Escribo estas líneas mientras se celebra en Addis Abeba la Cumbre de la Unión Africana 2026. El bloque se enfrenta a numerosos desafíos: conflictos internos, inseguridad en el Sahel, y lazos tensos con Washington. Y el tema de la cumbre de este año, el agua, pone de relieve los daños causados por las devastadoras inundaciones en todo el continente y la urgencia de abordar los efectos de la crisis climática. Pero hay otra urgencia: las relaciones internacionales y cómo posicionarse e intentar sacar partido en el nuevo orden (y desorden) internacional.
De vez en cuando aparecen noticias moderadamente optimistas sobre África: “En el complejo tablero geopolítico actual, África emerge como un actor cada vez más relevante, desafiando antiguos esquemas de dependencia y reconfigurando su papel en el escenario global”, se leía en Welcome Africa el 11 de junio de 2025. Y en enero de este año, The Economist veía con cierto optimismo el progreso económico del continente, si conseguía aprovecharse de la competencia global por el acceso a sus recursos naturales, en especial hidrocarburos y metales.
Pero lo que más abunda son las dudas. El pasado 10 de diciembre, Pedro Sánchez Herráez, coronel del Ejército de Tierra y Analista del IEEE (CESEDEN) titulaba: “África siglo XXI: ¿Nuevo espacio de batalla?”. En la introducción se preguntaba: “¿África es relevante en el nuevo siglo?”. Y el libro que acaba de publicar Gonzalo Terreros Ceballos en Editorial Ópera Prima se titula: “Juegan negras. África en el tablero de la geopolítica mundial. Del Colonialismo al Neocolonialismo”.
Ese “nuevo espacio de batalla” de Sánchez Herráez me ha recordado “1984” que Georges Orwell escribió en 1948. En el mundo de su novela, África no es una potencia geopolítica independiente. Es un lugar donde las poblaciones están dominadas en lugar de representadas, «territorios disputados» por los tres superestados, una fuente de riqueza para potencias lejanas.
He pensado también en el libro ensayo de Amin Maalouf “El desajuste del mundo” (Alianza 2011. “Le déreglement du monde. Quand nos civilisations s’épuisent” 2009), en el que intenta indagar los motivos de los graves desajustes de distinto carácter que sufre el mundo del siglo XXI. Amin Maalouf no dedica un capítulo exclusivamente a África, sino que la evoca como una revelación particularmente aguda del desorden global que caracteriza nuestro tiempo, un espejo que magnifica las disfunciones de todo el mundo. Y es que África concentra varios síntomas del desorden planetario: Fragilidad o colapso de algunos Estados; conflictos recurrentes; pobreza persistente a pesar de la abundancia de recursos; marginación en la globalización.
Maalouf insiste en que África ha sido profundamente marcada por la colonización, mal integrada en la economía mundial tras la independencia, a menudo abandonada o instrumentalizada por las grandes potencias. De ahí que el continente se encuentre en una posición paradójica: esencial en términos de recursos, pero periférico en las decisiones globales; y con una población que crece rápidamente, obligada a emigrar por falta de oportunidades económicas.
Según Maalouf, África plantea una gran cuestión ética: ¿puede considerarse exitosa la globalización si un continente entero permanece en gran medida excluido de la prosperidad y la estabilidad? Y también un examen de conciencia. Porque los países colonizadores no practicaron en África los valores éticos y democráticos que defendían, ––y de los que se vanagloriaban–– en Europa. Lo que me lleva de nuevo a Orwell y su Rebelión en la Granja. Según los colonizadores, todos éramos iguales, pero algunos, los occidentales, más iguales que los otros.
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, hablando en Davos el mes pasado, describió con una imagen impactante el futuro de las relaciones internacionales: los países, o estarán sentados en la mesa, o formarán parte del menú. Damian Zane retomó la imagen aplicándola a África, en un artículo para la BBC del 12 de febrero: “A seat at the table or on the menu? Africa grapples with the new world order” (¿Un asiento en la mesa o parte del menú? África lidia con el nuevo orden mundial). Los países que antes dependían de las normas, así como de las finanzas, de organismos globales como la ONU, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio, ahora tienen que reevaluar sus relaciones. Y los presidentes que se han reunido en Addis Abeba tendrán que preguntarse cómo debería el continente tratarse con el resto del mundo.
En ese “resto”, Estados unidos ocupa buena parte del espacio. El giro de Trump hacia el hemisferio occidental, así como el tiempo dedicado a Oriente Medio, han implicado menos atención a África. Y su egocentrismo se ha hecho egoísta. “No podemos permitirnos dar igual atención a cada región y a cada problema del mundo«, se leía en la Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca en noviembre pasado. Los tres párrafos sobre África al final hablaban de asociarse con «determinados países para mitigar conflictos, fomentar relaciones comerciales mutuamente beneficiosas» y pasar de proporcionar ayuda a fomentar la inversión y el crecimiento económico. “Acuerdo de asociación estratégica entre el Gobierno de los Estados Unidos de América y el Gobierno de la República Democrática del Congo” (y sus minerales, naturalmente), anunció el Departamento de Estado estadounidense el 4 de diciembre de 2025. Y “A medida que el dinero estadounidense se agota, la lucha de Sudáfrica para detener el sida se vuelve más difícil”, informó la BBC el pasado 6 de febrero.
J. Ramón Echeverría
CIDAF-UCM
