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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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’Invictus’: Cómo el deporte unió a un pueblo dividido, por José Carlos Rodríguez Soto

2 de febrero de 2010.

"Si quieres acercarte a tu enemigo, aprende su deporte favorito". Esta frase, pronunciada por Nelson Mandela en muchas ocasiones para definir su idea de reconciliación, explica el concepto detrás de Invictus, la película basada en el libro El factor humano, del periodista John Carlin. La soberbia interpretación de Morgan Freeman, que habla con la misma voz que Mandela, camina como él y repite sus mismos gestos, da vida a este brillante film, que pone ante los ojos del espectador la fuerza que tiene el deporte para unir como lenguaje universal.

La primera escena nos lleva a 1990, durante los últimos años del apartheid en Sudáfrica. Dos equipos deportivos –uno de blancos y otro de negros– entrenan en recintos vallados separados por una carretera por donde pasa el convoy de Mandela, que acaba de ser puesto en libertad. "Recordad, muchachos, este es el día en que nuestro país empezará a irse a pique", dice el entrenador de rugby a sus jugadores blancos. Al otro lado, varios jóvenes negros que jugaban al fútbol exultan de alegría. Dos grupos que se miran con recelo y odio mutuo. Todo es diferente en sus mundos, hasta sus aficiones deportivas.

Mandela se encuentra con un país dividido que vive fuertes tensiones tras los años del apartheid. Entiende el miedo de los blancos y quiere reconciliarse con ellos. Su primer día en la oficina presidencial dice a los empleados afrikaner que acaban de empaquetar sus cosas que pueden quedarse si lo desean. Cuando su nuevo jefe de seguridad, un negro curtido en las filas del ANC, le pide más hombres, Mandela le sorprende enviándole a varios de los antiguos guardaespaldas que trabajaron para su predecesor blanco. No acaban aquí las sorpresas: las órdenes del nuevo presidente son que su personal de seguridad debe sonreír siempre cuando aparezca en público.

Mandela está dispuesto a sacar partido del poder que tiene el deporte para unir. Acude a un partido del equipo nacional de rugby, conocido como el Springbok, y se encuentra con un equipo desmoralizado que no da un palo al agua. Durante el partido, contra Inglaterra, el equipo británico es animado por los negros sudafricanos. Para ellos, el rugby es un odiado símbolo de identidad de los blancos que los han oprimido durante varias décadas de racismo institucionalizado. Tal es su rechazo a este deporte, que el nuevo Consejo Nacional de Deportes, dominado por negros, vota a favor de suprimir el equipo de rugby, una decisión revocada en el último momento cuando Mandela interviene personalmente.

Pero no se trata de una mera afición al deporte como entretenimiento. Mandela tiene ante sí la tarea titánica de unir al país y quiere usar el rugby para ello. "Los detalles importan, y mucho", dicen que solía repetir el viejo Madiba, que desarmaba a sus oponentes con su irresistible cordialidad. "¿Su interés por el rugby es un cálculo político?", le preguntan sus asesores. "No, es un cálculo humano", responde el mandatario.

Queda apenas un año para los campeonatos mundiales de rugby en Sudáfrica y Mandela, especialista en las distancias cortas, invita al capitán del Springbok, François Piennar ( interpretado por el actor británico Matt Damon), a tomar el té con él. Se ha iniciado una relación de amistad y gracias a ella el capitán embarcará a sus compañeros de equipo –todos blancos excepto uno– en una nueva estrategia:
deberán visitar las zonas del país donde viven los negros y enseñar a los niños a jugar al rugby. Durante su primera visita, a regañadientes, a uno de los townships más pobres, los jóvenes jugadores contemplan por primera vez una realidad que les quedaba muy lejana.

Llegamos a 1995 y comienza el campeonato mundial de rugby en Sudáfrica. El Sprinbok, cuyos jugadores al principio ni siquiera quieren aprender el nuevo himno nacional, Nkosi Sikele Africa, adoptan el lema Un equipo, un país. "Los tiempos han cambiado, y también nosotros tenemos que cambiar", dice el capitán a sus jugadores.

Para François, el motor de ese cambio es el contacto humano con un hombre excepcional. Durante su primer encuentro, Mandela confesó a François que durante los peores momentos de sus 27 años en la cárcel encontró inspiración en un poema titulado Invictus. Escrito por Willian Earnest Henley en 1875, concluye diciendo: "No importa lo estrecha que sea la puerta o lo duro del castigo, yo soy el dueño de mi vida, yo soy el capitán de mi alma". François se emociona recordando estos versos cuando durante una competición en Ciudad del Cabo visita con el resto de su equipo la prisión de Robben Island y entra en la estrecha celda donde Mandela pasó casi media vida. "¿Cómo puede un hombre que ha sufrido allí salir y perdonar como él lo hace?", se pregunta. La talla humana de Mandela se ha convertido en la fuente de inspiración para los jugadores, que redoblan sus esfuerzos con duros entrenamientos y cultivando un espíritu de unidad. El resultado no tarda en llegar y, contra todas las expectativas, empiezan a ganar. Una oleada de entusiasmo recorre todo el país, unido por el deporte sin distinción de razas. En una escena memorable, los duros guardaespaldas blancos y negros, que se relacionaban entre ellos con una gran desconfianza, juegan entre risas al rugby en el jardín de su oficina. "¿De verdad creéis aún que estoy perdiendo el tiempo con el rugby?", pregunta un jovial Mandela a sus asesores.

El equipo sudafricano llega a la final y Mandela cautiva a todos cuando aparece en el estadio vistiendo la camiseta con los colores verde y oro del Springbok. Enfrente de ellos tienen a los All Blacks de Nueva Zelanda, un imbatible equipo contra en que se enfrentan en una durísima competición que termina en empate. Tiene que ir a prórroga. El tiro final que da la victoria a Sudáfrica por 15-13 es el detonante de una explosión de alegría inimaginable en todo el país. El reportero de televisión que durante años ha fustigado al Springbok y lo ha llamado "vergüenza nacional" pregunta al capitán: "¿Qué se siente al ver el apoyo de 62.000 fans en el estadio?" François no tiene ninguna duda en su respuesta: "No tuvimos a 62.000 fans detrás de nosotros, tuvimos a 43 millones de sudafricanos".

Termina la película en el lugar donde empezó: el mismo campo de entrenamiento al lado de la carretera. Jóvenes negros practican un deporte hasta entonces rechazado por ellos: ahora juegan al rugby. Se trata de mucho más que un cambio de aficiones deportivas. Es un milagro de unidad obrado por una fuerza que reconcilia a antiguos rivales. Mandela supo que esa fuerza estaba en el deporte y la supo explotar para liderar a un pueblo que necesitaba un rumbo.



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