Dos titulares un tanto discordantes han llamado mi atención en la primera semana de mayo de este 2026: “China elimina los aranceles para todas las naciones Africanas salvo una” (BBC), y “El desmantelamiento de USAID ha dejado un vacío que China no podrá llenar” (The Economist). La primera intervención china importante en África tuvo lugar entre 1970 y 1975, con la construcción del Tazara Railway, los 1800km que unen Tanzania y Zambia. La China de Mao Zedong no tenía entonces los recursos económicos de la China actual y sus motivaciones eran puramente políticas. Hasta el punto de que, para construir el Tazara Railway, China utilizó su propia mano de obra, miles de trabajadores chinos que desembarcaban en Dar es Salaam y que luego vivían aislados en sus campamentos a lo largo del ferrocarril en construcción.
La presencia china en África, tal como la conocemos hoy, comenzó tras el despegue económico de la era Deng Xiaoping (entre 1978 y 1989). En 2011 China compraba en África subsahariana por valor de € 70.000 millones y vendía por valor de 66.000 millones. En 2013 China se había convertido en el cuarto país inversor en África, detrás de Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña. Un artículo en The Economist tituló entonces: “La masiva emigración china hacia África se debe casi exclusivamente a motivos económicos”. Y algunos dirigentes Africanos se preguntaban: China nos compra petróleo, metales y hasta productos agrícolas. ¿Cómo le beneficia eso a África? Unos años más tarde, en The Conversation del 2 de septiembre de 2024, con ocasión de la “Cumbre de Pekín y Novena Conferencia Ministerial del Foro sobre la Cooperación China-África (FOCAC)”, tres especialistas reaccionaban ante esa pregunta.
Bhaso Ndzendze, de la Universidad de Johannesburgo, titulaba: “En su relación con África, China obtiene la mayor parte de los beneficios: ¿qué hay detrás del desequilibrio?”. Según Ndzendze, el FOCAC era una plataforma para que China concediera ayuda y préstamos a países Africanos, y articulara prioridades que sirvieran a las propias ambiciones chinas. Al determinar la agenda, la contribución de África había sido mínima, debido en parte a la multiplicidad y rivalidad entre los estados Africanos, y a la debilidad de la Unión Africana. Theo Neethling, de la University of the Free State (Bloemfontein, Sudáfrica) escribía: “Las naciones Africanas pueden hacer más para beneficiarse de los lazos con China, la segunda economía más fuerte del mundo”. Entre 2020 y 2022, China había concedido a 49 países e instituciones regionales Africanas préstamos por valor de más de 170.000 millones de dólares. Así de importantes consideraba China los votos del continente en asuntos internacionales. Y aunque el continente no fuera económicamente fuerte, con sus 54 estados miembros de la ONU de un total de 193, poseía una considerable importancia geopolítica.
Tal vez el de más actualidad, en el mismo número de The Conversation, fue el análisis de Lauren Johnston, del China Studies Centre de la Universidad de Sydney (Australia): “Los intereses de China en África están siendo moldeados en función de la batalla por las energías renovables”. La crisis climática global ha impulsado la innovación en tecnologías de energías renovables, hace ya algunos años que China ambiciona el liderazgo en ese terreno, y África alberga muchos de los minerales necesarios para las nuevas tecnologías. De ahí que la presencia minera china en África, aunque todavía menor que la occidental, se concentre sobre todo en cinco países: Guinea, Zambia, Sudáfrica, Zimbabue y la República Democrática del Congo (RDC), y que las exportaciones de África a China estén dominadas por minerales y materias primas. Y es en ese contexto que se entienden los titulares de la BBC y The Economist arriba mencionados.
Ya a partir de diciembre de 2024 China había suprimido los aranceles a 33 países Africanos menos desarrollados. La medida se aplicará ahora a todos los países del continente, excepto Esuatini, que mantiene lazos con Taiwán. En claro contraste con las políticas de Donald Trump, Pekín podrá presumir de fomentar la liberación del comercio internacional, y de ser la primera gran economía en ofrecer a África un trato unilateral de aranceles cero. Estados Unidos había aplicado aranceles de hasta el 30 % a algunos países Africanos, y todavía ahora, después de que el Tribunal Supremo de EE. UU. anulara muchos de los aranceles, la mayoría está sujeta a un arancel del 10 %. Pero los analistas señalan que, aunque China aprovecha la oportunidad para reforzar su poder blando, los aranceles rara vez son para los exportadores Africanos el principal obstáculo. Lo son en cambio su concentración en materias primas, así como las limitaciones logísticas y de infraestructuras, que la política china de aranceles cero no aborda.
De ahí el análisis en The Economist. Tras el desmantelamiento de USAID, algunos pensaron que China llenaría ese vacío. Pero la idea de que la financiación china para el desarrollo pueda sustituir lo perdido, malinterpreta tanto lo que desapareció como lo que China realmente ofrece. El presupuesto de ayuda exterior de China —alrededor de 2.800 millones de dólares en 2024— es una fracción del gasto de USAID antes de Trump, que fue de unos 35.000 millones ese año. Según AidData (basado en Virginia, su página web ofrece acceso a los registros de financiación para el desarrollo de la mayoría de los donantes oficiales de ayuda), entre 2014 y 2022, el 63 % de la ayuda estadounidense se destinó a mejorar la gobernanza y la asistencia sanitaria y humanitaria. Mientras que el dinero de China fluye abrumadoramente hacia la industria, la minería, la energía y el transporte: grandes proyectos de infraestructuras construidos mayoritariamente por empresas estatales chinas, financiados mediante préstamos soberanos y diseñados para generar retornos comerciales. Por cada dólar que China dona, presta 35. Antes y después de los recortes de USAID, la estrategia tradicional China no ha cambiado: articulada para beneficiar sus propios intereses económicos y estratégicos. Y, tras el desmantelamiento de USAID, se diría que la nueva estrategia estadounidense, la de Donald Trump, va a ser una copia de la estrategia china.
J. Ramón Echeverría
CIDAF-UCM
