Hubo un tiempo en que la decisión de Brahim Díaz de vestir la camiseta de los “Leones del Atlas” fue objeto de debate en las tertulias europeas. Si en la cotidianidad de La Liga el madridista cuenta con un papel secundario, esperando su oportunidad tras figuras como Mbappé, Vinícius o Bellingham, en Marruecos el guion cambia por completo. En esta Copa Africana de Naciones, Brahim ejerce un rol titular clave.
Durante años, el malagueño aguardó una llamada de la Selección Española que, pese a sus méritos en Milán y Madrid, llegó marcada por la pasividad y la falta de valoración, incluso después de haber debutado con La Roja. Mientras en Las Rozas la incertidumbre se prolongaba, en Rabat se gestaba un proyecto sólido en torno a su figura. La insistencia de la Federación Marroquí y, sobre todo, el vínculo inquebrantable con sus raíces paternas acabaron inclinando la balanza. Brahim no eligió Marruecos por descarte, sino por la convicción de convertirse en el arquitecto de un sueño nacional en la tierra de sus abuelos.
Esa combinación entre la conexión emocional y el sentimiento de ser valorado se perfila ahora como el revulsivo para convertirse en el eje sobre el que se articula todo el juego. La confianza depositada en él se ha traducido en una mayor capacidad ofensiva del equipo. Los partidos ante Comoras, Malí, Zambia y Camerún han sido encuentros intensos, marcados por la presión constante y marcadores ajustados que, durante muchos minutos, parecían abocados al empate.
Brahim no solo juega al fútbol, traduce el estilo europeo al ritmo africano, convirtiéndose en el puente que Marruecos necesitaba para pasar de ser un equipo sólido a ser un equipo con cierta determinación. Si en el pasado Mundial de Qatar el combinado marroquí destacó por su orden defensivo, en esta Copa Africana ha evolucionado hacia un juego que genera constantes oportunidades para adelantarse en el marcador. En este escenario aparece Brahim, el jugador que pone calma cuando el partido se acelera y que cambia el ritmo en cuanto detecta una grieta en el rival.
El gol no cambia a Brahim, lo devuelve a su origen. Lejos del engreimiento, su celebración nace siempre de la grada. Cuando marca, no señala su nombre ni busca la cámara, corre hacia la afición como quien devuelve algo prestado. En Rabat o en Casablanca, cada toque suyo provoca que el estadio se levante incluso antes de que la jugada termine. Esa comunión no es casual. Brahim entiende que el empuje del público es parte del juego y su festejo encierra un mensaje claro: gratitud. Gratitud por una confianza que Marruecos le entregó antes incluso de exigirle resultados. Hoy es el rostro de una selección que cree, y la afición lo reconoce como el símbolo que necesitaba para soñar con el título.
Salma Kalil El Aazzaoui
CIDAF-UCM
