El 8 de marzo de 1857 miles de mujeres trabajadoras de la industria textil se manifestaron en Nueva York para reclamar mejoras en sus condiciones laborales. Incorporadas por el capitalismo como mano de obra barata, eran víctimas -junto a hombres y niños- de la primera revolución industrial. El 8 de marzo representa la lucha de la mujer contra la explotación del ser humano, forma parte de las luchas colectivas de los pobres del mundo por conseguir una vida digna, y fue reivindicado como día de la mujer en la reunión de la Internacional Socialista de 1910.
Hasta aquí es evidente el carácter revolucionario de esta fecha, que se empezó a perder en 2011, cuando Naciones Unidas instituyó el “Día Internacional de la Mujer de Naciones Unidas”, dejando en segundo plano su carácter revolucionario.
Que las mujeres tengan pleno poder y libertad sobre sí mismas y sobre sus vidas, es un magnífico horizonte que solo pueden vislumbrar una minoría de mujeres en el mundo. Un horizonte que ni se imaginan las mujeres huídas de Afganistán que están siendo obligadas hoy, desde los países vecinos, a volver a sus pueblos controlados por los talibanes. Un horizonte que ni se plantean las mujeres y niños que trabajan para multinacionales de todo tipo en condiciones similares a las que había en 1857. Un horizonte que ya nunca llegará para las 165 mujeres que el 27 de enero de 2025 murieron en Goma, en el este de la RDC, en el contexto de la lucha internacional por el control de las materias primas.
Escribo estas líneas inspirado por una fotografía de la revista Mundo Negro: una mujer africana sentada junto a la puerta de su casa, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, la mirada perdida en el suelo, descalza, mal vestida, infinitamente triste, con un niño a su lado y un pie de foto que decía: “Una madre con su hijo en un pueblo cerca de Kasenyi. Su esposo, sus hijos, su campo, su azadón, su casa, su río, … forman el horizonte de su vida”.
Si el feminismo actual no tiene en cuenta a esta mujer, si ignora a la mujer del Tercer Mundo, si no retoma sus orígenes revolucionarios, si se olvida de los sistemas de producción de bajos salarios, si no asume un imprescindible internacionalismo solidario, si reduce su ámbito de reivindicación a las cuestiones de género, si no se da cuenta de que el transhumanismo acecha excluyente, si no sale a reventar burdeles y a liberar prostitutas como hacía San Juan de Dios hace 500 años, … estará traicionando sus orígenes, estará traicionando a las mujeres del mundo empobrecido, estará siendo cooptada por el neocapitalismo que lo utilizará como maquillaje legitimador. Cooptar es incorporar y asimilar a los contrincantes sobornándolos con concesiones.
Hay magníficos ejemplos de las luchas de la mujer en el mundo empobrecido. Ahí están las mujeres musulmanas y cristianas de Liberia que, unidas, en 2003, durante la segunda guerra civil de este país, cercaron literalmente el edificio donde se reunían los negociadores hasta obligarles a firmar la paz. Ahí están Margarita Barantkise, Aminata Traoré, China Keitetsi, Obianuju Ekeocha, Leymah Gbowee, Asatu Bah Kenneth, … ejemplos de un feminismo negro que no pide permiso, propone caminos nuevos, desafía lo establecido y nos dice -con Angela Davis- que no hay libertad real si no es para todas. La mujer del mundo empobrecido está cogiendo el relevo del 8 de marzo.
Para terminar, os sugiero la canción Vuli Ndela, compuesta y cantada por Brenda Fassie (1964-2004), creadora del antiapartheid Afro Pop. Brenda fue una mujer rebelde de vida trágica, que nunca se olvidó de los suburbios de Johannesburgo. Vuli Ndela quiere decir algo así como “Déjame pasar, soy como soy”.
José Antonio Barra Martínez
CIDAF-UCM
