De las razas al racismo endémico

8/11/2021 | Editorial

cidaf-ucm_logo_blanco-9.pngPor los cinco continentes encontramos las consecuencias, con frecuencia graves y endémicas, de una sociedad en la que hemos pasado de una realidad diversa, rica y multirracial, a unas actitudes, comportamientos y sistemas que son, con frecuencia, racistas, excluyentes y crueles.

Algunas de las manifestaciones más destructivas del racismo ciego y exclusivo son:

  • Las guerras civiles Intertribales, como en Etiopía, Sudán del Sur, Ruanda, Burundi, Uganda, Kenia, etc., con la complicidad de otros países.
  • Los gobiernos nacionales controlados por alguna tribu más poderosa, que gobierna el país como si fuera propiedad privada, privando a otras tribus nacionales de lo esencial.
  • El trato inhumano de occidente a los inmigrantes africanos.
  • El saqueo y control de los recursos africanos por occidente, privándoles de sus beneficios, como vacunas, tecnología e infraestructuras.

Este comportamiento abusivo y racista, no solamente contiene la dimensión tribal, sino que también es al mismo tiempo un control económico y político. Pero ahora nos centramos en la dimensión tribal y racista de tantos conflictos sociales que debemos afrontar en la actualidad.

Distintos colectivos y movimientos antirracistas denuncian el racismo institucional que afecta a gran parte de la población migrante que viene y vive en España, en Europa y en occidente. Cada muerte de inmigrantes en el Mediterráneo responde a una activa política racista que cuestiona la humanidad de determinadas personas. No se trata de tragedias o accidentes, sino del resultado de políticas, negociaciones e inversiones que se gestan desde actitudes y estructuras racistas y depredadoras.

Por tanto, el racismo es algo más profundo que una serie de prejuicios y estereotipos propios de algunas personas intolerantes o retrógradas. Es decir, no se trata de una cuestión individual que produce discriminaciones, sino de un sistema que jerarquiza a las personas y a los pueblos, que pone en duda la humanidad de aquellas personas o formas de hacer que están más alejadas del sujeto moderno, propietario y explotador.

La UE sigue invirtiendo cifras astronómicas de dinero (1.400 millones de euros en diez años) para evitar que las personas migrantes y refugiadas, sobre todo africanas, puedan acceder a territorio europeo. Esta política, junto con la externalización del control de las fronteras, ha dado como resultado la normalización de la muerte en el mar Mediterráneo, convirtiéndolo en el más mortífero del mundo.

El racismo institucional no solo afecta a personas migrantes y refugiadas, sino también a aquellas que no responden al ideal de ciudadanía blanca europea. La criminalización hacia la población musulmana y gitana tiene una larga trayectoria.

Los manteros de las grandes capitales de España y de la UE han formado un sindicato para defender de manera colectiva sus derechos humanos, pues saben que los gobiernos no van a solucionar este problema de racismo endémico.

Es urgente poner en el centro de atención y de toda política económica la dignidad de cada ser humano para afrontar así las políticas de muerte y deshumanización que se despliegan hacia personas migrantes, refugiadas y de razas distintas, que sufren la exclusión institucional bajo la mirada cómplice e indiferente de gran parte de la sociedad.

La realidad es que nos necesitamos unos a otros, y que sin los inmigrantes no solamente nos privaríamos del mutuo enriquecimiento, que es mutuo y formidable, sino que estaría en peligro nuestra propia existencia.

Hemos aprendido a volar a Marte y a la Luna, pero todavía no hemos aprendido a vivir como seres humanos solidarios.

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