No es un “cuento” de Navidad. Lo mío es una historia, algo que me pasó en Navidad hace más de cuarenta años. Siempre me ha gustado alternar la enseñanza con períodos en parroquias. Y tras unos años en Kahangala, primer seminario en África Oriental para futuros padres blancos africanos, me enviaron a Manzese, una parroquia de Dar es Salaam. Al poco tiempo, el párroco, Gérard, compañero francés y excelente hombre de terreno, decidió volverse a Mbeya, junto a los campesinos que había acompañado durante tantos años. Así que tuve que hacer de párroco, con la ayuda de Charly Matte, un canadiense ya entrado en años.
Llegaba la Navidad, y vinieron a verme tres miembros del “Halmashauri” (consejo parroquial), a “quejarse” por un doble motivo. El primero, de fácil solución, era que “los padres [ahora Charly y yo], no gastaban lo suficiente, particularmente en comida”. Puede parecer extraño, y para explicarlo, tengo que mencionar a Josephus Blomjous, compañero padre blanco, primer obispo de Mwanza (Tanzania, junto al lago Victoria) entre 1953 y 1965. Hombre de visión a largo plazo, y convencido de que la gente responde cuando se la responsabiliza, inició la costumbre de que los sacerdotes, nativos y misioneros, vivieran en sus parroquias únicamente de lo que la gente aportase. Muchas diócesis adoptaron la idea. No fue fácil al principio, pero, en general, el sistema funcionó, especialmente en parroquias grandes como la de Manzese en Dar es Salaam. De ahí la preocupación de los consejeros. Porque, gastando poco, los padres daban la impresión de que la parroquia no tenía recursos, y que los parroquianos estaban siendo poco generosos, menos que los de las parroquias vecinas. Así que prometimos al Halmashauri que íbamos a gastar un poco más y hacer algunas mejoras en la casa. Primera queja solucionada.
Luego vino la segunda, un bombazo. Me lo lanzó Stephen, el “mwenyekiyi” (presidente). “Para estas navidades no queremos el belén del año pasado. Queremos que se ponga el de siempre”. Gérard, como muchos misioneros, era un partidario convencido de la “inculturación” y había conseguido, para el belén parroquial, un conjunto de figuras en ébano, esculpidas por artesanos makonde. Los makonde son una tribu a caballo entre Mozambique y Tanzania, cuyo mito fundador cuenta cómo el primer antepasado esculpió una mujer de manera tan perfecta que la hizo viviente, convirtiéndola en la madre originaria de los makonde. Y desde tiempo inmemorial éstos son reconocidos como los mejores escultores de ébano de la región. Las figuras del niño Jesús, María, José y los tres magos que consiguió Gérard, eran bellísimas. Pero no gustaron a los parroquianos. “¿Por qué?” La respuesta del mwenyekiti fue inmediata: “Porque Jesús no era negro”. Me quedé de piedra. También yo soy partidario de la inculturación, algo muy vital pero difícil de definir, y desde que llegué a Tanzania en 1971, siempre tuve la impresión de que los misioneros, seguramente sin buscarlo, habíamos contribuido a la colonización cultural de Africa. Pero Stephen tenía razón, Jesús no era negro. ¿No sería la inculturación promovida por los misioneros europeos un tanto artificial? Llovía sobre mojado. Pocas semanas antes, en el tren que me conducía a Morogoro, desde donde descendería a una diócesis del sur, para dar unos cursos a sacerdotes y catequistas, me interpeló un compañero de viaje, un profesor que había conocido en Tabora, buen cristiano, un tanto sofisticado: “Padre, ¿no te parece absurdo lo que estás haciendo, que tú, que eres europeo, vas a hablar de Jesús, que era judío, a un montón de africanos europeizados?”.
Así que mi respuesta al mwenyekiti Stephen fue casi tan rápida como la suya: “A mí no me gusta el belén antiguo, ese que vosotros queréis. Su niño Jesús es rubio y con ojos azules. Parece irlandés. Y Jésus no era irlandés”. –– “Sí, pero se parece un poco más a Jésus que la figura que trajo el padre Gérard”. –– “Jesús era judío, y lo más parecido a los judíos son los árabes. Tendríamos que buscar un niño Jesús con rasgos árabes”. Sabía que había dado en el blanco. Los tanzanos nunca olvidarán las caravanas árabes que habían atravesado el país para llevar esclavos hasta Bagamoyo, Mikindano o Pangani, luego a Zanzibar, Pemba o Kilwa, y desde allí a otros puertos del océano Índico para su venta o trabajo forzado en plantaciones de especias o en territorios del Golfo Pérsico, India y las islas del Índico. –– “No, no queremos un niño Jesús árabe. Pero el que a ti no te gusta se parece un poco más a Jesús que el que nos trajo el padre Gérard”, insistían los consejeros.
Al final, llegamos a un acuerdo. Pondríamos el belén tradicional, no el makonde de Gérard. Pero instalaríamos junto al belén una enorme panel con postales navideñas en las que aparecían todo tipo de belenes: sudamericanos, japoneses, europeos barrocos, belenes vivientes, y, naturalmente varios belenes africanos, algunos diseñados por el padre Engelbert Mveng, famoso jesuita camerunés que decoró la catedral de Yaundé y que murió asesinado en 1995. Jesús no era negro. Jesús era judío, un “judío universal”. Aunque eso de que fuera judío, y además “universal”… Hace unos años escuche a un obispo árabe decir: “Muchos son los árabes que nunca perdonarán a Jésus el que naciera judío”. Claro que tampoco los judíos le perdonaron a Jesús el que fuera galileo, y encima galileo de Nazareth. Los occidentales, a pesar de proclamar que la nuestra es una civilización judeocristiana, nos hemos hecho un Jesús muy occidental, a nuestra imagen y semejanza. Y los cristianos de Manzese… sabían que Jesús no era negro. Aún tienen que aprender que tampoco era irlandés, y ni siquiera romano, por mucho que los papas sigan, al menos por ahora, viviendo en Roma.
Ramón Echeverría
CIDAF-UCM
