siempre sobre la economía en África, también me llaman la atención otros artículos que no siempre aparecen en The Economist. Los de este año hablan a menudo del desempleo juvenil: “El paro juvenil vuelve a aumentar” (UN News, 11 de agosto); “Paro juvenil en Sudáfrica” (Nicolas Berger, 20 de septiembre). Y, tirando de archivo, este artículo del periódico online The African Spectator (25 de septiembre de 2024): “Desempleo juvenil en África: una crisis que amenaza la estabilidad. Con millones de jóvenes africanos sin empleo, el desempleo supone un riesgo creciente para la prosperidad y la paz futuras del continente”.
El pasado mes de agosto, la OIT publicó “Tendencias mundiales del empleo juvenil 2026”. Según el informe, el desempleo juvenil es excepcionalmente alto en África del Norte y en los Estados Árabes. Es menor en África subsahariana, simplemente porque los jóvenes no pueden permitirse permanecer en paro. Pero, aunque la tasa de desempleo juvenil en África subsahariana puede parecer modesta, un 8’9 % en 2023, la realidad es que tres cuartas partes de los jóvenes subsaharianos carecen de empleo estable, y un 22 % tampoco estudian ni siguen una formación. Sobreviven en la precariedad de la economía informal. África es el continente más joven. En 2025, su población era de aproximadamente 1.550 millones de personas, con una edad media de solo 20,3 años. Se prevé que en África la población joven se haya duplicado en 2050. Y por ahora el rápido crecimiento demográfico supera la creación de empleo. El Banco Africano de Desarrollo estima que entre 10 y 12 millones de jóvenes entran en el mercado laboral africano cada año, mientras que solo se crean alrededor de 3 millones de empleos formales. Buena parte de las economías africanas dependen en gran medida de la agricultura y las industrias extractivas, y no lo suficiente de la manufactura y los servicios. Por ello, en lugar de “Los jóvenes africanos no encuentran trabajo”, sería más acertado decir que “Los jóvenes africanos no pueden encontrar empleos suficientemente productivos, formales y seguros”.
Y el problema se agrava por la descoordinación entre la educación y las demandas del mercado. En muchos sistemas educativos, la teoría académica suele tener prioridad sobre las habilidades prácticas o vocacionales, lo que resulta en graduados que poseen títulos universitarios, pero carecen de habilidades empleables. En general, según la OIT, en los países menos desarrollados los jóvenes con educación avanzada pueden experimentar un desempleo más alto (21 % en 2023) que aquellos con educación básica (5’8 % ese mismo año). De ahí que en un artículo del pasado 2 de mayo, “África y el reto de las habilidades: cuando la formación se convierte en el arma estratégica del continente”, la redacción de Educatis, tras constatar la capacidad de muchos jóvenes africanos para utilizar los nuevos conocimientos informáticos, añadía: “Aunque la educación virtual está ganando popularidad, lo digital no puede hacerlo todo […] La promesa de EdTech solo se cumplirá si va acompañada de inversiones reales en infraestructuras y una pedagogía adaptada a las realidades locales.”
Esa pedagogía adaptada, está intentando llevarla a cabo el gobierno sudafricano. En 2011 lanzó NARYSEC (National Rural Youth Service Corps), un programa diseñado para ayudar a jóvenes (de 18 a 35 años) en zonas rurales mediante la formación en habilidades, servicio comunitario y oportunidades relacionadas con el empleo. Más allá de la formación individual, el programa pretende fortalecer la capacidad local de las infraestructuras rurales, agricultura, servicios comunitarios y pequeñas empresas. Según el Departamento de Reforma Agraria y Desarrollo Rural 7459 jóvenes han seguido el programa en todo el país entre 2022 y 2025. Pero el Departamento no indica cuántos graduados consiguieron posteriormente un empleo permanente, cuántos permanecieron empleados un año después o cuántas de las nuevas empresas creadas sobrevivieron. Sí que lo ha divulgado el gobierno local de Limpopo, la provincia más al norte del país, en la frontera con Zimbabue. Los empleos conseguidos por sus participantes en el programa NARYSEC han incluido empleos en seguridad, educación, turismo, servicios de belleza, tecnología de la información, comercio minorista y administración de empresas. El informe indica también que, como consecuencia de NARYSEC, se han creado 27 cooperativas y tres empresas privadas registradas. Esperemos que el ejemplo cunda en el resto del continente.
J. Ramón Echeverría
[CIDAF-UCM]

