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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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El día que la covid-19 llamó a mi puerta, por José Carlos Rodríguez Soto

12 de marzo de 2021.

Tras varios meses de trabajo en el terreno, lo tenía todo muy bien organizado para volar de Bangui a Madrid. Con el billete de avión en la mano, yo me las prometía muy felices para descansar y poder pasar la Navidad y el Año Nuevo con mi familia. Cuando, un día antes de la salida, fui a hacerme el test PCR pensé que -como en otras ocasiones- se trataba de una formalidad más de viaje. El correo que recibí del laboratorio al día siguiente me sacó bruscamente de mis casillas: había dado positivo por COVID-19.

Inmediatamente hablé con uno de los médicos de la clínica de Naciones Unidas en la capital centroafricana. Siguiendo sus instrucciones, informé a mis jefes y comuniqué a mis compañeros de oficina con los que había estado en contacto durante los últimos días que tenían que seguir el protocolo de aislarse durante varios días. Afortunadamente, dieron negativo en la prueba.

Más me preocuparon cuatro centroafricanos que habían estado en mi casa recientemente, y mi inquietud aumentó cuando les informé de mi condición médica y vi el miedo en sus caras. Un test PCR en este país cuesta unos 60 euros, que saqué de mi bolsillo multiplicado por cuatro para que fueran sin tardanza al laboratorio. Me quedé enormemente aliviado cuando al día siguiente también ellos tuvieron su resultado negativo.

No tenía síntomas, o al menos eso me parecía a mí. Ni fiebre, ni dificultades en respirar. Me acordé que había tenido algo de tos unos días antes y que me encontraba muy cansado, pero lo achaqué al estrés y la carga de trabajo. El médico me dijo que parecía que mi caso era asintomático y que siguiera controlándome la temperatura varias veces al día. Me dispuse a aislarme durante dos semanas en la casa donde vivo de alquiler en un barrio de Bangui.

Cuando estás enfermo en África siempre estarás acompañado

Al encontrarme bien, decidí que podía seguir trabajando a distancia, y me organicé para racionarme las escasas horas de electricidad sabiendo que los horarios son totalmente impredecibles, y para tener algún tiempo de conexión a Internet para estar en contacto con mi oficina. Hablé también con los guardianes y con algunos amigos que suelen frecuentar mi casa para decirles que no me contactaran, para evitar poner en riesgo de contagio a nadie.

Mis llamadas tuvieron el efecto contrario: nunca he tenido tantas solicitudes de vecinos y amigos para preocuparse por mi estado de salud, a pesar de mi insistencia en que me encontraba bien y que sólo era cuestión de paciencia y estar un par de semanas sin salir de casa.

En mis seis décadas de vida, nunca he tenido problemas serios de salud y ya casi me había olvidado de que cuando estás enfermo en África siempre estarás acompañado. Aunque nadie podría entrar en mi portal, cada dos por tres el guardián me llamaba para decirme que alguien me había traído un paquete o una bolsa.

Con las debidas precauciones, salía al patio y, a una distancia prudencial, me encontraba con alguien a la entrada que se prodigaba en palabras de ánimo y desgranaba una retahíla de consejos sobre remedios naturales que prometían mejorar mi estado de salud y dejarme sano como un roble. En apenas dos días tenía en mi mesa del saloncito varios montones de frutas variadas, tisanas variadas, jengibre, raíces y hojas de plantas medicinales y un largo etcétera. Cuando hablaba con mi familia en España bromeaba diciendo que me iba a enfermar de una sobredosis de vitaminas.

Me acordé de los ejercicios espirituales en los que he tomado parte a lo largo de mi vida. Estar solo y en silencio durante un periodo prolongado de tiempo favorece la reflexión y el darnos cuenta de cosas que, con la prisa de la cotidianidad, pasamos por alto. Intenté ponerme en el lugar de mi familia, en España, donde -como en todo el mundo desarrollado- la pandemia ha sacudido los cimientos de nuestras seguridades.

"En Centroáfrica no hay coronavirus"

Como todo el mundo, desde el año pasado hemos perdido a varias personas muy queridas de nuestro círculo de relaciones, sobre todo la que era la “abuela adoptiva” de nuestros hijos a los que cuidó durante muchas horas con inmenso cariño desde pequeños, y también un sacerdote comboniano que cayó fulminado por el coronavirus a pesar de ser joven y tener siempre una apariencia física muy fuerte. Según pasaban los días, veía que no tenía fiebre y que no tenía ninguna dificultad incluso para hacer una hora de ejercicio físico diaria, pero me preocupé cuando me di cuenta de que estaba perdiendo el sentido del gusto y que a ese paso cuando llegara a España lo mismo me iban a saber igual las zanahorias que las gambas de Huelva.

Mis amigos en Bangui me preguntaban: “¿cómo es posible que hayas dado positivo? ¿dónde te has infectado?”. Cuando les respondía que llevaba varios meses sin salir de Centroáfrica y que, por lo tanto, me había infectado en su país, muchos respondían incrédulos que eso no era posible. “Aquí no hay coronavirus”, es un mantra que uno escucha infinidad de veces en bastantes lugares de África.

Oficialmente, la cifra de casos registrados en el país es ligeramente inferior a los cinco mil, con apenas 63 muertes. Pero hay que poner muchos puntos de interrogación, porque se hacen muy pocos test y la gente, en general, pasados los primeros meses de alarma, vive totalmente ajena a la realidad de la pandemia.

Como en muchos otros países africanos, es imposible saber las cifras reales de casos de infección y de muerte por coronavirus en el país. Casi nadie lleva mascarilla y la distancia social es inexistente. Pasados los primeros meses de restricciones de viaje y medidas de prevención, hoy día la única institución que aún sigue las normas es la Iglesia católica, en cuyas iglesias es obligatorio lavarse las manos antes de entrar y donde se dice a los fieles que lleven mascarilla y guarden la distancia en los lugares de culto. También hay que tener en cuenta que los sufridos centroafricanos tienen problemas más graves que les acechan.

Golpe de Estado fallido

Sobre todo la guerra. El país ha vivido una sucesión mortal de conflictos armados desde 2013 y, tras unos pocos años en los que parecía que la situación se estabilizaba, en diciembre pasado varios grupos rebeldes se unieron en una coalición contra el gobierno con el objetivo de impedir la celebración de las elecciones previstas para ese mes.

Desde entonces, al millón largo de personas que ya anteriormente habían tenido que abandonar sus casas, se han añadido otros 200.000 más, que han escapado de los combates de los últimos meses. Por si no tenían suficientes problemas, los rumores y la incertidumbre han invadido las vidas de los centroafricanos.

Este ambiente enrarecido invadió mi barrio el 23 de diciembre. Habían pasado ya las dos semanas de aislamiento, pero seguí dando positivo, a pesar de que me encontraba bien, y durante varias semanas. Aquella mañana, se formó un tumulto de miles de personas a los que vi pasar, desde mi ventana, corriendo con unos pocos enseres en la cabeza mientras intentaban sortear filas de coches y motos que intentaban abrirse paso sonando con fuerza las bocinas. Había corrido el rumor de que los rebeldes estaban a las puertas de Bangui y la gente intentaba buscar algún sitio donde ponerse a salvo de los combates y los saqueos.

A Dios gracias, todo resultó ser una falsa alarma pero desde aquel día la tensión siguió subiendo. Los encargados de la seguridad me aconsejaron que, por prudencia, abandonara la casa y me trasladara a un centro que la Misión de la ONU habilitó recientemente para albergar a casos asintomáticos de su personal. Allí pasé dos semanas más. Lo que más me alivió de aquel cambio fue poder estar con otros dos compañeros -también asintomáticos- con los que por lo menos podía hablar y compartir experiencias similares.

Y, tras varias semanas de seguir dando positivo, por fin llegó el ansiado resultado negativo. Volví a trasladarme a la casa que había dejado y allí seguí aún unas pocas semanas más. Había perdido siete kilos y mi agotamiento se debía ya más a la tensión del conflicto que al mes y medio largo de obligado aislamiento. El 13 de enero, cuando tenía previsto de nuevo viajar, los rebeldes atacaron la ciudad por dos flancos y de nuevo se vivieron escenas de pánico mientras las detonaciones y explosiones que empezaron a oírse desde muy temprano nos obligaron a todos a quedarnos dentro sin salir. El vuelo fue cancelado.

Al final, los atacantes no consiguieron su objetivo de derrocar al gobierno y fueron obligados a retirarse. Pero durante varias semanas la tranquilidad siguió ausente de la vida de los habitantes de Bangui, sometidos a una asfixia económica por el bloqueo de la principal carretera que lleva a Camerún por donde llegan los suministros.

Hoy sigue vigente el toque de queda de seis de la tarde a cinco de la mañana. El peligro de un asalto a la capital parece haberse alejado, pero el virus de la violencia sigue haciendo mella en este sufrido país donde mucha gente parece pensar que la pandemia no es su problema.

Fuente: En Clave de África



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