Dedicamos este número al Níger, tercer río más largo de África, y a su extensa cuenca de 2.2 millones de kilómetros cuadrados. El río Níger destaca por su singularidad. Su recorrido geográfico es anómalo: nace apenas a 200 kilómetros del Atlántico y recorre 4.000 antes de desembocar en el mismo océano. Este curioso recorrido mantuvo durante siglos el error de que era un afluente del Nilo. Otra de las anomalías del Níger son sus dos deltas, uno de ellos en su desembocadura y otro interior, en medio del desierto. Curiosidades dignas de ser conocidas.
De alguna forma estas singularidades y otras que se podrían señalar –la muralla del desierto del Sahara, por ejemplo– han contribuido a mantener las regiones subsaharianas, alejadas durante mucho tiempo de la historia universal. A pesar de ello, es importante decir que todos los pueblos, aunque poco conocidos, tienen una historia crucial para ellos en su propio devenir, tanto cultural como político y religioso. Esa historia existe y está guardada en la memoria de los pueblos que configuran la cuenca del Níger. Esa historia nos habla de reinos, de estructuras políticas organizadas, de costumbres y relaciones con los países vecinos, de cambios religiosos –la expansión del islam y del cristianismo–, el desarrollo del comercio en torno al oro y a la sal que se transfería a lomo de camello a través de caminos inhóspitos y ciudades misteriosas, Agadez, Tombuctú y Gao, entre otras.
No cometamos el error de pensar que este relativo aislamiento esconde una penuria cultural. Los que hemos tenido la suerte de vivir durante cierto tiempo en la cercanía de los pueblos africanos hemos beneficiado de la sabiduría y valores de las costumbres de los pueblos africanos. Pensábamos, con cierto orgullo, que sabíamos más que ellos, pero aprendimos mucho de su saber hacer y pensar.
Convengamos en decir que la historia no siempre fue buena en términos morales. Hubo épocas de paz, pero también de guerra. Esto último es lo que constatamos hoy, por desgracia. Al deterioro del medioambiente se añade la inseguridad propiciada por el yihadismo. Esta inseguridad deteriora las relaciones grupales y provoca muerte, exilio, intolerancia y odio. Favorece, además prácticas mafiosas: el tráfico de armas y de drogas, así como la trata de personas. Es tiempo de resetear la historia presente y avanzar en el respeto mutuo que une y tiende puentes.
Agustín Arteche Gorostegui
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