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Inicio > Bitácora africana >

Freixa , Omer Nahum

Historiador y escritor argentino. Profesor y licenciado por la Universidad de Buenos Aires. Africanista, su línea de investigación son las temáticas afro en el Río de la Plata e historia de África central.

Interesado en los conflictos mundiales contemporáneos. Magíster en Diversidad Cultural con especialización en estudios afroamericanos por la Universidad Nacional Tres de Febrero (UNTREF).

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Buenas noticias en África: paz entre Etiopía y Eritrea, por Omer Freixa

19 de julio de 2018.

Hoy ( por ayer 18 julio) se cumplen 100 años del nacimiento de Nelson Mandela, ícono sudafricano y mundial de la lucha contra el racismo, aunque este artículo no es para abordar su gran figura. De él es popular la frase: "Nuestra mejor arma, la que el enemigo nunca podrá batir, es la paz". A casi cinco años de su fallecimiento, pareciera que dos Estados del Cuerno de África entendieron el alcance de la sentencia y se dispusieron a arribar a la paz. Son Etiopía y Eritrea, los cuales recientemente han puesto fin a más de 20 años de conflicto que incluyó una guerra abierta de poco más de dos años (entre 1998 y 2000) y tensiones permanentes hasta hace muy poco al negarse Etiopía a firmar un acuerdo de paz desde entonces. El presidente eritreo fue recibido en la capital etíope, Addis Ababa, y se reabrió la embajada del pequeño país vecino allí. Asimismo, el Premier etíope visitó la capital Asmara días antes para acordar el fin del "estado de guerra" que caracterizó la relación por años. Un par de visitas sin precedentes en las últimas dos décadas que auguran un refuerzo sustancial de las relaciones bilaterales y la tan ansiada salida marítima para Etiopía. Un poco de luz a la otra cara de África, para romper el estereotipo acostumbrado a mostrar un continente escenario de catástrofes y gran diversidad de otras malas noticias.

Rispidez de antaño

Etiopía, a diferencia de la gran parte del continente, quedó exenta del reparto colonial iniciado a finales del siglo XIX. Como Imperio, su prioridad apuntó a la preservación de la integridad territorial y la posible expansión a la periferia. Siguiendo esa línea y en base a la importancia de consolidar una salida marítima, a finales del siglo XIX Etiopía intentó expandirse hacia Eritrea, aunque esta última cayó bajo mandato colonial italiano en 1890, por alrededor de medio siglo.

Si Etiopía no fue colonizada, sufrió la ocupación fascista entre 1936 y 1941 bajo la pretensión de Benito Mussolini de recrear un nuevo Imperio Romano. Italia aprovechó la expansión para adosar suelo etíope a las anteriormente colonizadas Eritrea y Somaliland. En 1941, tras la remoción del dominio italiano, Gran Bretaña administró suelo eritreo y estimuló un sentimiento nacional al crear partidos políticos y prensa, elementos no existentes en Etiopía. Sin embargo, las pretensiones etíopes sobre Eritrea no cesaron. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Etiopía se mostró interesada por retener el puerto de Massawa y la salida al Mar Rojo (del cual deriva el nombre Eritrea, en latín) e intentó anexarla aduciendo que partes de su territorio habían formado el Imperio. Mientras tanto, los Estados árabes proponían un Estado independiente. La población local, unos 3 millones de habitantes, se mostró dividida. La mitad cristiana, de mayoría étnica tigray, apoyó la unificación con Etiopía, mientras la musulmana estuvo a favor de la independencia.

Nuevo dueño, gradual

El Imperio etíope debió esperar varias décadas para incluir suelo eritreo, aprovechando la salida italiana en primera instancia. Procediendo por etapas, entre 1952 y 1962 lo hizo bajo un arreglo federal y, desde allí, mediante una anexión unilateral. El gradualismo de la incorporación se observó en una serie de medidas. En 1958 se desechó la bandera eritrea y al año siguiente entró en vigor el código judicial etíope. Se anularon los partidos políticos y el amhárico reemplazó como idiomas oficiales al tigray y árabe, entre otras acciones. Pese a ello, los eritreos rechazaron la incorporación al Estado etíope y comenzaron una guerra de liberación en 1961 enarbolados bajo el ELF (sigla en inglés del frente de liberación eritreo). Treinta años más tarde serían los rebeldes eritreos responsables en parte de la caída del poder central. Desde 1962 Eritrea se convirtió en una más de las 13 provincias del Imperio.

Los rudos métodos represivos del emperador etíope Haile Selassie (1930-1974) alentaron el rechazo a Etiopía y enardecieron el nacionalismo eritreo. En el año de su caída la causa eritrea contribuyó a ello. El 25 de febrero de 1974 comenzó un gran levantamiento en la capital Asmara que hizo causa común con revueltas en Addis Ababa para lograr el fin del largo reinado de Selassie, quien fue derrocado meses más adelante para fallecer preso, en agosto de 1975.

Las relaciones de Eritrea con el nuevo gobierno que reemplazó al Emperador, el comité revolucionario llamado Derg, tampoco fueron buenas. La intención de este último no fue la de negociar. La guerra continuó y, a mediados de 1976, las guerrillas eritreas controlaban la mayor parte de suelo eritreo. Mientras el régimen de Addis Ababa se halló comprometido por varios desafíos, Somalía lanzó la invasión del Ogaden (con dos años de guerra). Entonces, lo que salvó a Etiopía fue la intervención cubano-soviética, cuando las tropas rusas fueron movilizadas a Eritrea para imponer orden al término del conflicto con Somalía.

Post-Guerra Fría

Por muchos años el apoyo soviético fue indispensable para el mandato del autoritario Mengistu (1977-1991), uno de los militares de primera línea del Derg, a fin de combatir la amenaza de los rebeldes eritreos y otros frentes conflictivos. Empero, con la caída de la Unión Soviética, que a fines de la década de 1980 ya había manifestado su intención de desentenderse de la cooperación con Etiopía y solicitar un entendimiento de la misma con Eritrea, otros grupos étnicos aprovecharon para demandar por sus derechos y ese clima aceleró la caída del régimen, en mayo de 1991. La pérdida de la tutela soviética incidió en forma directa en el fin de la posesión etíope de Eritrea.

La guerra civil en Etiopía concluyó abruptamente en mayo de 1991 cuando el frente de liberación etíope obtuvo una decisiva victoria en el área de Addis Ababa y el eritreo adquirió el control de su territorio. En la Conferencia Nacional de líderes etíopes, en julio de 1991, en vistas del proceso electoral local, el Secretario General del frente de liberación eritreo, Isaias Afewerki, declaró que no se opondría a los pasos del proceso transicional pero su organización no participaría del mismo. La Conferencia Nacional, además, accedió en principio a someterse a un referéndum a dos años, supervisado por Naciones Unidas, para determinar la suerte de Eritrea. El referéndum se llevó a cabo en abril de 1993, provocando la independencia de esta pequeña nación el 24 de mayo, una de las muy pocas secesiones exitosas del África post-colonial.

El Cuerno de África irrumpió como una zona de inseguridad continental al finalizar la Guerra Fría y proyectó por excelencia la acostumbrada mirada estereotipada de África como caótica. A la caída de Mengistu en 1991 se sumó la descomposición de Somalía (sin contar la guerra civil en Sudán). En la década de 1990 a la situación inestable continuó agregándose la disputa fronteriza que llevó a la guerra entre Etiopía y Eritrea, además de movimientos disidentes en la primera y en Djibouti.

La guerra de 1998-2000, disputada entre tropas fronterizas por el control de ciudades nada estratégicas y con daño mayoritario a objetivos civiles (alrededor de 80.000 muertes), pareció ser la válvula de escape de dos gobiernos aquejados por problemas internos. El ex marxista Afewerki gobierna desde la secesión de Eritrea en 1993, incluyéndose en el listado de gobernantes duraderos en África, y el país es conocido como la "Corea del Norte africana" en relación a la falta absoluta de libertad de prensa, además de la dureza del régimen frente a la disidencia y otros excesos. En el "World Press Freedom Index" Eritrea encabeza el segundo peor puesto global justo detrás del país asiático, según el estudio elaborado este año por Reporteros sin Fronteras.

Original en : El Economista América



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