También en África, casarse cuesta cada vez más caro. Así que disminuyen las bodas “legales” y se alarman los líderes religiosos. Ya en 2016 la Conferencia de Obispos de Zimbabue (ZCBC) denunció los excesos del “roora” o “lobola” (“bride-price”, “precio de la novia”): «Hubo un tiempo en el que se entregaba el ‘roora’ para a unir a las dos familias y profundizar su amistad. Ahora se está convirtiendo en una transacción comercial«; e identificaba como un problema concreto el que el padre de la novia pudiera utilizar el roora para salir de su propia pobreza. Ese mismo año The Sunday Mail de Zimbabue recogía las palabras de Ishmael Mukuwanda, obispo entonces de la diócesis anglicana de Central Zimbabwe: “El lobola debe descomercializarse y volver a ser un gesto simbólico de agradecimiento”. Más recientemente, en mayo de 2024, escribiendo para Graphic online, desde Tamale, la ciudad de Ghana que algunos llaman “The Islamic wedding capital” (“La capital de las bodas islámicas”), Mohammed Fugu citaba a Sulemana Fusein, imán principal de la Mezquita Central de Sorugu: “Se suponía que las bodas eran algo sencillo, que cualquier persona podía permitírselo. Pero en las bodas musulmanas han entrado costumbres y formas ostentosas que no corresponden al Islam”.
En sus declaraciones, los líderes cristianos no buscan suprimir el lobola, costumbre muy arraigada en muchas etnias africanas, y que, en su origen, servía para compensar a la familia de la novia que iba a perder a uno de sus miembros trabajadores en favor de la familia del novio. Pero sí que los líderes condenan sus excesos, su “comercialización”. Por su parte, las autoridades musulmanas quieren conservar la antigua tradición del “mahr”, por la que el novio entrega directamente a su prometida joyas, dinero, o posesiones, que permanecerán de por vida propiedad suya, y que ninguna de las dos familias podrá tocar, garantizando así una cierta independencia económica a la joven esposa. Pero sí condenan las ostentosas y costosas nuevas costumbres que se están poniendo de moda en las bodas.
“Tutto il mondo è paese”, dicen los italianos, para indicar que costumbres, modas y problemas suelen ser los mismos en todas partes. También los del noviazgo y el matrimonio, que tampoco una terminología a veces ambigua ayuda a clarificar. En la homilía celebrada en Mwanza (Tanzania, África Oriental) el 4 de septiembre de 1990, Juan Pablo II dijo, refiriéndose expresamente al mahari (término swahili derivado del mahr musulmán arriba mencionado): «Aunque hay muchos valores humanos auténticos y dignos de alabanza asociados a las costumbres tradicionales del matrimonio, como el mahari, ¿no conducen los excesos y abusos de estas costumbres a actitudes que juzgan la dignidad y el valor de las personas únicamente en función de sus riquezas y posesiones?». Un texto difícil de interpretar dado que el término swahili “mahari”, aunque derivado de “mahr”, hace hoy referencia a toda una serie de costumbres en la que se entremezclan lo que en España serían tres realidades distintas: el “ajuar”, la “dote” y las “arras”. De hecho, también en España parece que está cambiando el significado de estas últimas. Hasta hace algunos años, en el ritual de la boda católica el novio las ofrecía a su prometida (¿con un simbolismo tal vez heredado del mahr musulmán?). Pero con el ritual de 1996 las arras perdieron su unilateralidad y su entrega es ahora recíproca, también de la novia al novio, pasando a interpretarse como signo de los bienes que los esposos van a compartir.
Las palabras, también las de los dirigentes religiosos, a menudo se las lleva el viento. Y, a ojo de buen cubero, no creo que los futuros esposos y sus familias, musulmanas o cristianas, hayan escuchado con mucho interés o puesto realmente en práctica los consejos de sus líderes. En cambio, “obras son amores, que no buenas razones”, no han sido líderes religiosos sino los gobernadores del estado nigeriano de Kano (en el que son musulmanes más del 95 % de la población), quienes decidieron que había que ayudar de manera concreta a los jóvenes que querían casarse. En 2012 Rabiu Musa Kwankwaso (1956–2025), del People’s Democratic Party (PDP), organizó en su palacio una primera boda masiva de 100 parejas, en las que abundaban personas viudas y divorciadas. Esas bodas han continuado y aumentado en número, incluyendo también a matrimonios musulmanes polígamos. Y el 7 y 8 del pasado mes de agosto, con la ayuda del Kano State Hisbah Board (Consejo de Hisbah del Estado de Kano, el organismo oficial encargado de hacer cumplir la ley islámica), el presente gobernador, Abba Kabir Yusuf, organizó la boda de 1.500 parejas. El gobierno gastó 1.500 millones de nairas (1 millón de dólares) proporcionando a cada pareja la dote de la novia y los muebles para el primer hogar. El 7, viernes, las novias con hiyabs rojos y los novios con sombreros rojos a juego y túnicas blancas acudieron al palacio del Emir, el líder musulmán tradicional de la ciudad, para la ceremonia principal. La celebración culminó el 8, sábado, con una comida organizada por el gobernador, que ofreció su bendición a los recién casados.
Desde sus inicios hace 14 años, el programa del estado de Kano está dirigido a personas con bajos ingresos que no pueden permitirse los importantes costes económicos asociados hoy en día con el matrimonio. Tal es su popularidad que 5.000 parejas lo solicitaron este año. De ahí el papel de la Hisbah, que tiene que evaluar la idoneidad económica y moral de las parejas que desean casarse. Respondiendo el 8 de agosto a la BBC, Mujahid Aminudeen, comandante general adjunto de la Hisbah, admitía que no es una tarea fácil: algunas parejas hacen todo lo posible por convencer a las autoridades de que son una pareja amorosa genuina, cuando su atención está más bien puesta en los beneficios que se les ofrece.
J. Ramón Echeverría
[CIDAF-UCM]


