La última película de Jean Maxime Baptiste refleja cómo el duelo y la historia resuenan a través de las generaciones en la Guayana Francesa.
El Festival de Cine BlackStar de Filadelfia de 2025 regresó a los amantes del cine, artistas y pensadores curiosos con una proyección a las 10:30 h. del fascinante documental de Jean Maxime Baptiste, Kouté Vwa, que se traduce literalmente como «Escucha las voces». Mientras el cine Suzanne Roberts se llenaba lentamente esa lluviosa mañana de julio, me sentí maravillado. Desplegarse en la pantalla fue una meditación cautivadora que exploraba la naturaleza infinita del duelo.
Desde el inicio de su recorrido por festivales en 2024, este documental ha viajado ampliamente, proyectándose en festivales y cines independientes de todo el mundo, resaltando la ternura de la Guayana Francesa, una región que generalmente no se menciona en el cine.
En Kouté Vwa, Baptiste construye un paisaje visual donde la memoria y el presente están inextricablemente unidos. Jugando delicadamente con la forma, esta película disuelve la distancia que suele encontrarse en el cine documental, oscilando entre escenas de observación tradicionales, material de archivo y momentos donde la cámara se absorbe profundamente. Sigue a Melrick, un joven en la cúspide de la adolescencia, durante una visita a su abuela, Nicole. Han pasado once años desde la prematura muerte de su tío, Lucas Diomar, mejor conocido en la comunidad como DJ Turbulence, pero su pérdida sigue resonando en las vidas de Melrick, Nicole y Yannick, el mejor amigo de Lucas.
Si bien el nexo de Kouté Vwa es la violenta y prematura pérdida de Lucas Diomar, Lucas nunca está físicamente presente en la película. Su imagen aparece solo en fragmentos: en un mural y en imágenes impresas de un desfile comunitario que celebró su vida y su legado. La película permite a Lucas emerger a través de los recuerdos íntimos de quienes más lo amaron. Ambientada en la Guayana Francesa, un departamento de ultramar de Francia en Sudamérica, Baptiste ofrece una experiencia visualmente exuberante donde unos personajes afables, adornados con adornos dorados, invitan al público a vivir en un territorio que soporta el peso de su dominio colonial.
Melrick, con sus ojos abiertos e inquisitivos, es el núcleo emocional de este documental. Seguimos a un joven francés, lleno de curiosidad, durante sus vacaciones de verano, anticipando el octavo grado. Aunque la duración de su estancia es clara, Melrick no es un turista ni un simple visitante; más bien, ocupa un espacio intermedio que refleja la doble condición de la Guayana Francesa: a la vez autónoma y dependiente, familiar y extranjera, hogar y otro lugar.
Este país resulta instintivo para Melrick; sus amistades, su vínculo con su abuela y su participación en un grupo musical local, mientras aprende a tocar la batería como su tío Lucas, lo arraigan en la comunidad. No hay una representación de descubrimiento típicamente asociada con el encuentro con un nuevo lugar. En cambio, su asombro, en el que el público está invitado a compartir, refleja en momentos la belleza de la Guayana Francesa. Baptiste captura a Melrick en un momento liminal, navegando por las curiosidades de la adolescencia, mientras desarrolla una comprensión más profunda de las fuerzas que moldean su mundo. La inocencia de Melrick se reconoce, pero nunca se aísla de las realidades del duelo y las estructuras coloniales que definen su presente.
Al principio de la película, una escena donde Melrick y sus amigos andan en bicicleta y hablan de sus sueños encapsula esta dualidad. Su camaradería juvenil y su risa espontánea coexisten con una profunda conciencia de las condiciones coloniales que los rodean. La Guayana Francesa permanece ligada a la república por un complejo legado colonial: francesa por ley, pero a menudo considerada periférica en la práctica. Los chicos hablan sobre la gentrificación que está ocurriendo en su barrio, Mont Lucas, prediciendo un comienzo lento antes de absorber todo lo que saben. Bromean sobre qué harían si fueran presidentes de la Guayana Francesa. Reconocen con picardía que no pueden ser presidentes porque no son independientes, pero «solamente imagina», dice uno.
La mayor fortaleza de Kouté Vwa reside en este tango de imaginación y herencia, que permite al público adentrarse en las construcciones más íntimas de la vida en un territorio colonial, donde la independencia, la nacionalidad y la condición de Estado se enfrentan a diario. Baptiste se resiste a enmarcar estas realidades como momentos de descubrimiento impactante; en cambio, se presentan a través de una conciencia silenciosa, casi mundana; un peso del que ni siquiera los más jóvenes e inocentes se libran del todo.
Yannick Carbert y Nicole Diomar son dos figuras poderosas y encantadoras de ver en esta película, pero es Nicole, tatuada, con piercings y luciendo una cabeza canosa a medio rapar, quien cautiva de inmediato. Cargando con la inimaginable pérdida de su hijo, Lucas, vemos cómo aprende a vivir con su dolor, sin negarlo nunca, pero sin permitir que la consuma.
Hay un verdadero radicalismo en la forma en que Nicole se desenvuelve en el mundo. Es franca y segura de sí misma, hablando con Melrick sobre su soltería y el abandono de la Iglesia y su vida en la Guayana Francesa. Su identidad se basa en una apertura que no nace de la rebelión, sino de la negativa a dejar que la pérdida, la edad o las expectativas la definan. La mayoría de sus momentos con Merlrick son capturados íntimamente, con la cámara besando sus rostros mientras intercambian pensamientos y bromas. Es en estos numerosos momentos íntimos a lo largo del documental que vemos a Nicole convertirse en algo más que una figura mayor y matriarcal; es una compañera, alguien con quien Melrick puede poner a prueba y articular su visión del mundo en expansión.
Uno de los momentos más conmovedores de la película ocurre durante un viaje en coche a la actuación de Melrick con la bateria en honor a Lucas, cuando la conversación gira en torno a los hombres responsables de su muerte violenta. Melrick cuestiona la presunta piedad de su abuela, cuestionando cómo puede perdonar. Nicole afronta su desafío sin ponerse a la defensiva, relatando un encuentro que tuvo con uno de los asesinos de Lucas tras su liberación de prisión. En este intercambio, honesto, vulnerable y crudo, Baptiste captura un momento intergeneracional de sanación, nacido de la valentía de hablar abiertamente. Yannick es el vínculo más visceral de la película con Lucas: su mejor amigo, su hermano. Alto y atractivo, con rastas que le caen en cascada por la espalda, Yannick está profundamente marcado por la pérdida de su mejor amigo. Presente la noche en que Lucas murió, el peso de ese momento persiste en cada latido de su ser. En una de las primeras escenas de la película, lo vemos reflexionar sobre su deseo de abandonar la Guayana Francesa, no por desdén, sino como reflejo de la violencia y las dificultades que ha vivido. Sus palabras reflejan la compleja relación que tiene con el territorio colonial que considera su hogar.
En las escenas entre Yannick y Melrick, Baptiste captura la suave interacción entre sus cuerpos, uno adulto y el otro en constante crecimiento. Por estoico que parezca, Yannick es la corriente que mantiene a Kouté Vwa en movimiento. Lo vemos en secuencias profundamente encantadoras procesando el dolor, llorando mientras un mural de DJ Turbulence cobra vida, siendo mentor de Melrick y retomando con delicadeza el papel que una vez tuvo Lucas. La brillantez de Kouté Vwa reside en cómo traza esta triangulación de la sanación a través de generaciones, a través del amor y la pérdida, y a través de la omnipresente cuestión del hogar.
Eliel Peterson
Fuente: Africa is a Country
[Taducción, Jesús Esteibarlanda]
[CIDAF-UCM]
